Los infiernos del caudillo

 

Ilustración y texto de O COLIS para Zonaizquierda.org

 

PRIMERA PARTE: Un lugar intermedio (6,7/33.)

(viene de: 5. El francés y Trafalgar)
http://zonaizquierda.org/Libros/COLIS-Los_infiernos_del_caudillo_3.htm

 


6. LOS VÓMITOS DE SOFÍA SUBIRÁN


Conocí a la hija del entonces comandante Subirán en el Casino Militar de Melilla, en 1912. Yo era teniente segundo en el Regimiento de Infantería África, y con esos galones gané la Cruz del Mérito Militar en la campaña de Kert. La niña Sofía me daba largas, ni que sí, ni que no. Me torturaba desojando su parecer. Paseaba al atardecer su juvenil palmito por el parque Hernández y yo la seguía, disimulando, haciendo como que pasaba por ahí casual y gallardamente. Ella, coqueta y calientapollas, retorcía la cintura para volverse y mirarme por cima de su hombrito, sonriendo. Pero, ya digo, ni que sí ni que no. Todo lo que me destempló Sofía y los pecados de pensamiento que cometí pensando en ella ya los confesé, en su debido momento. Por eso no sé a qué viene que me visite tanto ahora.


Apareció por primera vez en el nicho después de una jornada extenuante en la que hice de figurante con texto, como suelo hacer tantas veces, en un escenario de Guzmán el Bueno. No me gusta ninguno de los escenarios, me horrorizan todos, pero en ese de Tarifa, además de penar, dudo. Y a mí, dudar me cabrea, dudar y que me duela la cabeza es lo que más me cabrea en el mundo. Y en ese escenario dudo mucho porque, por un lado, la querencia humana natural me empuja a tratar de evitar que el puñal que arroja don Alfonso Pérez de Guzmán llegue a los sitiadores meriníes y nazaritas y que con él rebanen el cuello de su hijo pequeño, como por seguro harán, de hecho ya lo hicieron, y por eso salto, tratando de atrapar el acero al vuelo, y por otra, me paraliza el reconocimiento y la admiración de que don Alfonso no haga sino lo que la patria, su rey, el honor y el deber le exigen. Y con las dudas de si cojo el puñal o si lo dejo volar a su destino, me coge un dolor de cabeza tremendo, para comer cerillas... que si corro para hurtarle el puñal al moro, que si me cuadro militarmente ante el bueno de don Alfonso... dudas.


Y estando en el nicho, paralítico de mente y cuerpo, y con jaqueca, justo después de una jornada horrorosa en Tarifa, apareció Sofía por primera vez. De esto no hace mucho, aunque mucho y poco tienen aquí un sentido muy impreciso. Iba a pensar: relativo, pero en los partes de ciencia pagana de Punset tratan de inducirme a pensar que relativo no significa dudoso, sino que se refiere a lo que tiene relación con algo, por esa manía tan suya que tienen los masones y marxistas por relacionarlo todo, ya que no pueden soportar el porque sí de las cosas. Pero bueno, estoy aquí para aprender, y Wittgenstein, en uno de los partes informativos, me estuvo explicando cosas sobre la identidad entre el lenguaje significativo y el pensamiento. En su Tractatus desarrolla la tesis de que la figura lógica de los hechos es el pensamiento. Y no digo yo que lo comprenda y acate a pies juntillas, pero hago lo que puedo por aligerar esto de esperar y esperar, aunque siguiendo las enseñanzas este Karl, he de colegir que al hecho eternidad no puede afectarle el pensamiento esperar. A no ser, Dios no lo quiera, que el hecho, en esto que vivo, sea esperar y el pensamiento eternidad.


Pero no puedo concentrarme en las enseñanzas de Punset con esta chiquilla dándome pellizquitos de monja, que los da como las guarras moras. Suena una música empalagosa que no sé de dónde viene, Stive Morgan, dice ella, melosa y zalamera por demás. Morgan, judío. Si al menos fuera Ray Conniff...


Y, todas las veces, en un momento dado, con voz de pronto de cubana enardecida, aprovechándose de la inmovilidad mía, que es como de sello de cuerpo entero, me desabrocha el cinturón reglamentario, me baja los tirantes y hurga entre mis bajos con fruición y habilidad de puta, y de sus devaneos ansiosos le vienen siempre unas arcadas con las que termina vomitando una papilla blanquinolenta sobre la parte delantera de la faldilla de mi guerrera, y de ahí esas manchas terribles con las que aparezco en los escenarios desde su primera visita en el nicho, para befa de los que allí me encuentro presentes, que me ven con esas trazas.


