Los infiernos del caudillo

 

Ilustración y texto de O COLIS para Zonaizquierda.org

 

PRIMERA PARTE: Un lugar intermedio (8,9/33.)

(viene de: 7. Herr Freud y la hermana tornera)
http://zonaizquierda.org/Libros/COLIS-Los_infiernos_del_caudillo_4.htm

 


8. EL PRIMO RICARDO


A pesar de lo que se dijo siempre, yo no firmé la orden de fusilamiento de mi primo, por parte de madres, Ricardo de la Puente Baamonde. Fue mi segundo, Luis Orgaz. Es cierto que yo podría haberlo evitado, pero hacerlo habría significado un signo de debilidad por mi parte, además, ya se lo había advertido: primo, como sigas así, un día tendré que fusilarte. Es como si Guzmán el Bueno se hubiera ablandado entregando Tarifa para impedir que a su hijo pequeño le rebañaran el pescuezo los moros. Pues no. Y aquí estoy ahora, viendo lo que entonces no vi (porque yo no estuve allí en ese momento cierto, por más que me ahora sí, aunque por inventado) y sintiendo lo que no sentí entonces. Aunque el escenógrafo y los atrezzistas han reproducido muy fielmente los muros exteriores de la fortaleza del monte Hacho, el argumentista, como es habitual, se toma licencias que son como para comer cerillas. Ahí veo que está, por ejemplo de sinsentido, Federico García Lorca dirigiéndose a mí.


Estamos en el extremo oriental de Septem Frates, a doscientos cuatro metros sobre el nivel del mar. Cualquier lugar de este monte es sitio privilegiado para observar aves migratorias o cetáceos, además de la mar inmensa, me dice muy lánguidamente tras observar el mar a través de unos inapropiados prismáticos de teatro. Muy maricón. Y va y yo le contesto por boca de ganso.


¡Su misión aquí es, básicamente, garantizar la seguridad del espacio aéreo y facilitar la llegada de las tropas del acuartelamiento legionario de Dar Riffien, que seguramente comandará el teniente coronel Yagüe! Pero el invertido sigue informándome sobre la tonalidad rosácea de los polisones de sal, los relfejos platilunados del encrespo de las olas, el dodecafonismo del océano ducassiano, y le ordeno callar, pero no se calla, impidiéndome con ello prestar la debida atención al fusilamiento de Ricardo, que no vi en vida. Lorca sigue que te sigue...


Esta lexicotoponomástica, a la que debe nombre el monte Hacho, tea o facho, son palabras romances que derivan del latín fax, dicho vocablo, asimismo, significa que es sitio elevado cerca de la mar, que es el morir... Y sigue y sigue el amanerado.


El sol me da de plano, y observando esta circunstancia, Federiquín me ofrece sus gafas de sol, que son de un rosa palo subido. Pero las acepto, porque no vaya a ser que con el astro justiciero estampado en mi rostro, y no por otra razón, se me escapara una lágrima y diera lugar a que creyeran los presentes que me ablanda ahora lo que entonces no me ablandó. Las gafas son horribles, de señora en la playa de Fuenterrabía, pero no encuentro por ninguna parte mis Ray-Ban Bauschelom Impact Resistant. Son las cinco de la tarde de aquél cuatro de agosto del 36, aunque no sé cuándo exactamente se rememora esto ahora, pero es de suponer que ad calendas grecas.


Un poco antes de que el jefe del pelotón dé la orden de abrir fuego sobre Ricardo, y porque ha rechazado el pañuelo sobre los ojos, nuestras miradas se cruzan. Siento sus ojos clavándose en los míos a través del cristal rosáceo de las gafas del granadino. Y sonríe el cabrón de mi primo, no sé si por mis gafas, o porque pasan fugaces frente a nosotros momentos que vivimos juntos en Ferrol, cuando éramos niños, y sí, resulta que él la tenía más grande, meaba más lejos y sacaba mejores notas que yo. Y ni aún con el tiro de gracia se le va esa sonrisita sardónica.


Veo en esto que llega corriendo por la cuesta occidental la hermana tornera, vaya, no sabe estarse quieta en la cartuja ni aún por la parte de afuera. Ondea al viento, colgado de su cuello, un escapulario enorme con la efigie de Freud, que nada más llegar a mi lado besa con respeto. Saca una libreta de notas y pretende que le confirme lo del pene de mi primo Ricardo, y si recuerdo ya cómo era el de mi padre, y ahí es cuando me da siempre el sofoco y caigo redondo. Será por el sol de justicia de la cinco de la tarde, oigo decir a Federico cuando aún tengo un hilo de seso...


