Las chispas de la revolución


Por Chris Hedges*, ZSpace
Traducción: Enrique Prudencio para Zona Izquierda


Estoy leyendo y releyendo los debates entre algunos de los grandes pensadores radicales de los siglos 19 y 20 sobre los mecanismos del cambio social. Estos debates no eran académicos. Eran búsquedas frenéticas de los factores desencadenantes de la revuelta.

Vladimir Ilich (Lenin) puso su fe en un levantamiento violento de una vanguardia revolucionaria profesional, disciplinada, liberada de prejuicios y, al igual que Karl Marx, en el levantamiento inevitable de la clase trabajadora. Pierre-Joseph Proudhon insistía en que el cambio gradual se llevaría a cabo cuando los obreros más cultos tomaran el control sobre la producción y fuesen convenciendo al resto del proletariado. Mikhail Bakunin predijo el colapso catastrófico del orden capitalista, algo que sí es probable que presenciemos en nuestras vidas, y que nuevas federaciones de trabajadores autónomos se levantarían a partir del caos. Piotr Kropotkin, como Proudhon, creía en un proceso evolutivo que fuese remodelando la nueva sociedad. Emma Goldman, junto con Kropotkin, llegó a ser muy cautelosa, tanto en cuanto a la eficacia de la violencia como del potencial revolucionario de las masas. “La masa, escribió Goldman con amargura hacia el final de su vida en el eco de Marx “se aferra a sus amos, le encanta el látigo y es la primera en gritar ¡Crucificadle!”

Los revolucionarios históricos contaban con la movilización de una masa de trabajadores industriales iluminados. Creían que el componente básico de la revuelta se basaría en la herramienta de la huelga general, la capacidad de los trabajadores para paralizar los mecanismos de producción. Las huelgas podían ser sostenidas con el apoyo de los partidos políticos, los fondos para el sustento de los trabajadores en huelga y las sedes sindicales. Los trabajadores que no contaban con esos medios de apoyo tuvieron que crear la infraestructura de los partidos y sindicatos si querían ejercer una presión prolongada sobre los patronos y el Estado. Pero ahora, con la cuasi desaparición de la base fabril y los sindicalistas convertidos en funcionarios pagados por el Estado, tendremos que buscar distintos instrumentos de rebelión.

Tenemos que desarrollar una teoría revolucionaria que no dependa de la fuerza de los trabajadores en la industria y el medio agrario. La mayoría de los empleos en la manufactura han desaparecido y de los que quedan, son cada vez menos los que están sindicalizados. Los minifundios agrarios familiares han sido absorbidos por los negocios agrarios que cotizan en bolsa y nos intoxican con los productos químicos con que fumigan las cosechas y los transgénicos. El leviatán corporativo, que es global, se libera de las limitaciones de la nación-estado o gobierno. Las empresas están por encima de la regulación y el control público. La casta política es demasiado corrupta, para enfrentarse a la acelerada destrucción corporativa. Esto hace que nuestra lucha tenga que ser diferente de las luchas revolucionarias del pasado. La revuelta se parecerá más a lo que entró en erupción en los países eslavos menos industrializados como Rusia o a los levantamientos de España y China, encabezados por unas clases obreras de marginados rurales y urbanos, o como el campesinado del movimiento de liberación que se extendió a través de África y América Latina. Los trabajadores pobres y desposeídos, junto con los graduados universitarios desempleados, estudiantes, periodistas, artistas, profesores y profesionales liberales desempleados, formarán actualmente nuestro movimiento. Por ello la lucha por un salario mínimo más elevado es fundamental para unir a los trabadores de los servicios, a los hijos e hijas alienados de la vieja clase media. Bakunin, a diferencia de Marx, consideraba esenciales a los intelectuales desclasados para el triunfo de la revolución.

