Los infiernos del caudillo

 

Ilustración y texto de O COLIS para Zonaizquierda.org

 

PRIMERA PARTE: Un lugar intermedio (22,23/33.)

(viene de: 21. La verborragia de Neruda)
http://zonaizquierda.org/Libros/COLIS-Los_infiernos_del_caudillo_11.htm

 


22. POR ESPAÑA


Aunque todo lo hice por España, no por mí ni por los míos, ahora sé que fallé a Dios, o por lo menos entiendo que aquí consideran que le he fallado, aunque no acierto a comprender en qué (o quizá es que simplemente no me acuerdo). Y ya empieza a ser obvio para mí que este lugar intermedio en el que me encuentro es un tipo de Purgatorio, del que ni el mundo de los vivos ni las autoridades eclesiales vaticanas tienen noticia. Pero las voces que me informan de esto que en estos lugares sucede, no lo llaman de esa manera, bueno ni de ninguna otra. Pero lo que aquí sucede no son sueños ni delirios, aseguran, los lugares existen y están, y tienes que vivirlos, me ordenan. Como si fuera posible para mí rechazar la experiencia...


¿Qué podría ser sino un tipo de Purgatorio? (¿Quizá para militares o gente de poder y mando?). Como mi fe en Dios no tiene resquicios entiendo que esta es una prueba purgatorial por la que he de pasar para el perdón de mis pecados. ¿Y si esto es una especie de Purgatorio, cómo serán los infiernos? ¿Es que puede haber aún más tortura que ésta en otro lugar? No temería más las cavernas de Pedro Botero, tal y como las imaginábamos de vivos, con sus ollas de plomo candente y sus fuegos abrasadores, que ahora que sé todo lo que sé considero tan infantiles. Pues si sabe uno que el daño, el dolor y las quemazones no te llevan a morir, se ha de llevar la tortura mejor. Y por más que el dolor fuera in crescendo, debe ser que uno se acostumbraría al dolor y no perecería tanto, pues te irás haciendo a ello, sufriendo, sí, y sabiendo que, además, es para siempre, debe ser que el dolor crecerá infinitamente, pero sin que produzca terror al fin. A no ser que entre las torturas que infringieran los demonios estuviera la de suprimir la templanza y don de la resignación que nos otorgó Dios. Pero no creo que ese tipo de sadismo quepa en el amor infinito del Creador por su especie humana. Así que no temo tanto el dolor físico como el psicológico.


Y de igual manera, el Cielo ha de presentar al afortunado su maravilla poco a poco, porque también se acostumbra uno enseguida a lo bueno. ¿Será muy ilusionante saber que mañana estarás mejor, y pasado mañana mejor aún, y así por toda la Eternidad? Porque si fuera que de pronto estás en el Paraíso y ya está, así para siempre, podría resultar incluso un poco aburrido, más de lo mismo eternamente. Y que Dios me perdone por pensar así, no creo que con ello incurra en pecado mortal, pues creo que sólo se incurre en pecado estando vivo... Pero... ¿estaré absolutamente muerto? Es cierto que conservo casi intacto el libre albedrío y que por ello puedo disponer de momentos como éste, en los que casi me creo vivo y en plenas facultades, a pesar de mi aspecto, muy desmejorado.
Una voz enérgica me llama y reclama mi atención, la de todos mis sentidos. Y, de pronto degusto, paladeo el aire viciado que brota de la boca de Neruda, lo tengo aquí delante, casi rozándome, flanqueado por Dorita y Pepe; oigo su voz que es como la mía -mecachis los mengues, cómo me jode-, recitando sus poemas que pretenden ser tan hirientes y que indignan más a Pío Moa que a mí mismo. Huelo el hedor de los cuerpos de los tres chilenos, chamuscados y redivivos tantas veces para cumplir con su papel de actantes contro me.


