INFORME SOBRE EL SENADO (17) *

 

Texto e ilustración de O COLIS**

 

“Triste y sola, sola se queda Fonseca, triste y llorosa, queda la universidad. Y los libros, los libros empeñados en el monte, en el Monte de Piedad”. Un estribillo parecido a ese de los tunos silban estos días los pájaros de primavera entre las ramas de los plátanos que custodian el edificio del Senado, por la parte que da a la plaza de la Marina Española. Apenas se ven ya senadores circulando, sólo a los miembros de la Mesa de la Diputación Permanente que, según establecen el artículo 78 de la Constitución y el Capítulo Tercero del Reglamento del Senado, artículos 45, 46, 47 y 48, aun después de la disolución del Senado estos senadores diputados conservan su condición de senadores, con todos los derechos y prerrogativas inherentes a la misma, hasta que se reúna el que posteriormente resulte elegido (artículos 45 del Reglamento, y 69.6 de la Constitución). Pero estas señorías no vuelan, y las ramas de los árboles se ven vacías de deliberantes, aunque están ya cuajadas de hojas tiernas; y la taberna ha vuelto a ser la del barrio, vecinos (vecines, como diría Justiniano Colantonio) y turistas de paso. Ahora, los amigos encontramos más espacio en la barra y las mesas, y podemos hacer grupitos holgadamente. De hecho, estos días pasados hemos estado viendo en el televisor de la taberna los partidos de fútbol de la Liga de Campeones tan ricamente. Y aunque hay quienes son del Atlético de Madrid y quienes somos del Real Madrid, nos hemos llevado con educación y bastante sosiego, dentro de lo que cabe.


Una buena amiga no entiende que me guste tanto el fútbol y que, además, sea del Real Madrid. Y aunque sé que sirve de poco, he tratado de explicarle que en esto del fútbol no hay aficionados de clase, porque entre los madridistas hay gente muy variada en adscripciones políticas, y que por supuesto hay gente de derecha (le recuerdo que España es votante mayoritaria de la derecha, más de siete millones votan al PP, y por lo tanto en todos los equipos hay mayoría de derecha, incluso en el Rayo Vallecano, puesto que los vallecanos han votado reiteradamente a la derecha, tanto para la Comunidad como para el Ayuntamiento), pero hay también muchos madridistas comunistas zorrocotrocos, psoecialistas, o anarquistas como mi querido amigo Pelayo Martín, una autoridad en el tema Real Madrid. Con Moncho Alpuente, que era madridista de pro, vi muchos partidos del Madrid en el restaurante El Chamizo de la calle san Vicente Ferrer, hoy desaparecido, o en la que era entonces mi casa, en Alberto Aguilera. Bien me jode, es verdad, la pasión madridista de Aznar o de Vicente Martínez Pujalte, y de otros, pero en todas partes cuecen habas, el rey Felipe es del Atlético (dice o, en su caso, declara). Y hay senadores de todos los equipos, aunque seguramente en este caso el nacionalismo tire mucho más, aunque sólo sea por pura demagogia política, y sus señorías hayan de ser y defender al equipo que les corresponde por nacimiento, incluso aunque el fútbol no les guste nada. Y si son sevillanos serán del Betis o del Sevilla, porque declararse del Málaga, por ejemplo, podría costarle votos. ¡Qué frivolidad insoportable!, dice mi amiga.


Este último partido del Atlético contra el Bayer Munich de Guardiola (quien, por cierto, con los alemanes practica un fútbol bilbainado, balones a la olla) lo vi con Gonzalo Suárez, un atlético apasionado, que me contó que su primera película se la financió Moratti, presidente del Internazionale de Milano, padre del Moratti presidente actual del club. A Gonzalo, como a todos los atléticos, su equipo le gusta siempre, juegue como juegue. Y en esto se distingue bien al aficionado atlético del madridista, porque a los madridistas casi nunca les gusta cómo juega su equipo. La afición atlética aplaude y anima a los jugadores y entrenador en cualquier circunstancia, aunque vaya perdiendo 0 a 6; la del Real Madrid generalmente les abuchea, aunque vayan ganando 6 a 0.


Pero a mi amiga le convencen muy poco estas explicaciones mías y me dice que ve en el fútbol una reproducción metafórica de la guerra, incluso en las frases futboleras que contienen palabras como: disparo, estrategia, defensa, ataque; aunque conviene conmigo que no estaría mal que las guerras se dilucidaran al balón pie. Quizá sea cierto que el deporte en general contenga per se una actitud muy masculinista obsesiva y agresiva, ganar cueste lo que cueste, vencer. Pero también es cierto que esto viene de antiguo, y que la rivalidad de los partidarios deportivos se remonta a la noche de los tiempos en una especie de yin y yan taoísta en el que el partidario siempre cree estar del lado del yin que representa su equipo, frente al yan que representa el del otro, en todos los casos en general y en particular si es el del rival histórico.