Me despierto en el nicho con las gafas de Federico, que me hacen ver todo del color de rosa. Ahí suspendido el romano Octavio, todo rosa, la tierra en barbecho, la piedra de la lápida, mis zapatos, todo rosa. Y aún conservo el recuerdo de la mirada de Ricardo sobre mis ojos, y su sonrisa de triunfo. ¿Por qué, por qué?, parece que me pregunta. Y le hablo a esos ojos con el pensamiento sincero no inducido, parece que hoy me dejan pensar por mi cuenta:


Porque ínterin existió piedra sobre piedra, y tuvieron vida los leales defensores de la Patria, la tuya al servicio de la República filocomunista era un baldón para nuestra sagrada misión en defensa de España, una macha que había que lavar con tu propia sangre. El impulso redentor que di por orden de Dios al santo alzamiento, en pos del cumplimiento de nuestra santa cruzada, encontróse al paso alegre del heroísmo con tu cerrazón ignominiosa, y hubo de ser lo que fue y pasó lo que pasó. Te lo había advertido, primo, si sigues así un día tendré que fusilarte. Con tu muerte se evitó la de otros patriotas españoles, te lo digo sin acritud, tu muerte fue inevitable porque tú no quisiste evitarla. No yo. Y sí, di después de comer lechazo, durante el cafelito, el consentimiento para que Orgaz firmara la orden de tu fusilamiento. Y no fue por lo que dicen que aseguraba Lorca, sino porque se terció que fuese a esa hora cuando me lo demandaron.


Me gustaría poderme quitar estas gafas.


9. OTRA VEZ ZUMALACÁRREGUI


Se podría pensar (y he tenido últimamente mucho más de esa actividad neuronal torturante de lo que nunca tuve en vida) que todo esto tan extraño que me acontece aquí y ahora (sin poder precisar qué es aquí y ahora, estando ahora aquí) se debiera a la pura y natural transición de la mente entre la muerte del pecador y la redención de sus pecados -que sobre todo por largo y tedioso se me hace tan insoportable- sean sólo apenas unos segundos en el tiempo normal, tal y como lo percibí y conocí en vida. Y podría pensarse, así mismo, que el que inventa todo en este momento transicional soy yo mismo, construyendo bodrios argumentales con retazos de conversaciones que mantuvieron los que me rodearon en mi larga y febril agonía en el hospital, cuando moría, añadiéndole yo a todo eso el recuerdo impreso de la larguísima ristra de cosas aprendidas durante toda mi vida. Estos argumentos en los que me enfango ahora podrían ser hilachas de esas cosas todas almacenadas, que se tejen entre ellas de manera que parecen reales, pero que no lo son. Sea como fuere no sé cuánto tiempo podré soportarlo, aunque... ¿y si no lo soporto, qué? ¿Qué podría hacer? Me parece que tendré que soportarlo.


Lo bueno de lo malo tan repetido es que empieza a distinguirse lo malo de lo menos malo. Y menos malo es verme impelido a los montes de Bilbao por la parte de Begoña, y aparecerme junto al infante Don Carlos y su general, Tomás Zumalacárregui. Están ambos, como siempre están en este escenario, en el empeño de aquél por romper el sitio de la ciudad isabelina, y en las serias y profesionales objeciones militares que opone el general a la pretensión de su señor. Y ahí estamos, tras la invariable lluvia de plomo.


Con tanta frecuencia he aparecido ya por aquí que hasta me sé donde han de caer cada una de las balas, y dónde los muertos y los heridos. Me sé sus nombres, su lugar de nacimiento, el nombre de los miembros de su familia y hasta recojo de los moribundos cartas de despedida a sus deudos, que nunca entregaré si Dios no lo ordena y aparezco un día repartiendo de cartero por los pueblos vascongados y navarros. A veces corro a recibir en el pecho un plomo, abrazo un obús, pero no sólo no muero, sino que se me recomponen los destrozos como si tal cosa. Una vez fui a por la bala rebotada que acaba siempre en la pierna del general, pero me atravesó la mano y fue implacable a parar a su destino. Así que desistí y ahora me entretengo hablando con los heridos y recogiendo sus misivas.


