Los infiernos del caudillo

 

Ilustración y texto de O COLIS para Zonaizquierda.org

 

PRIMERA PARTE: Un lugar intermedio (30,31/33.)

(viene de: 29. Un sepulcro inmenso en Recoleta)
http://zonaizquierda.org/Libros/COLIS-Los_infiernos_del_caudillo_15.htm


30. EL PENSAMIENTO ARGENTINO DE PERÓN

Ante el agolpamiento de las señoras en derredor mío y el interés por demás que muestran hacia mi persona, Perón se ha sentido un poco ninguneado y ha alzado la voz, primero para ordenar a las chicas y sentarlas frente a su púlpito de arena (que es en lo que se ha convertido finalmente su diván de psicoanalizado), y luego ha alzado aún más la voz para proseguir con su insufrible discurso sobre el justicialismo, como si estuviéramos lejos de él y tuviera que gritar, o como queriendo acallar con sus voces los cuchicheos, tan habituales en las damas, sean de la edad, condición o paisanaje que sean, pues como el valor en la mayoría de los hombres, el cuchicheísmo se da en ellas por supuesto. Como decía Eva, está de un celoso insoportable, pero ya veo lo está de todo, incluso del aire, pues trata de retener sus palabras con las manos frente a su boca, como si no quisiera que se las llevara el viento.

Hay algo, señoras y señores, que van a ustedes a comprender del justicialismo práctico enseguida, los extranjeros en especial, y que va a maravillarles tanto como nos maravilló a nosotros en su día, sobre todo por la originalidad del concepto, y conste que hablo como Platón, por boca de ganso, haciéndolo yo por otro Sócrates, por Carlos Alberto Disandro, fundador de la revista Hostería Volante, por quien mi esposa, aquí presente, siente una devoción extrema. Decía Disandro y repito yo, que frente al liberalismo en ruinas, frente al comunismo leninista, el Justicialismo erige una noción de armonía entre libertad y justicia, entre bien común y público... o bien privado –pues tanto da, ya que si es bien público lo es privado del Estado–, entre autoridad y justicia. La Revolución Justicialista lo es del orden, no del despojo...

Aún con esta capacidad que tengo ahora de atender a todo y de comprenderlo, me cuesta seguir lo que dice Perón que decía Disandro, aunque sé que esto es sólo otro modo del tan practicado truco dialéctico que para decir lo que uno dice sin citarse a uno mismo, se dice que otro lo dijo ex pofresso, aunque nunca nadie dijera eso. Jamás utilicé yo a Pemán para esos disimulos, aunque con la de vueltas que da la vida, vista desde la muerte, a Perón le vendrá este su Pío Moa exprofeso para desprecisarlo todo. Dice que Disandro hablaba de la disyunción rítmica, ondulación del pensamiento en el lenguaje, que ya he escuchado practicaban con embeleso en el coro de los misericordia dos que estaban en mi contra, Laclau y Alemán, de los que no tuve noticia en vida, como de tantos otros, incluso de algunos de los que estaban en pro mío, como ese tal Pío Moa. Pues para más liarlo todo, explica Perón que decía Disandro que la disyunción rítmica es algo así como un contrapunto entre el observar y el percibir, entre el pensar y el reflexionar platónicos, que asegura Perón denominaba Disandro como el continuum del noein en el logos prophorikós. Para comer cerillas. Esto me parece muy de Punset. Quizá Disandro fuera de la escuela de Punset, aunque por edad me parece que sería más bien al contrario, más disandrista Punset que punsetiano Disandro.

No sé si Perón cree va a reencarnarse junto a su amada en gusano presocrático, y practica ya la admiración por la diferencia entre lo intangible por los sentidos y lo intangible por la razón verdadera, viendo yo el único inconveniente esencial en el continuum del noein en el logos prophorikós la ignorancia que tiene Perón de la Providencia, que no es ni perceptible ni pensable si no es con la razón de la fe –como dice otro que anda en contro mío, el profesor Bueno–, y siendo que Perón es ateo, no veo la forma de que halle esa comunión con la Verdad Suprema.

