INFORME SOBRE EL SENADO (24)

NACIONALISMO (2)*

 

Texto e ilustracion de O COLIS**

 


Multa regna, sed una lex (Muchos reinos, pero una ley). En 1624, en pleno agotamiento del reino de Castilla y de los Austrias, durante el reinado de Felipe IV, empeñado y desorientado en varios frentes, fundamentalmente en América, Flandes, el Mediterráneo, y en la guerra europea de los Treinta Años, el conde duque de Olivares (que no fue conde duque hasta el año siguiente) preparó un memorial secreto para su rey castellano -del que era a su vez regente de facto-, en el que le sugería: “Tenga Vuestra Majestad por el negocio más importante de su Monarquía, el hacerse Rey de España: quiero decir, Señor, que no se contente Vuestra Majestad con ser Rey de Portugal, de Aragón, de Valencia, Conde de Barcelona, sino que trabaje y piense, con consejo mudado y secreto, por reducir estos reinos de que se compone España al estilo y leyes de Castilla, sin ninguna diferencia, que si Vuestra Majestad lo alcanza será el Príncipe más poderoso del mundo”.
Dieciséis años después, el 7 de junio de 1640 se produjo en Cataluña la sublevación catalana de la Guerra dels Segadors (o Corpus de Sangre), que finalizó de hecho en 1652 con la firma de la Paz de los Pirineos, por la que el condado del Rosellón y la mitad del de la Cerdaña -ambos del principado de Cataluña de la monarquía hispánica-, pasaron a ser de soberanía francesa. El mayor impacto social en Cataluña durante esta guerra del Reino de Castilla contra Francia, en la que a Cataluña le cogió en medio, fue provocado por el uso generalizado de mercenarios por parte del bando español (el uso de mercenarios se había generalizado en toda Europa) que saquearon, asesinaron y abusaron de los catalanes, por el simple hecho de estar situados estos en la frontera de la guerra, más que por el deseo del conde duque por intimidarlos o asimilarlos, porque ya lo estaban, motu proprio.


En la primera estrofa del himno de Els Segadors, que conmemora esta revuelta popular, se decía: Ai, ditxosa Catalunya / qui t’ha vist rica i plena. / Ara el rei nostre senyor / declarada ens té la guerra. / Lo gran comte d’Olivar / sempre li burxa l’aurella: / “Ara és hora, nostre rei / ara és hora que fem guerra”. Pero la primera estrofa de este himno, tal y como se canta ahora, dice: “Catalunya, triomfant, / tornarà a ser rica i plena! / Endarrera aquesta gent / tan ufana i tan superba!”. Por las grandes similitudes musicales de 'Els segadors' con la oración hebrea del siglo XV 'Ein K'Eloheinu' (No hay nadie como nuestro Dios) se ha sugerido que el himno nacional catalán podría ser una copia de esa plegaria judía, adaptada por Francesc Alió. La letra original, de tono ministril y quejoso (a la catalana), era muy larga y en 1899 fue reelaborada por Emili Guanyavents. En la primera versión se reconoce a Felipe IV como “el rey, nuestro señor”, y se culpa del desastre al intrigante “gran conde d´Olivar”. En la segunda versión, que es la que se canta ahora, ya no se canta pleitesía al rey de Castilla, ni se menciona al hazañoso Gaspar de Guzmán y Pimentel, Rivera y Velasco y de Tovar, que pasó a la historia como conde-duque de Olivares.


Este hombre pertenecía a una vieja familia famosa y noble, muy popularizada por el antepasado Guzmán el Bueno y su supuesto y legendario, desmedido y hollywoodiense, acto heroico en la plaza de Tarifa. De este hombre cultivado y medroso, ambicioso e implacable que fue el conde duque, escribió un magnífico estudio Gregorio Marañón, “EL CONDE DUQUE DE OLIVARES. La pasión de mandar”, que explica bien una época importante de España, durante los reinados de Felipe II a Felipe IV, y entre todo ello los primeros brotes de nacionalismo anti castellano de los catalanes.


Después de este hombre viscerotónico, apasionado y cruel, Cataluña ha tenido que sufrir a otros muchos mezquinos instigadores, “castellanos o españoles”, que bien podrían aparecer en los rompimientos de gloria nacionalista catalana -como Franco podría aparecer como santo patrón de ETA-, entre los que estarían el salvaje Severiano Martínez Anido, ministro de la Gobernación con Primo de Rivera y posteriormente colaborador de Franco desde el comienzo del golpe de estado, y que en 1937 fue nombrado jefe de los servicios de Seguridad Interior, Orden Público y Fronteras para aterrorizar a los republicanos que sabían de su crueldad y estupidez, muy similares las de este Severiano con las que Hannah Arendt -en su libro “Eichmann en Jerusalén-Un estudio sobre la banalidad del mal”- describe al burócrata teniente coronel de las SS, Adolf Eichmann. En 2008, Martínez Anido fue uno de los 35 altos cargos del franquismo imputados en la Audiencia Nacional en el sumario instruido por Baltasar Garzón por los presuntos delitos de detención ilegal y crímenes contra la humanidad durante la guerra civil española. El juez declaró extinguida la responsabilidad criminal de Martínez Anido cuando recibió constancia fehaciente de su fallecimiento, ocurrido setenta y ocho años antes. Garzón, quizá por meterse en esos jardines, fue acusado de prevaricación por otra causa y juzgado, aunque absuelto (de esa causa) por el Tribunal Supremo, para rabia de los martínezanidistas aún vivos y sus numerosos descendientes, tantos como antecedentes. Entre ellos, Primo de Rivera, que accedió al poder con el consentimiento del Ejército, y con el apoyo mayoritario de la Lliga, que esperaba de ese apoyo una Mancomunidad con la que iniciar su despegue nacional, y se la dio con queso, no les concedió tal autonomía, cosa que crispó a los de la Lliga, que se escindió en ramas más o menos liberales. La debilidad endémica de los catalanes y sus representantes ha tenido como consecuencia que todos los gobernantes españoles les den la cosa con queso, ya que ni por las buenas, ni mucho menos por las malas, casi nunca han conseguido nada y, desde luego, cuando lo han conseguido ha sido por las buenas y democráticas formas de sus “opresores”.


