PAISAJES COLATERALES

Texto e ilustración de O COLIS
para Zonaizquierda.org


 
Amanece la mala aurora sobre la casa destrozada de Abdul, tenue luz viscosa de aceite rancio incendiado desvela la sangre, sangre moribunda, tibia; sangre anaranjada, de niños; regueros, caminos de sangre, flores de sangre junto a otros brotes rojos y oscuros. Y voces, voces que despiertan en la mala aurora...

Lamentos; ya nada se puede hacer, pronto morirán los que aún no han muerto. Ráfagas que vienen de la noche, borrachas, sin objetivo, lejanas, entreveradas en el humo espeso, picante,

escuece todavía al respirar; toser, vomitar, llorar... Bruma de niños, adultos y viejos de miembros desnudos, dispersos y reventados, huesos rotos, heridas, simas de heridas... aún persiste el eco, el eco del silbido metálico, y también el ruido profundo, el temblor hecho añicos en la noche,

anoche,

del descuartizamiento, del ardor, del dolor punzante. Del horror.

La luz de la mala aurora ilumina pedazos, temblores, un trozo de asno sobre una pierna hermosa; unas plumas de gallina incrustadas en un dedo; pañuelos, sábanas, comida, platos rotos, una cama, un velo rasgado; una rueda de bici girando sobre una puerta tumbada; papeles manchados, fotografíaas desenmarcadas, cortinas sucias.

Un bajel de humo amarillo, una roca ingrávida de viento espeso y transparente, se posa sobre el paisaje... un perro corre dando vueltas entre los escombros, despavorido, aúlla, y de pronto cae inmóvil sobre un olivo derrumbado...

En la pequeña radio de Abdul dan la noticia, aún le queda un pinganillo perforándole el témpano, tiene los ojos abiertos, pero no tiene boca, no tiene cuerpo...

Ráfagas que vienen desde la noche a la falsa noche, concentradas y oscuras; parpadean lucecillas y pantallas de móvil; polvo de Campanilla sobre los Niños Perdidos en el País de Nunca Jamás; huele a tibios perfumes mezclados, descarados, feromonas y anticuado pachulí de oriente, ginebra y suavizante de pelo...

De pronto, fuegos artificiales, chispas de la fragua divina; el batería del grupo se va de ritmo, un redoble desacompasado y otro, y otro... y un hacha de desconcierto parte en dos la noche íntima y reconcentrada del local; el guitarrista arroja la Fender Stratokaster sobre las tablas del escenario y sale corriendo tras el forillo... alaridos, lamentos, carreras, en un instante se amontonan todos los cuerpos, todas las gafas, copas, zapatos sueltos, charcos de sangre...

Huele a perfume de sangre, a sudor y a grito amplificado por los micros del escenario...  El sonido del horror de los solistas de Alá se esparce entre los cuerpos caídos como una lluvia de cristales rotos; mientras, la radio de Abdul sigue desgranando noticias.. .. .

 

21 de noviembre de 2015

  

 

 

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