El neoliberalismo, o la gestión catastrófica de la catástrofe.

Por Jérôme Ross, Doctor en Filosofía, ZSpace
Traducción: Enrique Prudencio para Zona Izquierda


No hay duda de que el multimillonario Warren Buffet tenía razón cuando dijo que la guerra de clases global la ha declarado su clase y la estaba ganando. La pregunta que surge es ¿y hasta cuando?

El neoliberalismo es la teoría caótica de la economía del caos, la exaltación estúpida de la estupidez social, y la catastrófica administración de la catástrofe.


- Subcomandante Marcos del EZLN

Se ha cumplido el 40º aniversario del derrocamiento militar apoyado por la CIA del presidente socialista elegido democráticamente Salvador Allende de Chile. El vergonzoso bombardeo del Palacio Presidencial, ordenado por el propio general Pinochet, Jefe del Ejército, marca con sus violentas explosiones el fin de una era. Seguirían corriendo ríos de sangre, con miles de disidentes encarcelados, torturados, asesinados y “desaparecidos”, lo que puso dolorosamente de manifiesto que el corto matrimonio entre el capitalismo y la democracia había llegado a su fin. El neoliberalismo, ese paradigma de libertad, nació del cañón de un arma de fuego, proclamando a los cuatro vientos que solo bajaría esa arma en un resplandor de gloria.

Así que el 9/11 no ha sido el único recuerdo doloroso de este mes. Este mes también hace cinco años de la quiebra del que fuera omnipotente banco de inversiones Lehman Brothers, que casi arrastra en su caída al sistema financiero mundial. Se pensó que había sido la catástrofe que anunciaba una nueva era. El neoliberalismo había muerto por fin, se nos dijo. Terminado para siempre. El centro-derecha proclamó la resurrección del Keynesianismo como ideología de la élite dominante y los gobiernos empezaron a inyectar billones de dólares de los contribuyentes en la economía global para evitar un desastre del sistema al por mayor.

Hoy día, sin embargo, transcurridos unos cuarenta años de su nacimiento y cinco después de su supuesta defunción, el neoliberalismo se ha reafirmado de nuevo. A pesar de su naturaleza autodestructiva, sigue avanzando a trompicones como una especie de ideología zombie , haciendo lo que los no muertos saben hacer mejor: aprovecharse de la humanidad y chuparle la propia vida a todo ser viviente, hasta transformar la Tierra en un planeta sin vida, sombra triste y sin sentido de lo que fue. ¿Quiere verter cianuro en un río? Claro, sin problemas, ¡siempre y cuando atraiga esas inversiones tan necesarias! ¿Quiere destruir el único parque de la ciudad para construir un centro comercial? ¡Pero, por supuesto, siempre y cuando la gente siga consumiendo! ¿Quiere recortar la asistencia sanitaria y los presupuestos de educación y aumentar los impuestos, la matrícula y los precios del transporte público? ¡Claro, siempre y cuando los pobres sigan pagando los “errores” de los ricos¡ Ah, y ni siquiera hemos empezado con el cambio climático. Todo fue muy educado y elegante durante unos meses, documentales inspiradores de paraísos naturales y giras para pronunciar conferencias por paree de ex líderes mundiales y estrellas de cine, que incluso reportó ganancias millonarias. Pero ahora ni siquiera se habla ya de ello: se da sencillamente por sentado que el neoliberalismo sentenciará y ejecutará el ecosistema global en la tierra mucho antes de que se grave con los correspondientes impuestos a las grandes petroleras o altas finanzas. Como dijo Frederic Jameson, y parece confirmar la avalancha interminable de block-embustes de éxito del Hollywood post apocalíptico, resulta ahora más fácil imaginarse el fin del mundo que el fin del capitalismo.

