Los infiernos del caudillo

 

Ilustración y texto de O COLIS para Zonaizquierda.org

 

PRIMERA PARTE (1./33.): Un lugar intermedio

Esto es lo primero que recuerdo de este lugar: enfermeras. Nada más despertar me vinieron enfermeras al pensamiento. Enfermeras blancas. Blanco, blanco, pero blanco sucio. Me siento sucio. Recuerdo de olores, pero no los huelo. Siento que abro los ojos, pero como si no fuera yo el que los abre, sino una fuerza extraña, quizá ventosas adheridas a los párpados que me los succionan suavemente, y no puedo evitarlo, no puedo moverme, me resisto un poco, pero no puedo hacer nada, no puedo moverme ni un centímetro. ¡Alerta! Le veo por el rabillo del ojo derecho. Está sentado en el aire. No puede ser, pero está sentado en el aire, por encima de mí, a mi derecha, sobre mis pies, más o menos. Está escribiendo en una máquina blanca, muy plana, con luces. No parece nadie en particular, ¿un ángel? Ya lo he visto antes, no sé en qué momento. De vez en cuando me mira, o mira hacia donde estoy, pero no me parece que me vea, está muy oscuro aquí abajo (todavía no sabía en dónde estaba). Hace esa mueca de mirar y no ver, tuerce el gesto. ¿Qué hago aquí? Qué lugar tan sórdido, Carmencita. ¿He muerto ya?
 

Ahora deja la máquina de escribir, creo que es una máquina de escribir porque mueve sobre ella los dedos como se hace cuando se escribe a máquina. Es muy plana, como de juguete, no tiene papel y no veo el carro, la pantalla tiene luces. Recuerdo mi última Olympia, recia y negra. El escribiente deja esa cosa que tiene sobre las piernas cruzadas y que es como una máquina de escribir, la deja sobre la superficie transparente en la que está sentado. ¿Un cristal muy grueso? A su lado hay un aparato con papel, como una pequeña fotocopiadora, también parece de juguete, salen cuartillas escritas a máquina por un lateral, el escribiente las va dejando boca abajo contra el cristal, puedo leerlas: enfermeras. Nada más despertar me vinieron enfermeras al pensamiento. Enfermeras blancas. Blanco, blanco, pero blanco sucio. Me siento sucio. Recuerdo de olores, pero no los huelo. Siento que abro los ojos, pero como si no fuera yo el que los abre, sino una fuerza extraña, quizá ventosas adheridas a los párpados que me los succionan suavemente, y no puedo evitarlo, no puedo moverme, me resisto un poco, pero no puedo hacer nada, no puedo moverme ni un centímetro. ¡Alerta! Le veo por el rabillo del ojo derecho. Está sentado en el aire. No puede ser, pero está sentado en el aire, por encima de mí, a mi derecha, sobre mis pies, más o menos. Está escribiendo en una máquina blanca, muy plana, con luces. No parece nadie en particular, ¿un ángel? Ya lo he visto antes, no sé en qué momento. De vez en cuando me mira, o mira hacia donde estoy, pero no me parece que me vea, está muy oscuro aquí abajo. Hace esa mueca de mirar y no ver, tuerce el gesto. ¿Qué hago aquí? Qué lugar tan sórdido, Carmencita. ¿He muerto ya? La siguiente cuartilla no puedo leerla, la tapa la primera. Eso que ha escrito es exactamente lo que yo he pensado al despertarme. ¿Despertarme? ¿Dónde? Sigue amontonando cuartillas. Se detiene, las coge y golpea el taco contra el cristal. Abre una carpeta y las mete dentro. Deja la carpeta sobre el cristal, en la tapa hay escrito un nombre: Octavio...
 

...Octavio escribe mis pensamientos aquí, según los voy pensando. ¿Dónde estoy? Un hombre con nombre romano escribe mis pensamientos. Ahora se ha levantado para cambiar de lugar, pero ni siquiera puedo mover los globos oculares y ha salido de mi campo de visión. Si sabe lo que pienso quizá se haya cambiado de lugar para que no le vea. Sabe que no puedo mover ni siquiera los ojos, sabe lo que pienso, ahora estará escribiendo esto... pero no le veo. Mi visión no es cinemascópica. ¿He pensado cinemascópica? Qué raro.