De los variados tipos de martínezanidistas que han toreado con queso, porra y palo a los catalanes con pretensiones políticas independentistas, y abusado de todos los demás catalanes (que para reconcomio de los independentistas son más que ellos), padecemos hoy a un ejemplar recalcitrante, copia de modelos fijos que los independentistas patriotas pretenden son “castellanos” (o, en su defecto ahora: madrileños o incluso madridistas): nada menos que el ministro del Interior del gobierno de Rajoy, el tal Fernández Díaz que actúa como Severiano, pero con ínfulas condeolivaristas. Cuando llega hasta aquí la cosa nos cercioramos los españoles más optimistas de que en España lo de la democracia es sólo un proyecto de los demócratas españoles, y nunca de los patriotas que nos gobiernan. Quizá la democracia ocurrió a su modo con Adolfo Suárez; para nada con Calvo Sotelo; fue sólo alternativa para el futuro, y como mal menor, para Felipe González; un divertimento a considerar, para Zapatero (que nos jodió para siempre con la modificación del artículo 135 de la Constitución); y un engorro intolerable para Aznar y Rajoy. A los monarcas se la refanfinfla, con tal de cumplir ellos con el papel ensayado por generaciones, porque en ellos el nepotismo es un oximorón impajaritable, que diría mi amiga colombiana. Pero “en el pecado llevan la culpa”, desde 1789, ni un solo monarca español ha podido disfrutar de un reinado “normal”.


Todo ello contemplado siempre por la oronda Iglesia Católica Española como si todo ello no fueran sino cosas normales en este valle de lágrimas que es el vivir en la Tierra. Sus representantes jerárquicos han llegado a ser el símbolo de lo más vil, más estúpido e hipócrita de España, que ya es decir.


El 14 de abril de 1931, día en que se proclamó la II República Española, Francesc Macià decretó la República Federada Catalana dentro de la española. Y cuando Macià murió en 1933 le sucedió al frente de la Generalitat y de ERC Lluis Companys, hasta entonces presidente del parlamento catalán. El 6 de octubre de 1934, aprovechando el estallido de la Revolución de Asturias, un día antes, y la proclamación del estado de guerra por el presidente de la República, Alejandro Lerroux, Companys proclamó el Estado catalán de la República Federal Española. El general Batet, siguiendo instrucciones de Lerroux, decretó el estado de guerra también en Cataluña. Tras una noche de enfrentamientos que dejaron 46 muertos, y a pesar de la defensa de los Mossos de Esquadra al gobierno catalán, el ejército detuvo en la mañana del día 7 a Companys, a todo su gobierno y a algunos diputados. Se clausuró el parlamento autonómico, se suspendió el Estatuto de Nuria y se retiró a muchos alcaldes. Companys fue condenado a 30 años de cárcel, pero se le liberó dos años más tarde, cuando el Frente Popular ganó las elecciones en 1936. Con la victoria de Franco en la guerra civil, Companys se exilió en Francia, pero fue capturado por la Gestapo, entregado a las autoridades franquistas y fusilado el 15 de octubre de 1940 en el castillo de Montjuic. Ha sido el último político, hasta la fecha, que ha proclamado el Estado catalán.


El independentismo catalán de hoy apoya la integración de una Cataluña independiente en la Unión Europea, con excepción de los sectores más izquierdistas del independentismo, como la CUP. Porque el catalanismo independentista vive desde siempre la tensión política irreconciliable de sus componentes. La propia estelada o bandera independentista catalana tiene tres versiones, la histórica (4 barras rojas sobre campo amarillo y figura romboidal azul en el centro, con estrella blanca), la blava (liberal y de derecha, triángulo azul a la izquierda, con estrella blanca, sobre campo amarillo y 4 barras rojas), y la groga (de izquierda, triángulo amarillo a la izquierda, con estrella roja, sobre campo amarillo y 4 barras rojas). (seguirá en NACIONALISMO 3)

Ilustración: El conde duque de Olivares, Severiano Martínez Anido y Fernández Díaz.
 

 Verano, 03/07/2016

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