La parte más aterradora de todo esto es que las imágenes de las películas post apocalípticas no solo expresan el miedo de un futuro lejano, sino que son una representación relativamente realista del presente. Las narrativas épicas de Beasts of the Southern wild, por ejemplo, que ganó merecidamente la Cámara de Oro en Cannes el año pasado, no sólo representa el apartheid global que se llevará a término en el transcurso del próximo siglo si no somos capaces de estar en el reino del 1% y detenemos las emisiones de carbono relativamente pronto, como muestra acertadamente la información gráfica de la catastrófica realidad de miles de familias pobres que fueron abandonadas a una muerte segura por el gobierno de Bush después de que el huracán Catrina azotara Nueva Orleáns en 2005. Catástrofes naturales como la del Katrina siempre han existido, por supuesto. Pero lo que distingue a la era neoliberal – aparte del cambio climático irreversible causado por el hombre, que incrementará en gran medida la incidencia y la intensidad de este tipo de catástrofes en el futuro – es una vez más la gestión catastrófica de la catástrofe. Al parecer, un estado neoliberal que puede permitirse el lujo de endeudarse por valor de miles de millones de dólares con el fin de alimentar la insaciable voracidad de Wall Street y el complejo militar-industrial, no puede ni siquiera conseguir los recursos necesarios de mano de obra para responder adecuadamente a una catástrofe natural en su propia casa, por no hablar de su anticuada tecnología que utiliza el carbón como combustible. En la medida en que lo hace, no consigue más que empeorar las cosas al poner en marcha una campaña de privatizaciones, en vez de cuidar de la reconstrucción – un enfoque típico de la gestión de la catástrofe que Naomi Klein mostró de forma dramática en su libro La doctrina del shock: el auge del capitalismo del desastre. Pero no se preocupe: lo poquito que se gastó en la parca reparación de los daños producidos por la catástrofe y la reconstrucción que se llevó a cabo, contribuyó al incremento del PIB, por lo que todo quedó estupendo en el país de cuento de hadas de la aritmética neoliberal.

La gestión catastrófica de la catástrofe. Si hay una característica que describe la naturaleza de la gestión de la crisis neoliberal, debe ser esa. De Méjico y América Latina en 1982 a la crisis del sudeste asiático de 1997-1998 y la de Turquía y la de Argentina en la década de 2000 y de ahí a la crisis europea de 2010. Lo más catastrófico de la gestión neoliberal de la crisis no es sólo que tiene tendencia a convertir las crisis financieras ya de por sí catastróficas por la especulación privada fugitiva en una inmensa fuente de lucro privado para los mismos financieros responsables de la catástrofe, para empezar, sino que para mayor vileza y escarnio, hace que las catástrofes sean mucho más catastróficas de lo que ya en sí mismas son. A pesar de toda su propaganda y retórica acerca de que los “mercados libres” promueven la democracia y el desarrollo, los rescates masivos de los bancos de la era neoliberal han mostrado invariablemente que los llamados neoliberales realmente se preocupan muy poco incluso de la libertad de los mercados – por no hablar de la democracia y el desarrollo. Como declaró un banquero particular en un rapto de sinceridad al diario Wall Street Journal durante la crisis de la deuda latinoamericana de 1985, “nosotros somos banqueros extranjeros para el sistema de libre mercado cuando estamos buscando ganar un “pavo” pero creemos en el estado cuando estamos a punto de perder un “pavo”. “Así el ethos neoliberal se puede resumir en un principio más sencillo: “privatizar las ganancias y socializar las pérdidas” o quizás sea más apropiado resumirlo en: “que se joda todo el mundo”.

En este sentido, la respuesta política a la crisis de la deuda europea es sólo la última regurgitación de este lema repugnante. Resulta ya obvio para todo el mundo que se trata de rescatar a los banqueros e imponer la austeridad a todos los demás. En Atenas los niños van a la escuela con hambre, cosa impensable dos años atrás, mientras los adictos se hunden agujas en las venas a plena luz del día y la banda armada Sturmabteilling del partido explícitamente neonazi Aurora Dorada, que ahora ocupa el tercer lugar en votos, hace progromos racistas y lanza ataques violentos contra los izquierdista en el corazón de la ciudad. En esta economía europea desarrollada, una cuarta parte de la población está en la más absoluta pobreza. Las muertes por suicidios, el VIH y la tasa de mortandad infantil se han disparado. Incluso está reapareciendo la malaria entre otras epidemias ya erradicadas, según un estudio epidemiológico.

