Los infiernos del caudillo

 

Ilustración y texto de O COLIS para Zonaizquierda.org

 

PRIMERA PARTE: Un lugar intermedio (2,3/33.)
(viene de: 1. Despertar al alba)

http://zonaizquierda.org/Libros/COLIS-Los_infiernos_del_caudillo_1.htm

 


2. EN EL ASEDIO A BILBAO

Aquí estoy, en otra lluviosa mañana de la primavera de 1835. Como si fuera de nuevo, Tomás Zumalacárregui trata de convencer a Don Carlos y a su camarilla palaciega de la importancia de aprovechar el entusiasmo de los voluntarios carlistas para marchar sobre Vitoria y después sobre Castilla, para llegar finalmente hasta Madrid. La empresa parece ahora más fácil y de este parecer son también Villarreal y los fieles a Zumalacárregui. Pero el pretendiente está encaprichado con la toma del bochito y las explicaciones de su general no le convencen. Estamos todos sobre las suaves colinas vizcaínas, por la parte de Begoña.


¿Puede tomar la plaza?, pregunta Don Carlos a Zumalacárregui.
Puedo,
contesta el general, pero a costa de mucho tiempo y sobre todo de demasiados hombres...


Sé lo que van a decirse antes de que lo digan. Ya he vivido este mismo momento muchas veces. Sé que ahora vendrá hacia mí Tomás Zumalacárregui protestando en voz baja sobre la cabezonería de su santo pretendiente. Así es, y cuando llega a mi altura constato de nuevo que huele a rayos. La cosa es que sólo huelo las cosas desagradables. Es como si sólo tuviera olfato fino para las cosas hediondas, y en alguno de estos escenarios se me despierta una agudeza olfativa que me marea. En este en concreto la capacidad de mi órgano olfativo es de sabueso, no sé si como llueve constantemente el orballo este que llaman chirimiri los vascuences, con el agua se desprenden de la ropa de estos guerrilleros unos vahos nauseabundos, producto de la mugre que acumulan tras tanto tiempo sin bañarse, si es que se han bañado alguna vez. Sería de retroceder cuando se acerca el general, pero no, aquí me quedo. Incluso sonrío cuando le huelo hasta las zurraspas. Y aquí sigo, rodeado de estos asaltamontes apestosos, esperando que llegue cuanto antes la bala perdida que herirá a Zumalacárregui, que suele ser cuando acaba mi visita al escenario y la tortura organoléptica. Aún habrán de unirse a los vahos el aroma de los cuajos sanguinolentos del general que salpicarán los bajos de mis pantalones, que enseguida veré hacerse costra, pudriéndose sobre el paño pardo. Así será hasta que llegue la repentina noche en la que volveré al nicho como por ensalmo, y por la misma vía por la que llegué. Sé que será así, aunque no comprenda el por qué de estas visitas ni qué demora tanto la entrevista con los santos jueces y la resolución sobre mi destino eterno. Serán todas estas, quiero creer, pruebas purgatoriales que merezco, y con la hombría que atesoro sabré aceptarlas, amén.


Así que a no más tardar llegará a este escenario la batalla esa tan desigual, en la que unos cuantos trabucaires vascongados pretenderán romper las defensas bien recias de Bilbao con cañoncitos de campaña y armas de bandoleros y bagaudas campesinos. Pero la plaza está bien pertrechada tras las defensas, con armas como es debido, cientos de fusiles Remington y varias baterías bien dispuestas de cañones Krupp, que desharán la ofensiva de estos cabezotas cruzados de su causa, según la comiencen.


Desde los confines de este escenario, desde el muro de aparente niebla que lo circunda y delimita, veo llegar la lluvia curva de plomo que nos hará caer a todos heridos. Una de esas balas rebotará en la rejería de un balcón hiriendo a Zumalacárregui y enseguida sus hombres lo recogerán y se lo llevarán a hombros. Ahora pasarán todos junto a mí...