No son los pobres los que hacen las revoluciones. Son los que llegan a la conclusión de que no serán capaces de subir en la escala económica y social, como siempre habían deseado. Han llegado a esta conclusión en parte por la situación en que se encuentran los trabajadores del sector servicios al igual que los trabajadores de los establecimientos de comida rápida. Esta situación también ha sido captada por la creciente población de graduados universitarios atrapados en la trampa de los empleos de baja remuneración y las obscenas cantidades de deuda que cargan a sus espaldas. Estos grupos, una vez unidos, serán nuestros principales motores de la revuelta. Gran parte de la población urbana pobre está paralizada y en algunos casos muy perjudicada por el cambio de legislación, especialmente las leyes sobre drogas, que permiten que los tribunales, agentes de libertad vigilada, las juntas de libertad condicional y la policía puedan detener al azar y sin causa alguna a los negros pobres, especialmente a los varones afroamericanos, y encerrarlos en jaulas durante años. En muchos de nuestros más empobrecidos centros urbanos –nuestras colonias internas, como las denominó Malcolm X– la movilización será difícil al menos al principio. Los pobres urbanos están encadenados. Estas cadenas se están preparando ya para el resto de nosotros. “La ley, en su majestuosa igualdad, prohíbe a ricos y pobres por igual dormir bajo los puentes, mendigar en las calles y robar pan”, como dijo Anatole France ácidamente.

Erica Chenoweth y Maria J. Stephan estudiaron 100 años de movimientos de resistencia violentos y no violentos en su libro “Por qué funciona la resistencia civil”. La conclusión es que los movimientos no violentos triunfan dos veces más que los levantamientos violentos. Los movimientos no violentos que triunfan atraen a todos los que se encuentran en la estructura del poder, especialmente a la policía y a la casta política gobernante, conocedores de la corrupción y decadencia de la élite en el poder y están dispuestos a abandonarlos. Los movimientos violentos actúan principalmente en las guerras civiles o contras las ocupaciones extranjeras.

“La historia enseña que tenemos el poder de transformar la nación”, me dijo Kevin Zeese cuando lo entrevisté. Zeese, quien ha fundado con Margaret Flowers Resistencia popular org. y ayudó a planificar la ocupación de la plaza de la Libertad de Washington, DC, continuó: “Nosotros presentamos un marco estratégico que permita a la gente trabajar junta en la misma dirección para poner fin al estado del capital. Tenemos que ser un movimiento en red a nivel nacional de muchos grupos locales, regionales y el tema debe estar centrado en lo que puede unirnos en un movimiento de masas. La investigación muestra que los movimientos de masas no violentos ganan. Los movimientos y grupos independientes fallan. Por “masas” queremos decir con un objetivo que sea apoyado por una gran mayoría y entre el 1 y el 5% de población laboral activa que tome parte en la transformación”.

Zeese dice que esta resistencia de las masas debe trabajar en dos vías. Se debe intentar detener la máquina y al mismo tiempo ir creando las estructuras alternativas de las instituciones democráticas participativas. Es fundamental, dice, que seamos capaces de detener nosotros mismos la economía de las empresas. Hay que conseguir dinero para el funcionamiento de las organizaciones de base, ya que la mayoría de las fundaciones que otorgan becas están vinculadas al partido en el poder. Los estudiantes radicales y grupos medioambientales en particular necesitan fondos para construir redes nacionales, al igual que la iniciativa de la banca pública. Esta iniciativa es esencial para el movimiento ya que los bancos públicos liberarían a la gente de la tiranía de los bancos comerciales y de Wall Street.

El dilema más importante al que nos enfrentamos no es ideológico. Es logístico. La seguridad y el estado de la vigilancia han convertido en su máxima prioridad la ruptura de cualquier infraestructura que pueda provocar una revuelta generalizada. El Estado sabe que la yesca está ahí preparada. Sabemos que el desmoronamiento continuo de la economía y los efectos del cambio climático hacen que el descontento popular sea inevitable. Se sabe que a medida que el subempleo y el desempleo alcancen al menos a un cuarto de la población del país, más la pobreza perpetua, habiéndose reducido las prestaciones por desempleo, mientras las escuelas cierran y el gobierno continua, mientras los fondos de pensiones son saqueados por los fondos buitre y el gobierno sigue para que la industria de los combustibles fósiles asolen el planeta, el futuro será una vez más un conflicto abierto. Ante esta batalla contra el Estado corporativo desconcertado por el movimiento Occupy, el estado se ha movilizado para cerrar todos los espacios públicos a los movimientos que podrían reavivar las acampadas. La policía de Nueva York, por ejemplo arrestó a los miembros de la organización de Veteranos por la Paz el 7 de octubre de 2012 cuando se quedaron después del horario de cierre oficial que es a las 10 de la noche. La policía, que en algunos casos se disculpó con los veteranos, a los que habían esposado, estaba en contra de las órdenes de las autoridades: los oficiales dijeron que están siendo llevados a la cárcel por culpa del movimiento Occupy, al que deberían culpar por las detenciones.