Y es el colmo que en alguno de los escenarios subsiguientes a las visitas de la Subirán, me doy de bruces con su padre, según llego impelido del nicho, y ese comandante me mira de arriba abajo con desprecio, siempre lo hizo, deteniéndose en las manchas que jalonan mi uniforme, cuajos resecos de carlistas y regüeldos aún frescos de la Subirán, y la verdad, que por menos he ordenado yo fusilar a más de un legionario del Protectorado español en Marruecos. Pero aquí no parecen importar las apariencias, no al menos como se juzgarían en la vida militar real. Todo el mundo anda de protagonista o figurante, en escenarios propios o ajenos, y sólo hacen lo que les ordenan. Porque aquí, los reglamentos de la milicia importan una higa a los argumentistas.


¿Dónde está mi hija?, pregunta el padre airado mirándome la entrepierna.

¿Cuál de ellas?, le contesto por salir del paso, y oigo a los legionarios reírse de mí a mis espaldas. Entre ellos hay uno con acento aragonés que dice que los gallegos sólo sabemos responder con preguntas. Y éste Franquito, le responde un cabo, responde con preguntas que le comprometen aún más. ¿Qué quiere, que el padre piense que se entiende con todas las hijas? Y lleva razón el cabo, no he estado muy hábil. Y tiene cojones que piense yo que un cabo pueda llevar razón en algo. ¡Qué más quisiera Franquito!, añade el cabrón subalternísimo. Se ve que no sabe quién fui en realidad...


Deseo que acabe esta humillación. ¡¿Cómo es que no queda nada que recuerde aquí aquellos mis días de gloria?! Sólo me consuela pensar que si lo que disfruté y fue cierto se esfumó para siempre desvaneciéndose en el olvido, nada de extraño tendrá que se desvanezca esto que padezco aquí, que es inventado.
Y con el consuelo llega la explosión volcánica en mi pecho, el humillo negro y el impelimiento... Allá voy... ¿A dónde esta vez, Señor Mío Jesucristo?
 


7. HERR FREUD Y LA HERMANA TORNERA


No me topo aquí con frecuencia con mujeres, aparte de Sofía Subirán, por la parte oscura del nicho; y con doña María Alonso de Guzmán, esposa del bueno de Guzmán, que desde la muerte del pequeño Pedro Alonso odia a su patriota esposo y se la pega con el sultán meriní Yusuf en la almadraba de Chiclana. A doña María me la suelo encontrar mucho en el escenario de Tarifa, pero tanto me huye ella como yo la huyo, ¡qué me importa a mí nada de lo que haga aquí de figurado!, aunque, si fue cierto lo que chismorrean, entiendo por qué anda por estos purgatoriales desde hace tanto. Algunas otras señoras se cruzan conmigo en los escenarios, la mujer de Perón y algunas amigas de mi esposa, por ejemplo, pero no quiero pensar en ese grupo porque me temo se nos aparezca el celoso de Juan Domingo y me suelte un discurso sobre justicialismo. Una que suelo ver mucho últimamente es a una monja muy extraña que no sé cómo se llama y que trabaja de hermana tornera en la consulta de Herr Freud.


No tuve yo conocimiento de la existencia de este señor alemán ni de sus teorías escritas y practicadas, de las que aquí parece tener noticia todo el mundo. Ahora, Punset me ha puesto al día de las atrocidades mentales por las que discurrió la vida atormentada de este pobre hombre, que dejó multitud de hagiógrafos, epígonos y encubridores, por cientos o miles. Hay que ver, con lo sencilla que es la vida cuando estás vivo, y lo que la complican aquí algunos con el escudriñamiento del inconsciente. Que ahí parece estar para ellos la madre del cordero, en lo que llaman inconsciente, que viene a ser como una conciencia oculta, pero sin relación con la Divina Providencia, ni con el Agnus Dei. Aunque la voz sin rostro que alienta mis neuronas ha sido tajante en lo tocante a las enseñanzas y terapias del doctor Freud, asegurando que son para bien mío, y para el regüeldamiento de lo que dicen trauma. Y es el caso que para ello me endilga Punset monográficos sobre el tema, y esa otra voz que me obliga me hace visitar al doctor psicoanalista de vez en cuando, viendo yo desde el nicho, sobre la pantalla del televisor, cómo yo mismo me desdoblo y aparezco en el cristal de cuerpo gordito, aunque muy desmejorado, caminando por los claroscuros de un claustro monacal, camino de la consulta, hasta que el yo que se queda ve al yo que llega a una puerta junto a la que hay un torno cartujano y una hermana tornera. En cada visita le digo a la monja que debiera estar a la otra parte del torno, y no de ésta, a la vista de todos. Pero qué genio tiene la condenada.