...lo que venimos a decir al mundo, tan reacio a escucharnos no sé si por envidia o por influencia del contubernio internacional de la sinarquía, que no son sino la misma cosa, que el Justicialismo es humanismo puro, en tanto que parte de la filosofía que explica al hombre y a su historia, y humanismo político en cuanto que afirma las premisas que instituyen la existencia del Estado y las características de la vida política como un acto creador. Les aseguro, señoras y señores, que el Justicialismo tiene condiciones objetivas para que cualquier gobierno que se rija por sus principios fundamentales lo haga en orden a la justicia, al orden social, la paz, el trabajo y la piedad. Pero también ha de ser un gobierno fuerte que crea en su propio desenvolvimiento y que no tema a nadie, un gobierno que pueda enardecer al pueblo cuando haga falta de su valor para la guerra, una vez conculcados por los otros los acuerdos, y se provocara a la Argentina a actuar en legítima defensa. Y por eso, el estado Justicialista ha de ser fuerte en capacidad material para la guerra, pues como dice Ronald Reagan, ninguna nación que basó su seguridad en acuerdos firmados y, al mismo tiempo abandonó su capacidad material para la guerra, duró lo suficiente para contribuir a la historia de la humanidad. Y nosotros queremos dejar nuestra huella en este mundo, la nuestra...

Me levanto para hacer algunas observaciones al orador, aun estando de acuerdo en lo fundamental de lo que decía que dijo Reagan, ese actor y presidente de los norteamericanos, según sé por Carmen y por Punset, aunque le falta comprender al pensador del continuum del noein en el logos prophorikós que los políticos, justicialistas o no, siempre acabarán por pedir ayuda a sus militares leales a la Patria, porque ya me dirá que haría el pueblo armado sin dirección militar adecuada para la guerra. Aún el zumalacarreguismo se puede hacer sólo si cuentas con Zumalacárregui, que era militar, por supuesto. La política ha de ser regida siempre por militares...

Es usted un fascista irredento, me espeta Perón a bocajarro. Yo le contesto sin alterarme:

Lleva usted razón en lo primero, soy militar fascista de corazón, pero irredento lo soy sólo transitoriamente, y por ello estoy aquí soportándole, porque si no fuera por esta demora incompresible, aunque sea justa, pues viene de arriba, yo ya estaría juzgado y redimido, y fuera del alcance de usted que, por cierto, aunque le moleste sobremanera reconocerlo, es tan fascista como yo, y tan irredento...

Tan inrreencarnado, querrá decir...

Lo que sea.



31. LAS SEÑORAS

Entre jornadas, en lugar de volver al nicho, me veo impelido al lugar etéreo y febril en el que han instalado la lavandería y allí, entre esos militares raros que me parecieron la primera vez ujieres o chusqueros hispanoamericanos, entrego una y otra vez varias partes del uniforme, para arreglos y adecentamientos, que lo son también de mi aspecto morfológico, pues en cada visita se me arregla algo; bueno, más que arreglarlo me lo cambian, y con esto que me van haciendo ya me va pareciendo que no sólo ya no soy yo únicamente de pensamiento sino que también empiezo a ser otro de aspecto. Como si estuvieran haciendo un doble, pero conmigo mismo. Tengo unas manos fuertes que no corresponden a estos brazos esclerotizados, y la cabeza firme, como la que muestro en los sellos y aunque parezco más joven sigo teniendo un cuello de tortuga centenaria y un pecho escurrido como el suspiro de un tísico. Y si no fuera porque ya salí al mundo de los vivos sin saber sentir pena por nada o por nadie, ahora, de muerto, me daría pena de mí mismo. Aunque es verdad que de muerto tengo sentimientos diferentes, y empiezo a sentir algo que me corroe como los gusanos, y creo que esa sensación debe de ser precisamente la pena, la pena por mí mismo. Además de pena por Perón, que me la da, y mucho.

Hace un momento me he enterado de que estos que me rodean son todos militares golpistas, y que esta sección de lavandería y arreglos de ropa y aspecto es exclusivamente para militares golpistas. Y no entiendo por qué me obligan a acudir a esta subsección intendente, si no es para humillarme aún más. Y a fe mía que lo logran. No puedo sino sentir repugnancia de encontrarme en la cola entre éstos, aunque si se fijaran los guionistas que perpetran estas imprecisiones de lugar y de todo lo demás, verían que ellos mismos, los figurantes golpistas, me miran como a intruso en lo suyo de ellos. Empiezo a tener por cierto que estoy purgando por pecados de los que ni siquiera me acuerdo. Y si es así, bendito sea el castigo. Este lugar intermedio, con sus escenarios y actantes ha de ser un espacio purgatorial transitorio, lo creo así casi desde el principio. Y si está de Dios nada tengo que añadir pues.