A veces, la polarización fanática de los partidarios de una u otra tendencia política ha estallado en disturbios y revueltas deportivas. La revuelta de Niká, en la Constantinopla del año 532, que hizo tambalear el trono del Imperio Romano Oriental de Justiniano I, comenzó en una carrera de carros, por una intranscendente discusión entre los Verdes y los Azules, que eran los colores con los que competían. Porque desde hacía tiempo, los seguidores de los Verdes estaban formados mayoritariamente por comerciantes y arrendatarios de servicios y bienes públicos y profesaban el cristianimso monofisista, y los Azules eran principalmente terratenientes o aristócratas, y practicaban el cristianismo oficial, y Justiniano era de los Azules. Procopio de Cesarea escribió a propósito de las dos facciones deportivas: “La población de las ciudades se había dividido desde hace tiempo en dos grupos, los Verdes y los Azules... sus miembros (de cada facción) luchaban contra sus adversarios... no respetando ni matrimonio, ni parentesco, ni lazos de amistad, incluso aunque los que apoyaban a diferentes colores pudieran ser hermanos o tuvieran algún otro vínculo familiar”. En aquella revuelta murieron en pocos días cerca de 30.000 personas, casi todas partidarias de los Verdes.


Las polarizaciones en dos grupos que representan intereses generales contrapuestos estaban establecidas ya siglos antes de la Era Cristiana mediterránea. Los populāres y los optimātes, que guardan numerosos paralelismos con las modernas izquierda y derecha, se enfrentaron en varias guerras civiles. Los populāres (plebeyos) se reunían y consensuaban sus proyectos sociales con los pupularii (patronos y representantes de los intereses de la plebe), y los optimātes (los hombres excelentes) constituían la facción aristocrática que desde dentro de la sociedad romana se oponía a la expansión de la cultura helenística (sobre todo de la democracia, o poder del pueblo), tratando de limitar el poder de los populāres aumentando el del Senado Romano, y favoreciendo los intereses de las familias nobles. Durante la dictadura de Lucio Cornelio Sila (s. I a. C.), las asambleas populares fueron despojadas de casi todo su poder, el Senado pasó de 300 a 600 miembros y muchos líderes de la facción popular fueron incluidos en la lista de proscritos, y ejecutados.


Nihil novi sub sole, con las variantes que nos hacen pensar que todo cambia, aunque sólo sea porque los cambios suceden sin remedio posible. En España, veintiún siglos después, esas variantes, que no se apreciaban tanto en Antonio Cánovas del Castillo y su turno de partidos, han consistido fundamentalmente en que los que defienden los derechos del capital quieren que se les vea ahora como populāres y no como optimātes , y para ello se han disfrazado, y apañados convenientemente de seguidores incondicionales de la democracia, aseguran gobernar para todos sin distinción. Pero los populāres actuales no son todos Verdes, ni los optimātes Azules, ahora estamos muy mezclados en esto, le decía a mi amiga.


La izquierda política como concepto surgió en la Asamblea Nacional Constituyente surgida de la Revolución Francesa. Los que defendían que el rey sólo tuviera derecho a un voto suspensivo y limitado, poniendo la soberanía nacional por encima de la autoridad real, se situaron a la izquierda del presidente de la Cámara. Los que quedaron a la derecha, por tanto, se entendía no reconocían la desigualdad social como una aberración. Ya durante el Renacimiento, Francis Bacon, en Nueva Atlántida, Tomás Moro, en Utopía, o Tommaso Campanella, en La ciudad del Sol, habían establecido las bases del humanismo utópico que con el tiempo, tras las Revolución Francesa, se convertiría en socialismo utópico. Desde entonces las izquierdas de la izquierda se han ido fragmentando regularmente hasta ofrecer un panorama de muestrario muy variado, frente a las opciones de derecha que, una vez disfrazada de democrática, tienden a juntarse en torno al capital y a los intereses de las grandes empresas internacionales (TTIP), y aparecer con ellas como un solo bloque homogéneo.


En estos momentos, en España las tendencias de izquierda (entendiendo que los psoecialistas no pertenecen a la izquierda como pretenden ellos y también la derecha, para colocar a la otra izquierda real en la extrema izquierda) son fundamentalmente y según la facción: democrático-reformistas, antisistema, revolucionarias, plurales, anticapitalistas, verdes, unidas, sindicalistas, ecologistas, pacifistas, feministas, defensoras del movimiento LGBTQ, e incluso de los movimientos cristianos de liberación. Todas ellas se nutren de la confluencia o de la influencia de los últimos movimientos ciudadanos, de sus trabajos, propuestas ILP, y consensos asamblearios. Los representantes políticos de la izquierda hacen un poco la función que hicieron los popularii. Y buscan la manera de pactar coaliciones.


Un representante, ya histórico, de la izquierda desunida de toda la vida, Gaspar Llamazares, no es partidario de la conjunción de intereses entre Podemos e IU, no ve que IU vaya a salir beneficiada en absoluto de esa unión de intereses políticos. Sin embargo, él mismo anduvo en su día haciendo manitas con Zapatero por si le caía algo al partido del que era Secretario General…

“¿Por qué dices que el juego del Bayer de Guardiola está bilbainado, y no sé qué de balones a la olla?, oye, ¿qué andas?”, me interrumpe J, mi amigo camarero de la taberna, con cara de pocos amigos y pocas bromas con esto.


Sí, claro, es de Bilbao.

Nota de la ilustración: Populāres y optimātes; senadores y popularii, Verdes y Azules.


 

PRIMAVERA,17 8/05/2016

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