No trato de darle lecciones, hermana, le digo, pero de todos es sabido que la cartuja está para no ser visto, para no hablar sino lo indispensable y estando usted aquí... Pero no hay manera, se lo toma muy a mal y da vueltas al torno muy enfadada, y empujado por el torno y por ella aparezco en una habitación muy pequeña con un enorme retrato de Herr Freud, quien no he hecho sino aparecer cuando me dice en alemán: Ave María Purísima, y me pregunta todo seguido sobre mi niñez y me incita a que le hable sobre mi ano, mis defecaciones, masturbaciones, ventosidades, envidias, manías, odios, fobias y sobre todo lo que de repugnante tiene la vida pecaminosa, venial o mortal. Y no hay manera de evitar que cada sesión sea así, y ahí que me voy del recuerdo para abajo y cuento lo que no está ni para recordarlo. Pero ahí está, dice él. Pero si me las confesé todas, protesto. Pues ahí siguen, como ve. Me contesta el doctor Lucifer.


Podría ser que no me lo confesara todo en su momento y por eso tengo ahora que pagar la culpa penitencialmente, soportando la expiación de aquellos pecadillos, que por no confesármelos espero no haya puesto en peligro mi salvación eterna. Dios no lo quiera.


Cuando pienso en esto de la expiación de los pecados, la hermana tornera, en cuclillas, porque se está haciendo las uñas de los pies sobre un sillón de enea filipina, asoma la cabeza por la puerta entreabierta y me dice sin mirarme que nada de expiaciones, y se ríe de una manera escandalosa. No sé qué opinará la superiora de esta monja, pero esto es para comer cerillas, a todas luces fuera de reglamento, aun para un sitio como este. El caso es que me excita la monja, manda huevos, porque algunas veces le veo las bragas debido a su posición (que lo hace adrede) y siento de inmediato como un tirón nervioso en el penecillo.


¿Considera que tiene pequeño el pene?, me pregunta el retrato de Freud.
Bueno, pues francamente, en este estado considero que está pequeño, pero no que es pequeño.
Pero... ¿y antes? ¿En vida cómo consideraba que era su pene en relación con el de otros muchachos?
¡Y qué se yo! No sé, seguro que el de Millán Astray era más grande, o eso decía él, y pequeño el de Federico García Lorca, eso decían todos. Pero mire, dicen que el de Hitler era pequeño y que sólo tenía un huevo, pero qué pelotas tenía el tío. El mío sería del tamaño del de José Antonio Primo de Rivera.

 

Pero, cuando llega la parte en la que me pregunta por el tamaño del pene de mi padre, o por el de mi primo Ricardo, llega a tal grado mi obnubilación que me bloqueo, y con el otro yo veo desde mi nicho, reflejado en la pantalla del televisor en la que se convierte el reverso de mi lápida, cómo me desmayo y caigo al suelo. Y ahí se acaba la emisión y vuelve la tenebrosa oscuridad en el nicho.

(Continuará: 8- EL PRIMO RICARDO. 9- OTRA VEZ ZUMALACÁRREGUI)
 

 

________________________

 

Los infiernos del Caudillo (2)

Los infiernos del Caudillo (3)

Los infiernos del Caudillo (4)

Los infiernos del Caudillo (5)

Los infiernos del Caudillo (6)

Los infiernos del Caudillo (7)

Los infiernos del Caudillo (8)

Los infiernos del Caudillo (9)

Los infiernos del Caudillo (10)

Los infiernos del Caudillo (11)

Los infiernos del Caudillo (12)

Los infiernos del Caudillo (13)

Los infiernos del Caudillo (14)

Los infiernos del Caudillo (15)

Los infiernos del Caudillo (16)

Los infiernos del Caudillo (17)

 

  

 

 

Zonaizquierda es un sitio web al servicio del pensamiento crítico.
Zonaizquierda se hace eco de información alternativa que ha sido publicada en otros medios.
Zonaizquierda en aquellos artículos cuya fuente original sea zonaizquierda.org se acoge a la licencia de Creative Commons.
 Zonaizquierda no se hace responsable de las opiniones vertidas por los autores de los artículos aquí enlazados o publicados.
Zonaizquierda.org © 2005