Sólo es una rozadura en una pierna, don Francisco, me dirá, como si desconociera su destino... Enseguida se unirán al séquito los médicos Grediaga y Gelos; el cirujano inglés Burgess, y bien sé que cuando lleguen a Cegama estarán esperándole Beloqui y el curandero Petriquillo, y que entre todos acabarán matándolo.


De la rozadura de una bala perdida, rebotada en una pierna.
Me espanta pensar que si Zumalacárregui lleva aquí ciento cuarenta años esperando ¿cuán larga ha de ser mi estancia esperando la venia de los jueces del Altísimo? Y no sólo es esto, porque en lugares muchos peores que éste he aparecido, participando de esta manera tan inútil y absurda en la vida de personajes mucho más remotos que el vascuence. Trato de consolarme pensando que quizá todos ellos no traigan una causa tan noble como la mía, ni tan importante. Y que seguramente por ello a mí me despacharán antes.


Llega ahora otra lluvia curva de plomo desde los confines neblinosos en los que se encuentra Bilbao, hiriéndome junto a estos hediondos, y caigo entre cuerpos destrozados que me sepultan, y se hace la obscuridad y con ella se llega la inmovilidad total de mi cuerpo, y también de pensamiento, que se queda fijo en la última escena de hoy. Pienso: hoy, pero no sé qué pienso.


De pronto recuerdo que antes he pensado “organoléptica”. Y no sé qué significa. Organoléptica...

 



3. PARTES INFORMATIVOS DE CIENCIA PAGANA

Algunas veces, no bien se acaban los eructos de la golfemia arrabalera que perpetra el Cara al Sol cada mañana a pocos pasos de mi tumba, cuando se proyecta frente a mis narices -en la pantalla de un televisor a colores en el que se convierte el reverso de mi lápida- un parte informativo en el que siempre el mismo informador me cuenta personalmente (se dirige a mí por mi nombre) algunos asuntos de ciencia pagana muy retorcida. A través de la pantalla, al otro lado, veo siempre al romano Octavio sentado en el aire, escribiendo lo que pienso, siempre muy indiferente y concentrado, pues ha de estarlo para dar fe de todo lo que me sucede y vivo (por decir vivir a esto). Lo que viene a contarme este informador televisivo son cosas con razones a todas luces de ciencia imposible, que presenta como hallazgos de gente importante, extranjera generalmente, pero que asegura son de acreditada solvencia intelectual. Ya me sé yo lo convincentes que resultan ser los currículos de los masones y comunistas que han infestado el mundo de la ciencia laica desde la noche de los tiempos marxistas. Este presentador de rostro plano afirma todo lo que dicen los otros como si lo entendiera perfectamente porque, además, habla todas las lenguas y en todas entrevista, pregunta y responde, como haría un demonio tentador tan tranquilamente. En realidad él mismo parece el protagonista de todas las historias que relata y desarrolla frente a mis narices. Y es raro, si es que hubiera algo que no lo fuera en este lugar, pero ¿cómo es que no apareciendo en las entrevistas subtítulos entiendo yo también todo lo que dicen?


Este individuo se ocupa muy minuciosamente de que todos los que aparecen repitan su nombre y le alaben, ya digo que las primeras veces que apareció me barrunté que era un subalterno del maligno. Pero no. A pesar de que a mí me pareciera desde el principio un ser para paseíllo y tiro en la nuca, sin más reflexiones, resulta que el que me informa el cerebro por encima de todo me ha hecho saber que estos partes informativos, y este ser, son cruciales para mi entrevista definitiva en lo referente a mi destino eterno.


Este hombre, que respeto a fortiori, resulta ser español, y tiene aspecto de curita rebotado, Dios me perdone, es un poco afeminado y mueve las manos como las serpientes las moverían, de tenerlas. Luce un pelo ensortijado como el que he visto tantas veces en los ángeles y puttos pintados en las iglesias y capillas. Una y otra vez repite su nombre, o lo repiten sus científicos entrevistados: Eduard Punset. Catalán o valenciano de origen o derecho, era de imaginar.