Hay alguna cosa que ha cambiado esta vez, pues he podido conversar más de lo habitual con don Tomás. Y cuando me he acercado he constatado que cada vez huele peor, hoy el tufo parece provenir de un barril de arenques podridos. Arrodillado junto a él, rodeado de sus fieles más cercanos, me ha aconsejado el general que si quiero hacer carrera en el ejército, en este o en cualquier otro, debiera desprenderme de estas gafas de sol que me prestó García Lorca, y que tanto afeminan mi porte. He tratado de explicarle las razones por las que están montadas sobre mis narices desde el último escenario de Ceuta y la imposibilidad que tengo incluso de tocarlas y al entenderlo él tan sin asombrarse, he sabido que él es también reo de estos escenarios, y figurante, aunque de primera y con mucho texto y acción, pues están concebidos para el infante Don Carlos María Isidro Benito de Borbón y Borbón-Parma, al que le gusta que le anuncien la presencia como infante de España y duque de Elizondo. Al saber don Tomás quién sería yo en el siglo siguiente al suyo, y comprendiendo mi penar, como he comprendido yo el suyo, nos hemos fundido en un abrazo, que si bien ha sido entre patriotas, me ha resultado asfixiante, dado que en estas invenciones o ensayos para la resurrección aparecemos con la edad que morimos y él es buen mozo que aprieta lo suyo, todavía, y yo estoy hecho un cascajo. A esta asfixia por su fortaleza hay que añadir la circunstancia de que este hombre no hace sino guerrear y lleva siglo y medio sin bañarse.


Le cuento a Tomás que en cierto modo esto me recuerda a mí la larga y desesperante batalla por Madrid de nuestra cruzada. Madrid estaba fortificada y era infranqueable, y para poder flanquearla diseñó Mola un plan de avance centrípeto, porque poco apoyo esperábamos de la Primera División Orgánica. Luego probamos otros planes centrífugos (veo que Tomás se asombra), pero nada, para comer cerillas. Finalmente nos vinieron muy bien los Junkers Ju 52 de los alemanes, que volaban en escuadrillas de tres aparatos y a los que los rojos llamaban Las Tres Viudas, qué gracia (veo que Tomás no entiende nada de estrategia militar aérea, claro, es de comprender). Pero no es sólo el largo asedio lo que me hace relacionar este Bilbao con aquél Madrid. Aquí, una bala perdida matará a Tomás (pero no se lo digo, aún se cree herido sin importancia), y allí en Madrid algo parecido mató a Buenaventura Durruti, que era como el Zumalacárregui de los rojos. Nosotros tuvimos tesón y suerte, vosotros, le digo, tenéis tesón, pero os fallará la suerte. No le gustan mis predicciones y me hace gestos de que me vaya.


Ya vienen sus curanderos, Grediaga, Gelos, Burguess (al encuentro irán todos de Beloqui y de José Francisco de Tellería, conocido por Petriquillo). Ya de lejos, Tomás se vuelve hacia mí y me grita: ¡Tú sí que hueles, condenado!, ¡y quítate de una vez esas gafas ridículas! Lo dice en un castellano muy deficiente, pero se le entiende.


Y de vuelta en el nicho, pensando en estos escenarios, me columbro que deben de ser estaciones intermedias para militares, aunque es verdad que se sirven de civiles de vez en cuando como asistentes, pero apenas tienen texto, van de relleno. Y de militares de importancia han de ser, por los que me encuentro de tanto nombre, aunque para una plaza en el destino eterno, o sea, en el cielo o en el infierno, no hay historial que valga. Pero no acabo de ver cuál de los habituales que visito está ingeniado para mí especialmente. ¿Qué pinto yo en el Bilbao de Zumalacárregui, o en Trafalgar, Tarifa, en el Toledo de Leovigildo y Goswintha y tantos otros? Bueno, en el de Ceuta quizá... ¿Pero qué pinta allí Lorca? ¿Será para que me entregue el cilicio este de las gafas rosas? Pero no fueron así las cosas, ni siquiera estuve cuando lo de Ricardo...


Pienso en Tomás, muriendo de septicemia, como yo morí...


(Continuará: 10- UN UNIFORME NUEVO. 11- EL SANTO ALZAMIENTO EN EL DRAGON RAPIDE)

 


 

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