Tras los adecentamientos siempre me veo impelido de vuelta a los bajos del cementerio de Recoleta, y allí me reencuentro con Perón y con las chicas. Cada vez se une alguna nueva y desaparece otra. Y todo ello sucede, como me explicó Perón, por arte de la brujería de Evita convocando a lo suyo de ella a militares y presidentes famosos que, al recordar a sus esposas con el pensamiento, a todos se les aparece de cuerpo la Perón y como me sucedió a mí, también acude la propia de cada uno, por controlar la situación, más que nada, se entiende. Ahora me saludan todas las señoras muy efusivamente y algunas me piden que recite a Neruda, a Lope...

Clementine Hozier, señora de Churchill prefiere que recite a Lorca, es muy refinada y distante, pero me escucha como si sintiera deleite por lo que recito a mi pesar; Nadezhda Allilúyeva, segunda mujer de Stalin, me pide que recite a Valle Inclán, y como este me gusta mucho y por esto de que no he de sentir nunca placer alguno, siempre la interrumpe alguna otra cuando lo estoy recitando, y esta vez lo hace la concubina de Mussolini, Clara Petacci, que sólo quiere oír al masón de Larra. Se han puesto en fila y todas tienen su petición expresa, y no me puedo negar. ¡Qué labor ha hecho conmigo Punset! ¡Todo lo recuerdo con soltura!, y hasta tengo gracia rapsódica a juzgar por la cara que ponen todas. La de Guzmán el Bueno, María Alonso, me pide poemas épicos; también la de Moscardó que, coincidencias de la vida, dice llamarse María de Guzmán; la de Hitler, Eva Braun, quiere poemas germánicos; la de Pinochet, Lucía Hiriart, me pide que cante valsecitos chilenos... depende del día, cada una suele tener su estilo preferente.

Y con cada una de ellas hago apartes en los que me cuentan interioridades que no debiera yo saber. Doña María Alonso me cuenta lo suyo que tuvo con el merení Yusuf, que al principio fue por venganza con el bueno de Guzmán, por lo de haber consentido que degollaran a su hijo, pero que luego se convirtió en amor verdadero; Clara me cuenta que a Benito le apesta siempre el culo; la Braun me revela que a Adolf le encanta vestirse de criada judía y que ella le torture... en fin que sufro un suplicio parecido al que deben de sentir los confesores al oír en confesión las atrocidades pecaminosas de los otros. La vida de los otros es repugnante.

Y hoy hemos tenido una visita inesperada, en la estela de mi impelimiento a este escenario se han llegado hasta aquí conmigo Sofía Subirán y su padre. Tras su aparición todos la han aclamado como si fuera mi Carmen. La verdad es que se parecen mucho. Todavía me intimida el comandante Subirán, de hecho he arrancado a correr como un gamo, huyendo de él como en mi época de alferecillo en Melilla. Mi Carmen se ha puesto hecha un basilisco y ha comenzado a echar humo negro por las perlas de los collares...

Como esto no puede seguir así le he pedido a Perón que me exima de venir aquí, sería capaz de hacer lo que fuera para no volver. Y me ha pedido que rinda bandera, que oficialmente le entregue la mía y que verá lo que puede hacer con Evita para que no me vuelva a convocar. Y he accedido. Y de no ser porque los guionistas se opongan, espero con ello no volver por estos escenarios.

Y he rendido la bandera de España. El decorado se ha transformado, ahora estoy donde estaba, pero han surgido alrededor pequeños incendios, parece el escenario humeante de una batalla perdida. Perdida por mí. ¡Dios mío, qué oprobio! Porque aunque a última hora me he resistido a hacerlo no ha habido forma. Y Perón ya alardea de su victoria, aunque maldita la cosa para lo que le servirá siendo todo como es, fingido.

Antes de verme impelido de nuevo a mi nicho se me ha acercado Carmen, mi Carmen, y me ha pedido que le cante el Rascayú.


(Continuará: 32-SIENTO QUE LLEGAN EL FIN Y EL PRINCIPIO, y 33-ÚLTIMOS RECUERDOS).

 

 
 

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