Las hipotecas en la era del terror de masas

 

Parte del contenido de este artículo es un extracto del libro A dream Foreclosed. Black America and the Fight for a place to Call Home.

 

Por Laura Gottesdiener, de su página ZSpace
Traducción de Enrique Prudencio para Zonaizquierda.org


El terrorismo es un acto difícil de definir, especialmente cuando los electrodomésticos se han convertido en armas de destrucción masiva. A principios de abril, cuando la Guardia Nacional y la policía de Boston recorrieron los suburbios de la ciudad en busca de los hombres que se creían habían sido los que colocaron las bombas en la meta de la maratón, salió a la superficie otra cara de la violencia y de la inseguridad de masas.

Como informó el New York Times: “Los bancos que crearon las amalgamas de riesgo de hipotecas y préstamos durante el boom —las del tipo que produjo tanto durante la quiebra— están reviviendo afanosamente el mismo tipo de inversiones que muchos pensaron que habían desaparecido para siempre.”

En otras palabras, los chicos ricos están de vuelta en la ciudad, vendiendo como buhoneros hipotecas depredadoras para ser empaquetadas y vendidas en Wall Street. Hasta los del Times, por lo general muy optimistas respecto a los negocios, adoptaron un tono de advertencia. “La reactivación también pone de relieve cómo estas inversiones, conocidas como productos financieros estructurados, han escapado en gran media a las nuevas medidas reguladoras que se suponía que iban a evitar una repetición de la última crisis financiera.” ¿Advertencias de una repetición de la última crisis financiera, en la primera página del New York Times?

Sin embargo, a diferencia de la cobertura del atentado de Boston, la respuesta nacional ante la amenaza de destrucción económica masiva ha sido silenciada. Y eso es porque nadie habla abiertamente de la crisis hipotecaria actual en términos de terrorismo doméstico. Pero eso es exactamente lo que es, y hay que reconocerlo si queremos evitar que los bancos causen otra catástrofe.

El Departamento de Seguridad Nacional posee la más completa definición del terrorismo, donde explica que estos actos deben cumplir los siguientes requisitos.

El término “terrorismo” se refiere a cualquier actividad que:

(A) Consista en un acto que:

(i) sea peligroso para la vida humana o potencialmente destructivo de la infraestructura crítica y recursos clave, y
(ii) Sea una violación de las leyes penales nacionales o de cualquier Estado u otra subdivisión de los EE.UU.

(B) Parezca tener la intención:

(i) de intimidar o coaccionar a la población civil;
(ii) influir en la política de un gobierno por intimidación o coerción, o
(iii) pueda afectar a la conducta de un gobierno por la destrucción masiva, el asesinato o el secuestro.

Si preguntas a Helen James, una mujer que ha vivido tanto en las calles como en los refugios, te dirá que no tener casa es peligroso para la vida humana. Cuando hablamos del verano pasado, contaba la historias de las hemorroides sin tratar y teniendo que dormir en los bancos durante los inviernos a temperaturas bajo cero. “Yo no quiero morir”, dijo.

Según la Coalición Nacional para las Personas sin Hogar, 700 personas sin hogar mueren cada año solo de hipotermia. Han muerto ya muchas más personas por hipotermia desde que comenzó la crisis económica, que en los ataques terroristas de las últimas décadas, incluido el del 11 de septiembre.

En cuanto a la cuestión de la legalidad, Griggs Wimbley, residente en una pequeña localidad de Carolina del Norte, ha estudiado cómo la reciente ola de ejecuciones hipotecarias se llevaban a cabo violando las leyes penales de EE.UU. Pasó casi una década investigando y luchando contra la ejecución hipotecaria fraudulenta de su propia casa. “No he encontrado nada más que trampas y trucos por todas partes”, manifestó. Se refería al Reino de Wall Street durante la década del 2000, “una hola de crímenes de más de diez años, explica.”

Los cientos de investigaciones y juicios sobre el fraude de préstamos, la falsificación (recordemos el escándalo del robo de firmas) y las regulaciones administrativas apoyan las experiencias de Wimbley. Y eso sin mencionar siquiera la violación generalizada de las leyes del sector, como la ley de Equidad de la Vivienda y otras leyes destinadas a impedir la discriminación en el acceso a la vivienda basada en el racismo, que estaba muy extendida ya en el periodo anterior a la crisis financiera.

Por último, Marcella Robinson y Nicole Shelton, cofundadoras del grupo de propietarios de base contra el fraude hipotecario NC, pueden atestiguar que todo el tema de los desahucios está destinado a producir un pánico generalizado entre la población civil. Marcella Robinson, cuya casa estaba en trámite de ejecución hipotecaria cuando hablé con ella, me dijo que se acostaba con un bate de béisbol a su lado por temor a cualquier agresión. Nicole Shelton, que ya había sido desahuciada y desalojada de su casa, dijo que vivía en un estado de miedo constante.