1. DESPERTAR AL ALBA

Me despertaba de nuevo en ese lugar frío una y otra vez, bueno, lo suponía, suponía que hacía frío, y suponía que despertaba, aunque no creía haber dormido, era un cambiar de estado de esperar, esperar no sé qué, algo que tenía que suceder, pues algo tendría que suceder, no imaginaba qué sería, pero por lo que fuera estaba de pronto más atento. Pero no era, ni es, dormir o despertar. Lo que llega desde entonces, y de esto hace mucho, es un repentino Cara al Sol con el que se arrancan unas voces estertóreas, creo que llevo así varios despertares, la verdad es que muchos, incontables despertares, o esto que llamo así, aunque propiamente ni me he dormido de noche ni despierto por la mañana. Con ello me llega un escalofrío que me recorre el cuerpo como un calambrazo helado que me deja tenso para todo el día, es un decir: día, vaya, lo que sea. Una pena de destrozo de canción, con lo que me gustaba, estoy empezando a odiarla, y que Dios me perdone. El coro es como para fusilarlo, han de ser camaradas comunistas de broma, borrachos al alba. Se posan sobre la lápida, ahí entiendo que estoy, bajo una lápida, y no entienden que la Patria me debe un respeto. ¡Cómo desafinan! Por Dios...
 

Y enseguida apareceré en un extraño lugar, diferente cada día, rodeado a veces de personajes que conocí, o de los que leí sus andanzas y hazañas, o sus desventuras; o aparezco en lugares en los que me siento solo y desorientado, vestido siempre con mi uniforme de generalísimo, aunque sin ropa interior (trato de entender esto), y cómo roza el paño. Me cuesta mantener la figura erguida para mirar al frente, como quisiera, mirar siempre al frente, aunque, la verdad, no hay frente, sino una especie de decorados que constituyen los paisajes, que se pierden alrededor en una neblina densa e impenetrable (literalmente impenetrable, he tratado de atravesarla muchas veces y nunca lo he conseguido, es como de caucho blanco, denso y esponjoso). Esta niebla circunda todos los espacios que visito en este lugar intermedio en el que supongo tiene objeto que esté hasta la llegada de mi destino eterno a la vera del Padre. Una especie de salas de espera celestiales, supongo.


Al principio pensé que esos lugares eran sueños, extrañas y desagradables mezcolanzas de lo que me tocó vivir y experimentar en vida, rememoradas ahora en una suerte de meditación pro o post mortem. Pero hay algo más. Algo que me hace saber que no son remembranzas, sino experiencias ciertas. Eso o ese alguien o algo, me obliga participar (invitándome a hacerlo dócilmente) y no he hallado la forma de rebelarme. Obviamente ya no soy yo mismo, ya no soy el que era, Francisco Franco Bahamonde, sino mis restos animados e informados por un subalterno del Eterno, y siendo así no he de hacer otra cosa que obedecer cristianamente.


He pensado también si no será esto el Purgatorio, pues bien sé que en vida podría haberme hecho acreedor a él, pues sirviendo a la Patria hay cosas terribles que tuve que hacer, cosas que no haría un civil, y que no están bien en sí mismas, pero que fue necesario hacerlas por bien de los españoles. Ya las confesé todas. Pero no, por ese extraño conducto por el que me llega la información del subalterno, sé que no es el Purgatorio. No sé más al respecto, pero lo tengo como una certeza.


En los escenarios que visito como por ensalmo aparecen personajes que se me hacen especialmente odiosos. Uno de ellos es Tomás de Zumalacárregui, que se presenta en vascuence: Zumalakarregi. Por cierto que cuando pienso escenarios, o decorados, el ser que me rige e informa me hace sentir a modo de castigo un escalofrío helado en los bajos, ya de por sí muy escocidos por el roce del paño del uniforme, pues he de pensarlos como lugares reales, pero me cuesta. Lo intento, pero se me escapa el pensamiento e incurro en falta. Tomás se pasa todo el encuentro contándome el asedio a Bilbao, que si aquella acción militar fue un error, que si le hirieron de muerte por la cabezonería del pretendiente en ese asedio inútil y agotador, que si lo que debieran haber hecho es marchar sobre Madrid... y me resulta extraño que sepa yo ahora tanto de aquello, cuando en vida apenas sabía nada.
 

Y por esto pienso que no es soñar esto que vivo muerto, porque sólo podría soñarse lo que se sabe y no lo que se desconoce. Es como si en vida hubiese sido capaz de soñar en vascuence, Dios no lo quiso, y además hubiese entendido los parlamentos de esa jerga. Bien, pues ahora lo entiendo, que tiene cojones la cosa, como diría Martínez Anido. Y por todas estas cosas de pensar tanto en dialectales que me barrunto debe de ser por lo que me duele tanto la cabeza. Pero me comunican que no, que me duele porque me tiene que doler. Sea, vaya.


Estando en esto han acabado los borrachos el Cara al Sol, y enseguida, como suele ser, apareceré en algún lugar extraño. Ya voy notándolo.

(Continuará)
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