Los aparatos coercitivos del Estado, a la vez, están infiltrados en los movimientos con el fin de desprestigiar, aislar y detener a sus líderes más competentes. El Estado utiliza su amplia capacidad de espionaje y vigilancia para controlar todas las formas de comunicación electrónica, así como las relaciones personales entre activistas, lo que proporciona al poder la posibilidad de paralizar las acciones planificadas antes de que puedan dar comienzo. Se ha montado una campaña de relaciones públicas para demonizar a cualquiera que se resista, a los activistas medioambientales se les califica de “ecoterroristas”, a los activistas en general se les acusa bajo leyes antiterroristas draconianas, como a Chelsea Manning, Julian Assange y Edward Snowden, por sacar a la luz los más oscuros secretos del poder, y los condena como traidores que amenazan la seguridad nacional. El Estado ha intentado –y en este esfuerzo alguno en el Bloque Negro se ha demostrado involuntariamente útil– pintar el movimiento como violento y desnortado.

Occupy articuló las preocupaciones de la mayoría de los ciudadanos. La mayor parte de la ciudadanía detesta a Wall Street y la gran banca. No quiere más guerras. Busca trabajo. Está disgustada con la supervisión de los funcionarios elegidos por el poder corporativo. Quiere atención sanitaria universal. Se preocupa porque si no se detiene la industria de los combustibles fósiles, no habrá futuro para nuestros hijos. Y el Estado está utilizando todo su poder para bloquear cualquier movimiento que divulgue estas preocupaciones. Los documentos divulgados bajo la Ley de Libertad de Información muestran la Seguridad Nacional, el FBI, el Servicio de Protección Federal, el Servicio de Parques y lo más probable es que la NSA y la CIA (que se han negado a responder a las solicitudes de la FOIA) trabajan con la policía de todo el país para infiltrarse y destruir los campamentos. Se han producido 7.765 detenciones de personas del movimiento Occupy, que, en su apogeo, tenía alrededor de 350.000 personas, aproximadamente el 0,1% de la población de EE.UU. “Miren el temor que tenía la estructura del poder a un mero 0,1% de la población del país, dijo Zeese. ¿“Qué sucedería cuando el movimiento llegase al 1%, que no es inalcanzable, o llegara por un momento al 5%, que según algunos programas de investigación es el punto de inflexión en que ningún gobierno, ya sea dictadura o democracia, puede resistir la presión desde abajo”?.

El Estado no puede permitir que los trabajadores de Wal-Mart, o cualquier otro centro de servicios con trabajadores no sindicalizados, tengan acceso a una infraestructura o recursos que pudieran permitirles realizar huelgas y boicots prolongados. Por el momento solo se trata de temas de poca importancia. Se trata de camiones de alimentos, carpas con atención médica, comunicaciones, furgonetas, músicos y artistas dispuestos a articular y sostener la lucha. Tendremos que construir lo que los sindicatos y los partidos radicales suministraban en el pasado.

El Estado, en sus predicciones internas, tiene una visión del futuro tan distópica como la mía. Pero el Estado, para protegerse, miente. Los políticos, las empresas, la industria de las relaciones públicas, la industria del entretenimiento y los comentaristas de televisión hablan como si pudiésemos seguir construyendo una sociedad basada en el crecimiento ilimitado, el consumo derrochador y el combustible fósil. Alimentan la manía colectiva para crear esperanzas, a expensas de la verdad. La visión que trasmiten públicamente es delirante, una forma de psicosis colectiva. El Estado corporativo, por su parte, se está preparando en privado para el mundo que prácticamente tenemos ya encima. Está consolidando el estado policial, que incluye la exclusión completa de nuestras libertades civiles más básicas y la militarización del aparato de seguridad interna, así como la vigilancia y espionaje a gran escala.

