Los infiernos del caudillo

 

Ilustración y texto de O COLIS para Zonaizquierda.org

 

PRIMERA PARTE: Un lugar intermedio (4,5/33.)
(viene de: 3. Partes informativos de ciencia pagana)

http://zonaizquierda.org/Libros/COLIS-Los_infiernos_del_caudillo_2.htm



4. PLAN DE CULTURA NACIONAL MARTÍNEZ ANIDO

Y en un puro grito, y humeante como un obús gripado, me llego impelido desde el parte científico en el nicho, al escenario de esta jornada. Un despacho que no he visitado nunca, ni de vivo ni de muerto. Archivadores, legajos, papelotes y máquinas de escribir, por todas partes, hasta por el suelo; de tal manera que al llegar me encajo de golpe entre un bureau y un sillón de cuero, y ahí me quedo, como corcho en el cuello de la botella. Tanto se acumulan las cosas unas sobre otras, que la habitación parece mucho más alta que ancha, siendo grandes sus proporciones en ambos sentidos. Está en semi penumbra, y no me disgusta que esté de esta manera, porque el lugar tiene algo de oficina de lo eterno, y si es así, por ahí estará mi expediente, y pronto seré juzgado y me comunicarán mi destino...


Pero no, pronto me apercibo de que es un escenario más, uno de esos de confines neblinosos, el techo y las paredes son como de algodón blancuzco. Otro de esos lugares por los que me veo obligado a pulular sin sentido, haciendo tiempo. Ya se ve que el tiempo no es nada por esta parte.


Por cima de una de las mesas del fondo, cubierta de papeles polvorientos, distingo con sorpresa la figura inconfundible de mi paisano de El Ferrol, Severiano Martínez Anido, que me mira con impaciencia como si me hubiera estado esperando desde hace rato y me dice que anda muy ocupado en la redacción de invectivas contra el doctor Marañón y el gorrino de Indalecio Prieto (dice gorrino como si escupiera la palabra). Y sin saludos ni más preámbulos, ni preguntarme si me interesan, pasa a leérmelas. Yo sigo aquí empotrado entre el bureau y el sillón, se me han dormido los brazos y las piernas, y siendo como son largas las jornadas en los escenarios, ésta se me va haciendo más larga que ninguna otra, y más insoportable.


¡Tiene cojones la cosa, Paquito!, dice Severiano asomando la cabeza entre dos pirámides de papeles, ¡qué inútilmente difícil es el mundo de la cultura y el arte!, ¡y mira que amaricona!


Es extraño, además de indignante, que se atreva a llamarme Paquito, siendo yo generalísimo y él simplemente general, y muy raro también que todo esto que está escribiendo (y que ya va para varias horas de las de aquí que lo está leyendo para mí) pertenezca, según me informa, al preámbulo de un extenso plan de cultura nacional en el que, por si no fuera suficiente el desatino, pretende que me ocupe yo de la danza clásica...


¡A ver, Paquito, ejecuta un demi-plie en las cinco posiciones básicas!
¿Un qué...?
¡Un demi-plie, cojones! Si vas a ocuparte de estas cosas he de comprobar cómo lo haces! Es un ejercicio que desarrolla los tendones y músculos de los muslos, pantorrillas, tobillos y pies, aumentando la flexibilidad y la fuerza del tendón de Aquiles. Además, la acción del resorte del demi-plie es fundamental para todos los movimientos de salto y regreso al suelo. A ver, flexiona lentamente las rodillas hacia los lados, pero sin detenerte y sin levantar los talones del suelo.


Y ya ha de ser extraño este mundo en el que me encuentro que voy, me desencajo del lugar en el que estoy empotrado, flexiono las rodillas... y comienzo a moverme graciosamente, sin poder evitarlo. No sé si de algo me servirá ejercitarme en esto, aunque no me vendría mal aprender a caer, porque suelo hacerlo cada jornada en los escenarios muy torpemente, y me duelen los tobillos...


¡Mantén torso y cabeza derechas y dobla las rodillas hacia afuera en línea directa sobre el centro de los pies, enderezando las rodillas al final! ¡Más gracia, joder!