Sus partes de ciencia pagana no constituyen para mí mejoría ni empeoramiento alguno en mi estado general, y no parecen sino entrenamientos para la comprensión de los horrores que padezco en los escenarios cotidianamente, y ese algo, o ello, que me subyuga el ánimo, me obliga a poner mucha atención a lo que asegura el mariquita, porque por enrevesadas que parezcan las cosas aquí, se relaciona todo y cada cosa interesa a la siguiente o a la subsiguiente, como he ido comprobando. Así que me fijo mucho y algo se me va quedando. Y ya que considero que todo ha de tener un por qué, pues todo lo atribuyo a los designios del Altísimo, al que nunca o casi nunca pedí explicaciones, no va a ser precisamente ahora la primera vez.


Aunque, la verdad, tampoco me sería posible no fijarme, ya que no puedo moverme ni física ni mentalmente, y por eso más aún que fijarme, estudio todo lo que veo y oigo a través de esta pantalla que, de no ser por lo que ahora sé, tendría por pantalla del demonio. Así que, héteme aquí cotejando y sopesando mis conocimientos y creencias de toda la vida, con estas nuevas y complejas enseñanzas que se me insumen a través de estos partes informativos de ciencia pagana, ciencia que nunca me interesó ni preocupó para nada. Pero estos residuos de indiferencia que utiliza mi mecanismo de defensa intelectual (convicciones profundas que me permiten establecer una cierta distancia con todas esas locuras que no tengo más remedio que estudiar atentamente), a pesar de que me producen un especie de calorcillo interior agradable y autocomplaciente, de chispas de calorcillo se van convirtiendo en ascuas que pasan deprisa al incendio interior abrasador. Así, cada vez que me siento más o menos en paz conmigo mismo me explota a la altura del esternón un pequeño volcán de ascuas al rojo vivo, y me oigo gritar de dolor mientras un humillo negro aparece entre los botones de la guerrera tiznándomela y agobiando el aire del nicho, ya de por sí enrarecido y pestilente. Suele ser en esos momentos cuando me siento impelido a los escenarios mareado y gritando, aunque, eso sí, nada más aparecer entre los decorados de la jornada, ya puedo moverme.
Así se siguen los acontecimientos de la jornada: Despertar al alba con el Cara al Sol; partes de ciencia pagana; aparición de mi sistema de autocomplacencia, e inmediato remordimiento con fuego interior; impelimiento a los escenarios e implementación de los argumentos.


Estos partes informativos, que Dios me perdone si los consideraba maléficos, me están haciendo pensar poco a poco de una extraña forma que yo diría es muy pedante, porque utilizo retóricos adjetivos y sustantivos que en vida nunca utilicé y que puede ser uno de los motivos por lo que me duela tanto la cabeza, como si fuera la de otro, pues otro soy. Y más que por el dolor en sí, me jode que me duela porque yo consideraba que sólo les duele de esta manera sin objeto a las mujeres y a los débiles de espíritu, siendo que un español como yo sólo encontraría el goce del dolor en el producido por herida obtenida en contienda con el enemigo, o por asta de toro. Pero, ¡oh paradojas en este destino atrabiliario!, cuando en los escenarios en los que suelo ser sólo un figurante, una bala perdida o una estocada desprevenida encuentran mi cuerpo, entonces no siento nada. Es para comer cerillas, que me duela la cabeza por pensar y no sienta nada cuando me hieren y sangro. Toda esta palabrería del grisáceo Punset se me clava en el cerebro como un rocío de espinas y acaban por preocuparme sus preocupaciones, que tiene cojones la cosa, como diría Martínez Anido. Cómo le echo de menos a él y a su santa intransigencia.


Alguna vez en los escenarios aparecen entre la tropa o el populacho confesores como figurantes, y trato de llegarme hasta ellos para pedirles confesión, pero parece que me huyen como curas obreros y nunca logro alcanzarlos. En cierto modo me complace que aún me huyan los rojos... y con la complacencia de hoy llega el volcán de ascuas y el humo y el proyectarme por el espacio en un puro grito...

(Continuará: 4- PLAN DE CULTURA NACIONAL MARTÍNEZ ANIDO. 5- EL FRANCÉS Y TRAFALGAR)
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