El problema más urgente al que ahora nos enfrentamos es de lo más prosaico. Los activistas que intentaban bloquear el oleoducto Keystone XL no pueden resistir por mucho tiempo si no cuentan con más alimento que unos panecillos rancios. Necesitan una alimentación adecuada. Necesitan un sistema de comunicación para transmitir su mensaje a los medios alternativos con el fin de que lo difundan y alcance a todo el mundo. Necesitan una atención médica aunque sea rudimentaria. Todos estos elementos eran vitales para el movimiento Occupy. Y cuando reunieron todos estos elementos pudieron construir un movimiento que amenazaba a la élite. Las acampadas también llevan consigo fuentes internas de desintegración. Muchos no controlan adecuadamente a algunos grupos. Muchos fueron secuestrados o agobiados por los que agotaron el trabajo político del movimiento. Muchos encuentran que el consenso, que funcionó bien en pequeños grupos, producía la parálisis de los grupos de varios cientos o unos cuantos miles. Y muchos otros no pudieron prever el entumecimiento adormecedor que bloquea a los activistas. Pero estas acampadas crearon lo que resultaba crucial para el movimiento, que se unieran a ellos los sindicatos locales o sectoriales, o que el viejo Partido Comunista proporcionara al movimiento Occupy lo que facilitaba a los militantes del pasado. El partido Comunista les proporcionó la logística para sostener la resistencia, y la destrucción de los campamentos fue una jugada del Estado para arrebatarnos la infraestructura necesaria para resistir.

Pero la infraestructura por sí misma no es suficiente. La resistencia tiene una vibrante componente cultural. Fueron los spirituals de los africanos los que alimentaron las almas de la esclavitud. Era la tristeza que hablaba de la realidad de los negros durante la era de Jim Crow. Fueron los poemas de Federico García Lorca los que sostuvieron a los republicanos en su lucha contra los fascistas en España. Música, danza, teatro, arte, canción, pintura eran el fuego y el empuje de los movimientos de resistencia. Las unidades rebeldes de El Salvador con las que viajaba cuando cubrí la guerra siempre llevaban músicos y grupos de teatro. El arte, como señaló Emma Goldman tiene el poder de hacer que las ideas se sientan. Goldman señaló que cuando Adrew Undershaft, un personaje de la obra de Geoge Bernard Shaw “Major Barbara” dijo que la pobreza “es (el) peor de los crímenes y todos los demás delitos son virtudes al lado suyo”, su apasionada declaración explicaba la crueldad de la lucha de clases con más eficacia que lo tractos socialistas de Shaw. La degradación de la educación en la formación profesional del Estado corporativo, el fin de las subvenciones estatales para las artes y el periodismo, el secuestro de estas disciplinas por los patrocinadores corporativos, separa a la población de la comprensión, la autorrealización y la transcendencia. En términos estéticos el estado corporativo actual persigue destrozar la belleza, la verdad y la imaginación. Esta es una guerra que libran todos los sistemas totalitarios.

La cultura, la verdadera cultura, es radical y transformadora. Es capaz de expresar lo que yace en lo profundo de nosotros. Le da palabras a nuestra realidad. Nos hace sentir y ver. Nos permite empatizar con los que son diferentes y oprimidos. Revela lo que está sucediendo a nuestro alrededor. Honra el misterio. “El Rol del artista por tanto es precisamente iluminar esa oscuridad, abrir caminos de resplandor a través de la vasta selva”, escribió James Baldwin, “para no perdernos en todo nuestro hacer, para no perder de vista nuestro objetivo, que es, en última instancia hacer del mundo una morada más humana”.

Los artistas, como rebeldes, son peligrosos. Ellos hablan de una verdad de la que los sistemas totalitarios no quieren que se hable. La “Rosa Roja ya desapareció también…”, escribió Bertolt Brecht  después de que Rosa Luxemburgo fuese asesinada. Ella les dijo a los pobres de qué va la vida y por eso los ricos la han quitado de en medio. Sin artistas como el músico Ray Coder y dramaturgos como Howard Brenton Tarrell y Alvin McCraney no vamos a tener éxito. Si vamos a defender lo que está por venir, no solo tenemos que organizarnos y alimentarnos nosotros mismos, vamos a tener que empezar a sentir profundamente, para hacer frente a las verdades desagradables, para recuperar la empatía y vivir apasionadamente. Entonces podremos luchar.

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* Chris Hedges pasó casi dos décadas como corresponsal en el extranjero en América Central, Oriente Medio, África y los Balcanes. Ha informado desde más de 50 países y ha trabajado para The Christian Science Monitor, Radio Pública Nacional, The Dallas Morning News y The New York Times, para el que ha sido corresponsal en el extranjero durante 15 años.

 

Fuente: http://www.zcommunications.org/the-sparks-of-rebellion-by-chris-hedges.html
 


 

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