La nubecilla que parecía un botijo

Texto de Liliana Pineda, fotografía de
Zonaizquierda.org

Había una vez una ciudad muy verde, muy verde, muy verde, con muchas fuentes y muchos árboles o muchos lugares de descanso y regocijo de sus gentes. Pero un mal día, una marquesa muy codiciosa, muy codiciosa, muy codiciosa, y sus secuaces cortesanos, decidieron apropiarse de todo lo que aquella ciudad tenía para el disfrute común de las personas, con el único fin de enriquecerse ellos solitos fabricando ladrillos, ladrillos, ladrillos y, mediante robos y engaños, consiguieron hacerse con el gobierno de aquella ciudad y el de todos los pueblos de sus alrededores. A partir de aquel día desaparecieron las fuentes públicas, se talaron los árboles más antiguos o legendarios, al desaparecer sus sombras las nubes huyeron temerosas, la tierra se secó hasta quedar yerta o mustia y el agua, el agua, el agua... fue embotellada.

Llegó el mes de mayo y Pepito y Manolita tenían sed... mucha sed... Consensuaron que había que hacer algo para remediar aquello y decidieron protestar. Salieron a la plaza de su barrio y gritaron al unísono: !AGUA vida! !AGUA vida! !AGUA vida! Lo gritaron tan fuerte que otras niñas y niños los oyeron y también salieron de sus casas y gritaron con ellos: !AGUA pública! !AGUA pública! ¡AGUA pública! Tanto gritaron que una nubecilla blanca y redonda, que había quedado rezagada en la huída precipitada de las grandes nubes, los escuchó y regresó curiosa a observarlos desde su altura y, para congraciarse con ellos, fue trasformando su aspecto en algo que para los niños fuera reconocible o agradable: un botijo, un botijo, un botijo... Abajo, en la tierra, cada vez más pequeños se unían a la protesta y todos con curiosidad dirigían su mirada al cielo para ver aquella nubecilla que iba creciendo, creciendo, creciendo, hasta convertirse en el gigantesco botijo que se volcó finalmente sobre los niños en forma de lluvia y sació su sed. Los niños felices pudieron sembrar flores, construir fuentes, plantar árboles, y sepultar para siempre los ladrillos que impedían ver las sombras de los árboles, los árboles, los árboles. La pérfida marquesa y sus secuaces cortesanos vieron todo aquello y se marcharon corriendo a otro lugar en el mundo donde aún no hay pepitos ni manolitas, ni tantos niños protestones, protestones, protestones...

10 de enero de 2016

  

 

 

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