Pero ahora, con todos mis sentidos expectantes, dejan los tres que me exprese, se han callado, y como están fijos en mis palabras, me aprovecho de ello y les digo: Como casi todos los españoles, tengo prosapia limpia y noble, nací para hidalgo, aunque no sepan ustedes qué carajo pueda ser eso. Me bautizaron dando fe de ello en Ferrol con varios nombres. Además de Francisco, también me llamé Hermenegildo, como el santo godo señor de Hispalis; y Paulino, gentilicio de Pablo (ese nombre que ostentas, Neruda, tú que no lo mereces), y Teódulo también (este por mi madre, que le tuvo una gran devoción a san Teódulo). Francisco Hermenegildo Paulino Teódulo... aunque en el colegio me llamaran Paquito, como tratan aquí de restregarme constantemente. Ya que hay españoles envidiosos de la hidalguía que no poseen, que no tienen muchos nombres y, celosos de los míos, me llamaban, como ahora, por el diminutivo del primero, Francisquito, Paquito, y los más cabrones me apodaban Cerillito y así hacen también los más cabrones de quí, porque dicen que tengo cabeza con forma de mixto. Con algunos de ellos me crucé durante nuestra Santa Cruzada, a todos no pude localizarlos, otros se exiliaron a Hispanoamérica y allí habrán muerto.


Así que verás, Ricardo Eliecer Neftalí Reyes Basoalto, Pablo Neruda de los cojones, hijo de reyes sin corona y madres con el vaso en alto, o sea que venían sus empapados genes alcohólicos de bebedores dipsómanos y dipsómanas por generaciones: pues... ¡a tu Ricardo mi Francisco!; ¡a tu Heliecer mi Hermenegildo!; ¡a tu Neftalí mi Teódulo!, y aún me sobra un Paulino verdadero para tu falso Pablo, ¡hiel revenida del pueblo!


Neruda me mira sin verme y recita: ...Solo y maldito seas, solo y despierto seas entre todos los muertos y que la sangre caiga en ti como la lluvia y que un agonizante río de ojos cortados te resbale y recorra mirándote sin término...


Y siento miedo, Madre de Dios, acuérdate de Paquito, que todo lo hice por España. Solo y despierto estoy, entre muertos. Sangre de lluvia me empapa el uniforme y un sinfín de ojos me acecha recorriéndome el cuerpo y el pensamiento allí donde aparezca mi cuerpo y la mente que porta. Me siento maldito por este hombre...


Tras repetir Neruda su maleficio varias veces, entona la letra del Cara al Sol, con la melodía mortecina de La Internacional, interpretada con tristeza infinita por Dorita y Pepe... ¡Qué horror! ...mas líbranos mucho más del mal, amén...


23. EMPEZAR DE NUEVO

Y como si nada hubiese sucedido, me veo de nuevo en alguna parte de la Ciudad Universitaria de Madrid, cantando una canción italiana contra Gonzalo Queipo de Llano, caminando entre piedras afiladas, formando parte de ese desfile esperpéntico con el que me dirijo durante estas últimas jornadas hacia la iglesia fantasmal en la que se dirime mi suerte eterna. Me sangran y duelen los pies y si no me cambian las botas pronto caminaré descalzo. Cae una fina lluvia de sangre y el gentío de chusma que se agolpa a nuestro alrededor me insulta. Sólo me insultan a mí, a mí sólo entre todos estos figurantes muertos que se esfumarán nada más llegar a nuestro destino en ese escenario, al pie de las escaleras que conducen al coro en el que debaten los misericordia sobre mi vida pasada. Ya en el atrio de la iglesia oigo el cántico de mis compañeros figurantes perdiéndose extramuros en la espesa niebla: ¡Il generale della piazza, scemo pezzato da idiota. Queipo de Llano s´azzitta!...


Bajo las tablas del coro, a partir de las cenizas de los tres, fray Martín esculpe la imagen de Ricardo Reyes, alias Pablo Neruda, y también las de Dorita y Pepe, amalgamándolas con mucho arte para reencarnarlos, utilizando buchitos de agua que va sorbiendo del cubo con una caña como la de la escoba. ¡Qué habilidad!, no sé cómo puede distinguir entre los polvos qué parte es hueso y cuál carne, pelo o ropa, o qué es de quién..., cuál el píloro de Pepe, dónde el páncreas de Neruda, los ojitos de Dorita... Supongo que Dios le ha imbuido ese arte para que realice la labor de la misma manera con la que Él hizo de arcilla a Adán. Me quedo observando su recreación, pero el moreno detiene la obra y me mira como si me reprochara algo, mira insistentemente hacia arriba, hay artistas a los que no les gusta que les observen mientras trabajan. Pero nada tiene que indicarme, sé que he de subir al coro. Ya oigo las voces de los misericordia contestando al parlamentario Suñer. Y siguiendo a mis pies me planto frente a ellos, y el único que se vuelve para mirarme es Pío Moa, ese panegirista mío a mi pesar.