La realidad de fondo es que nos están mintiendo vil y descaradamente y lo saben. La austeridad nunca ha servido para acelerar la recuperación, al igual que las reformas estructurales nunca tuvieron la intención de hacer que la economía fuese más competitiva. ¿Por qué van a querer más competencia los poderosos dueños de la gran industria alemana y su casta política de las empresas del sur de Europa? Lo que quieren ellos es mano de obra barata y saben como conseguirlo. Más allá de estos objetivos, el diseño de la respuesta política neoliberal a la crisis de la deuda europea se basa en la absurda presunción de que los bancos, en virtud de que son “demasiado grandes para quebrar”, sencillamente no pueden asumir la mínima pérdida en absoluto. Y así, en España, al igual que en EE.UU. e Irlanda, los mismos bancos que especularon con tanta desfachatez con los bienes raíces en el período previo a la crisis fueron los primeros rescatados con el dinero de los contribuyentes – que tuvieron que pagar los españoles comunes con subidas de impuestos y medidas de austeridad – y después continuaron desahuciando a las mismas personas de sus propias viviendas. Más de 400.000 familias han perdido sus casas desde que comenzó la crisis, terminando muchas de ellas viviendo en la calle. Si tuviésemos que poner un ejemplo de acumulación por desposesión, elegiríamos este. Al furor de la socialización de las pérdidas le acompaña una privatización rapaz del lucro. Las casas están ahora vacías, deteriorándose en los barrios pobres de espeluznantes ciudades fantasma, mientras cada vez más gente duerme al lado de los cajeros automáticos. Coexisten las personas sin hogar y las casas sin personas en una realidad social extraña intermediada sólo por la idiotez de los banqueros miopes y la irracionalidad absoluta del sistema financiero neoliberal en general, una realidad social que solo puede definirse como delirante – pero tal vez el término “capitalismo” engloba este enfoque esquizofrénico en una mejor forma de asignar los recursos.

Al igual que en Grecia, el desempleo en España se sitúa por encima de la cuarta parte de la población, más que en EE.UU. durante la Gran Depresión. Más del 60% de los jóvenes de ambos países se encuentran sin trabajo ni acceso a la educación, situación que está destruyendo los sueños y aspiraciones de toda una generación y, en el caso de Grecia, empujando a 120.000 de los cerebros más jóvenes y preparados del país a abandonar su patria dejando detrás a sus familias, en busca de un mejor futuro en alguna parte (en cualquier parte). Ya resulta bastante catastrófico que los pensionistas pasen hambre porque no se les pagan sus pensiones, pero por lo menos un ultraliberal fascista pudo justificarlo en términos de productividad y competitividad: los viejos no están haciendo ninguna contribución económica, por lo tanto ¡que se jodan!


Lo que no tiene sentido alguno, ni siquiera desde el absolutamente inhumano punto de vista del capital, es excluir sistemáticamente a la mayoría de los jóvenes de la economía productiva. Después de todo, el trabajo de estas personas debería ser la fuente del lucro capitalista del futuro. Pero, de nuevo, a pesar de esta realidad desquiciada, podemos encontrar una explicación cínica que se propaga abiertamente por la propia UE-FMI-Troika: mientras que haya una alta tasa de desempleo juvenil, la feroz competencia entre los jóvenes por conseguir un de los escasos puestos de trabajo, reducirá el coste de la mano de obra hasta el punto en que se pueda contratar a un doctorado en derecho o medicina para servir las mesas de un cafetería multinacional de mierda o voltear hamburguesas en la cadena de comida basura americana pringosa a 490 euros al mes. ¡Hurra! Una nueva victoria para la aritmética neoliberal.