Y con el peso de la pierna apoyada, deslizo sobre el suelo el talón tensado hacia adelante, en línea recta apuntando hacia la segunda posición; bajo el talón al suelo distribuyendo el peso en ambos pies, el dedo gordo del pie en movimiento lo mantengo en contacto con el suelo al moverme de una posición a la siguiente, deslizándome con gracia a la siguiente posición para ponerme en punta. Los pies están ahora separados por una distancia de 30 centímetros. Pongo ahora el pie de trabajo en punta, el talón proyectado hacia adelante, coloco el tobillo de ese pie adelante del tobillo del pie de apoyo, regreso el brazo libre a la posición preparatoria al tiempo que regreso la pierna a la tercera posición. Mientras tanto coloco los brazos despegados del cuerpo, también en paralelo, y los flexiono por los codos como si fueran alas de gallo y voy rotándolos hacia adelante y hacia los costados, como si estuviera enseñando una parcela. Aquí el espliego, aquí los rododendros...


Y pues no se me ha ordenado que me detenga sigo rondando demi-plies por los rincones y los escasos huecos en los que puedo moverme, aspeando brazos, partiendo de la posición de rombo, la barbilla ligeramente ladeada sobre el hombro derecho, y lo hago todo sin humor ni dignidad, como un esclavo mecánico de la voz que me ordena. No había pasado aún por este trance de escenario, pero esta felonía no es para descrita. Fementida lealtad la de Severiano. Se ve que en este lugar soy un figurante suyo, en la otra vida (esto lo siento como vida, al fin y al cabo) él fue subordinado mío, y buen segundón. Era un bruto de la fe, tenía ese don, y siempre lo preferí y distinguí entre muchos otros más delicados. Lo nombré ministro de Orden Público de mi primer gobierno sólo por el pánico que provocaba entre los republicanos...


Siento que lloro mientras rondeo sin parar por la habitación, y pido a Dios que de la humillación a la que me somete este bruto surja un nuevo y mejor Francisco. Y como me conforta la autocompasión y el rezo, me avengo a ella como a un clavo ardiendo, sintiendo una especie de paz interior, y a consecuencia de ello ya huelo el humo del volcán en mi pecho, y preveo enseguida mi vuelta al nicho en un puro grito, a no más tardar.


Supongo que hoy dormiré (esa aniquilación del cuerpo y el pensamiento que es aquí dormir) con los pies cruzados en graciosa y delicada posición de danza. Maldito bruto, maldito Severiano. Ya grito... y aún oigo cuando me esfumo: ¡Ese porte, Paquito!...


5. EL FRANCÉS Y TRAFALGAR

Si es que se puede llamar tierra, y nombrar como firme a algún lugar de los que me hacen visitar en esta extraña parte del Universo, supone un cierto alivio entre tanto deambular por escenarios en tierra firme, encontrarme de pronto flotando en el mar, aunque sea a la deriva. Y por más que el agua de Trafalgar se me cale hasta el tuétano y mi sentido del tacto, normalmente tan alicaído, se hipertrofie aquí hasta el punto de hacerme sentir gota a gota, centímetro a centímetro de la irritada piel rozada por el paño del uniforme, que me lija los húmedos bajos en escozores y punzadas tan agudas que ni el propio Pozuelo Escudero sabría como aliviármelas, a pesar de eso, la verdad es que me encuentro casi ilusionado por flotar en agua figurada. Ya desde niño quise ser marino y no infante, aunque este remedo en el que he aparecido no sea ni siquiera una aproximación a lo que supondría vivir y sentir la marinería aventurera que soñaba. El mar...


Y de poder hacerlo, exigiría al autor de estos guiones en los que me veo envuelto como figurante, se ciñera a la historia misma de las cosas tal y como fueron y sucedieron, sin tanta buñuelería bastarda e imprecisiones imperdonables. Sea, si así lo ha decidido quien puede hacerlo, que mi participación en estos sucesos sea inútil, inapreciable y pasajera, y que no sirva para maldita de Dios la cosa, pero la historia de España es la historia de España y eso no se toca. Pero la tocan y la retocan tanto que se ve como una fotografía movida, en la que no se percibe ni se pueden apreciar las cosas como fueron, y en este escenario de Trafalgar como en todos los otros. Y no es que me produzca miedo aparecer en este escenario en medio del desastre nacional (tan excesivamente nombrado por los enemigos de la Patria), sino rabia de no haber podido entonces, y mucho menos ahora, servir de algo.