¿Por qué quiere Wall Street intimidar a millones de civiles? Porque si las personas no están aterrorizadas por la amenaza de ser expulsadas de sus hogares, no van a continuar pagando las deudas astronómicas que parece ser que son las que mantienen a flote a nuestra economía.

Este argumento ha influido en efecto en la política del gobierno. Ed de Marco, jefe de la Agencia Federal de Financiación de la Vivienda ha sido uno de los opositores más vehementes a la prestación de ayuda a los propietarios de viviendas hipotecadas, advirtiendo que el gobierno debe seguir esgrimiendo la amenaza de la expulsión o de lo contrario todos dejarían de pagar sus hipotecas. En cuanto a la definición “afectar la conducta de un gobierno por la destrucción masiva, el asesinato o el secuestro”, como dictan las leyes contra el terrorismo, los banqueros no tienen que recurrir a los secuestros, puesto que ya tienen como rehén a la economía global.

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Desde el año 2007, Wall Street ha desalojado a cuatro millones de familias – unos diez millones de personas – de sus hogares. Millones más se encuentran atrapadas en las ejecuciones en curso. En el último año he escuchado las historias de cientos de estas familias, y la experiencia más común que he escuchado es la sensación de inseguridad y de terror psicológico.

Pérdida de la seguridad. Miedo. Estas son las mismas palabras que escuchamos en boca de la gente de Boston. Si la inseguridad y el terror de masas era lo que los bancos querían, lo han conseguido con creces. Sin embargo, a los bancos no se les acusa de terrorismo. Tampoco se clasifican sus productos financieros como armas de destrucción masiva.

Tal vez esté usted pensando que Wall Street no está acusado de terrorismo porque los terroristas tienen que usar bombas en lugar de bonos, porque el terrorismo económico no está tipificado en las leyes antiterroristas, ¿no? El pentágono ciertamente lo creía así cuando en 2011 publicó un informe que indicaba que algunas instancias desconocidas podían haber empujado EE.UU. para que cayera en la crisis económica de 2008 a través del “terrorismo financiero”. No resulta sorprendente que entre los sospechosos del informe se incluyera a yihadistas islámicos, a los chinos y a Venezuela, en vez de a AIG o Goldman Sachs.

Ese mismo año al sindicalista norteamericano Steven Lerner se le denominó “terrorista financiero” cuando sugirió que los propietarios de viviendas en riesgo de desahucio se unieran para organizar entre todos una huelga hipotecaria. Los medios de comunicación conservadores lo llamaron “TERRORISMO ECONÓMICO DE MANUAL”, sí, en mayúsculas, mientras que un congresista de Utah pidió al fiscal General Eric Holder que investigara estas amenazas porque “constituyen claramente terrorismo interior”.

En otras palabras, abogar por la seguridad de los propietarios de sus hogares equivale a un acto de terrorismo, mientas que asegurar la estabilidad de Wall Street —aunque ello represente echar a la gente de su casa a patadas y culpar a Venezuela de la crisis de las hipotecas— es sencillamente política norteamericana.

El lugar en que se demuestra más claramente este doble rasero es Detroit, donde el gobernador de Michigan impuso recientemente la Ley Marcial Económica —la suspensión de la democracia para garantizar la seguridad financiera—. Con un gestor financiero de emergencia sin nadie que le ayudara recorriendo una ciudad de más de 700.000 habitantes, Michigan muestra que la cuestión de la seguridad subyacente no es física. Es financiera.

Como pastor local el reverendo David Bulloc declaró: “ya no estamos en el 68 y el 69, los veranos calientes de los disturbios. Los ricos ya no están preocupados por la seguridad física. Están preocupados por su dinero.”

El hecho de que la nación esté experimentando el terrorismo financiero generalizado no significa que los ataques de Boston no sean trágicos. Pero nos debería agraviar más que los banqueros de Wall Street estén otra vez muy ocupados poniendo en marcha las mismas tretas que provocaron la crisis en este país hace solo unos años. Y que nuestro gobierno no esté haciendo nada para evitar sus maniobras.


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* Laura Gottesdiener es una periodista independiente de Nueva York. Ha escrito para The Huffington Post, Arizona Republic, New Heaven Advocate, Alter Net y wagingnonviolence.org donde es editora asociada. Ganó el premio John Hersey de la Universidad de Yale y ha sido finalista del premio Norman Mailer. Ha participado activamente en el movimiento Occupy permaneciendo en la concentración de Zuccotti Park desde principios de octubre de 2011 hasta el desalojo por la policía mediados de noviembre de 2011.
A Dream Foreclosed es su primer libro.

 

Fuente: http://www.zcommunications.org/mortgages-in-the-era-of-mass-terror-by-laura-gottesdiener

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