Al poco llegan Pablo, Dorita y Pepe, ya reencarnados, y se colocan de espalda a los misericordia, entre ellos y yo, y prosigue Neruda con sus invectivas poéticas contra mí. La visera dura de su gorrilla me golpea la frente, taladrándola. Y así nos estamos todos, durante tanto tiempo que creo pasan y se suceden varias veces las estaciones del año en una única jornada, mientras ahí fuera, junto a esta Ciudad Universitaria de opereta, cae la tarde. La luz de las vidrieras ya sólo ilumina levemente nuestras figuras, su haz ha ido recorriendo e iluminando las de los misericordia, y cuando por fin llega la noche, fray Martín enciende las bujías que hay colgadas en las paredes de piedra del coro. Al pasar junto a mí sonríe.


¿No podría sentarme un poco?, le pregunto. Y entonces todos se detienen y enmudecen. Iluminados por la luz temblorosa de las bujías, las figuras de los misericordia van recuperando su amanerado aspecto inicial, maderoso y pulido. Apenas podría reconocer ahora a ninguno de ellos, ni siquiera sé cuáles son los que están a mi favor o cuáles en mi contra. El santo prieto, una vez ha encendido todas las bujías, recoge la escoba y el cubo y se va escaleras abajo, mirándome por encima del hombro. No sé qué le pasa a este hombre conmigo, ni me informa, ni me reconforta, ni nada de nada. Creo que su única función en estos escenarios es echarme cubos de agua y reencarnar a los chilenos.


Nada más desaparecer el santo, Pablo, Dorita y Pepe, comienzan a incendiarse. Y como no me puedo mover del sitio me chamuscan los pelos de las cejas y el deshilachado del uniforme, pero enseguida se consumen, quedando reducidos a cenizas que se van colando entre las tablas del suelo del coro, cayendo al enlosado de la planta baja, quedando los tres en un montón cónico que fray Martín reencarnará pronto con esa habilidad y arte divinos.


Solo de nuevo. El silencio es enorme. Ahora puedo moverme, pero doy vueltas sin ton ni son paseando por el coro, como suele suceder generalmente en este escenario al final de la jornada. Mis pies, y después de 314.159 pasos completando 3.141 vueltas en círculo (como no tengo otra cosa que hacer cuento los pasos y las vueltas pacientemente) me llevan frente a la bancada de los misericordia, y me dejan tan cerca de ellos que puedo verlos claramente y reconocerlos, a pesar de su diminutez. Todos están inmóviles, menos uno. Pío Moa, mira por dónde. Mis pies me acercan más al respaldo del banco y oigo un bisbiseo. Moa dice cosas sueltas a propósito de la II República como si hubiera conocido personalmente sus vicios y costumbres:


Ya que el gobierno colabora con los homosexualismos, los ciudadanos de a pie debemos hacer el máximo esfuerzo por combatirlos. ¿Y qué tendrá que ver esto con mi causa? Nunca deja de maravillarme la pose de indignación moral con los que los de la memoria histórica rodean sus indecentes embustes homosexuales. ¿A qué se referirá? Los homosexualistas llaman homofobia a la defensa de la normalidad, de la familia y matrimonio naturales. En esto llevaría razón si los republicanos llegaran a tanto, pero ¿qué tiene que ver conmigo? Los homosexualistas tienen instinto totalitario indisimulable. Siempre pensando e encarcelar a quien discrepe de sus dislates...


¡Y dale con los maricones!, así no acabaremos nunca. ¡Váyase señor Moa y deje que los demás concluyan con el informe sobre mi persona!


Los pies me apartan de los misericordia, un sinfín de ojos me observa, grito contra el graposo hasta que siento que me voy a desmayar. Y por fin mi cuerpo cae lentamente sobre el pino oscuro y encerado, oigo el ruido seco de mi cabeza golpeando el suelo.

(Continuará: 24- PENSAR ES INEVITABLE, 25-EN EL NOMBRE DE EVITA).

 

 

 

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