Como ya he sido impelido otras veces a estas aguas en medio de este suceso, sé lo que he de sufrir viendo cómo nuestros barcos y marinos, mandados por el francés, se hunden sin remedio en estas aguas aciagas. Ya distingo, y ya es notable, porque no está la noche para precisar a buen ojo, cómo el Royal Sovereign, mandado por el astuto Collingwood, con las luces apagadas, se sitúa entre el Rey Carlos y el San Hermenegildo y, tras abrir fuego contra el primero, se retira a toda vela de ambos navíos españoles, que la emprenden enseguida el uno contra el otro.


Si los políticos hubiesen hecho caso de las advertencias del ilustre marino don Cosme Damián Churruca y Elorza, no hubiésemos tenido que lamentar el desastre de Trafalgar y la ignominia de su recuerdo. Pero los designios de la política internacional, tan torcidos siempre para los intereses de España, permitieron que los sedentarios políticos de la corte madrileña, siempre mal instruidos y ávidos de oro y plata, entregaran el mando de nuestros barcos y estrategias marinas a Villeneuve y a Dumanoir. Es éste un viejo defecto de la administración española, pues hay quienes por defender su peculio y el puesto en el escalafón del cotarro, son capaces de arruinar a la Patria y a los patriotas.


Los ardores del patriotismo mío, parejos a los que siento por todo el cuerpo a resultas del roce del paño mojado, me dan fuerzas para intentar abrazar a los vigorosos marinos españoles que se hunden espantados a mi alrededor. Pero siempre hay un vahído inoportuno que me desafana el juicio y me impide llegar hasta ellos para tirar de ellos y rescatarlos de estas aguas gaditanas que los engulle a decenas. Braceo hacia allí o hacia allá desesperadamente, y van desapareciendo según llego. Me vuelvo, nado hacia esa otra parte o hacia esa otra, pero van desapareciendo frente a mí, uno a uno, hundiéndose en los fondos abisales de la bahía, cumpliendo con la historia inexorable. Lloro, sí, lloro, me desespero, y antes de retornar al nicho, aún alcanzo a ver con desesperación a los navíos españoles desarbolados, hundiéndose ente las voces desgarradas de mis compatriotas, mezclándose con las salvas de honores a Nelson y los gritos de júbilo de la marinería victoriosa desde las moles flotantes y oscuras de la Armada inglesa.


Diríase que por la fatiga que siento siempre al llegar a este punto en este escenario, y será por ahondar en ella, por lo que el divino guionista me obliga a llegar a nado hasta mi nicho en el Valle de los Caídos. Para la vuelta de este escenario nada de teletransporte. La vuelta la hago siempre nadando, y me demora desde aquella noche del 21 de octubre de 1805 hasta el día en el que el mundo esté desde la noche del 19 de noviembre de 1975 en la que lo abandoné aparentemente.


Nado hacia el cabo de Trafalgar hasta el puerto de Los Caños de Meca, y me las ingenio para ir afluyendo de un río a otro, generalmente contra corriente, a veces por vías subterráneas desconocidas, haciéndome hielo algunas veces, nieve o vapor de agua, para finalmente caer con la lluvia sobre mi nicho y quedar ahí empotrado y exhausto, tras ciento setenta años nadando sin descanso. No creo que aquí se cuenten los años tan precisamente, porque de ser así, llevo esperando en esta estación intermedia varios milenios, sobre todo por este tipo de escenarios en los que me hacen ausentarme del nicho tanto tiempo.


Pues ni con esos atracones de agua se me van los cuajos resecos de la chusma de Zumalacárregui ni tampoco, y esto es peor, los escandalosos vómitos blanquinolentos que Sofía Subirán me deja en la faldilla de la guerrera siempre que viene a verme. Y no pienso en el hecho extraño de que permitan que venga a verme nadie, ya nada me es extraño aquí, sino que en vida ordenara yo que el hueco del nicho fura tan amplio como para que cupiéramos la pobre chica y yo, decúbito supino ambos.


(Continuará:
6- LOS VóMITOS DE SOFÍA SUBIRáN. 7- HERR FREUD Y LA HERMANA TORNERA).

 

        

 

 

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