Por supuesto que todos sabemos a estas alturas que la crisis de la deuda europea es sólo una de las manifestaciones más visibles del asalto implacable del capital a la gente común en todo el mundo. Lo que no se lee en los periódicos son las múltiples formas en que las compañías de seguros de Europa y Norteamérica, o los fondos soberanos de Arabia Saudita o China, están comprando grandes extensiones de las tierras más fértiles de toda África, empujando la los agricultores pobres cuyas familias han vivido humildemente en esas tierras durante generaciones, pero que no tienen documentación en regla para demostrar su “propiedad”. A medida que estas personas son desposeídas y obligadas a formar parte del mercado de trabajo en la economía sumergida – o en el paro -, se da implacable continuidad al ciclo de la acumulación primitiva. Otra cosa de la que no se oye hablar en la televisión es de los especuladores misteriosos, que, desde el cómodo anonimato de sus pantallas de ordenador en un banco de inversión de Londres o Nueva York, continúan especulando en los mercados de futuros, lo que eleva el precio de los alimentos para todos en todo el mundo, para acabar al final con unos bonos inútiles en las manos y algunas míseras ganancias, mientras que casi mil millones de personas continúa pasando hambre. Se trata de una forma demencial de “resolver” la crisis alimentaria; y mucho más frente a la catástrofe endémica del hambre en el mundo. Pero, por supuesto, ninguno de estos objetivos ha estado nunca en la agenda de los líderes mundiales o de las finanzas globales, a pesar de su vacía retórica liberal al respecto.

En este sentido, todo el moralismo de mierda de Bono y Geldof que nos bombardeó desde LiveAid y “Make Poverty History,” con una campaña que parece aún más vacua y ridículamente santurrona hoy de lo que nos pareció entonces. Incluso los grandes filántropos parece que han llegado ahora a darse cuenta de que la respuesta política de la élite gobernante a la catástrofe global de 2 mil millones de personas que viven en la pobreza (como quiera que se defina) no es más que una vacua decoración de escaparate en el mejor de los casos, y una estrategia económica para preservar las desigualdades, en el peor. Como dijo Peter Buffet, el hombre más rico de EE.UU., en un artículo de opinión mordaz, sobre el “complejo de caridad-industrial” publicado en el New York Times: “están todos buscando respuestas con la mano derecha a los problemas que otros de los que están en esta habitación han creado con la izquierda… Pero esto sólo mantiene la estructura actual de la desigualdad en su lugar”. Los ricos duermen mejor por la noche, mientras que otros no consiguen lo suficiente para mantener la olla hirviendo. Casi siempre que alguien se siente mejor por haber hecho el bien, en el otro lado del mundo (o en la calle), alguien más se encuentra aún más atrapado en un sistema que no permitirá el verdadero florecimiento de su naturaleza o la oportunidad de vivir una vida plena y feliz”

Y de nuevo, no vamos a empezar siquiera con el cambio climático, donde la respuesta de la política neoliberal ha sido convertir el carbón en mercancía que pueda ser objeto de comercio y lucro a través del Sistema de Comercio de Emisiones de la UE. En lugar de ayudar a reducir las emisiones totales de carbono, el plan añade leña al fuego; en los tres primeros años de actividad, las emisiones de carbono aumentarán, mientras que las autoridades nacionales regalaron sin sentido bienes públicos por valor de 14 millones de euros a algunas de las industrias más intensivas en producción de Co2, ninguna de las cuales tomó las medidas correspondientes para reducir las emisiones totales. El principal problema es que los gobiernos no se atreven a ejercer la necesaria presión sobre la industria, sino que por el contrario reparten miles de millones de euros en permisos de emisión, subvencionando de hecho a las empresas más contaminantes, lo que les anima a aumentar las emisiones en vez de reducirlas. Para el año 2008, el plan había proporcionado a las industrias del acero y del carbón tantas dietas en exceso que se calcula que las empresas con peor control del carbono de Europa ahora pueden permitirse el lujo de incrementar sus emisiones totales otro 50% hasta el año 2020. Una vez más, sería una tragedia sangrante si al mismo tiempo no fuese una maldita farsa.

Pero como siempre, hay que poner fin a estas furiosas diatribas con una nota positiva y destacar un rayo de luz en esta oscuridad abrumadora que envuelve el mundo de la actualidad. La gestión política catastrófica de la catástrofe puede ser global, pero también lo es la resistencia. Las filas de los indignados se van engrosando de día en día ya que la crisis del capitalismo mundial entra en una nueva fase peligrosa de desaceleración general de los llamados “mercados emergentes”. Turquía, Brasil, Bulgaria, Rumania, Colombia, Chile, Méjico – se pensaba que estos países eran inmunes a la terrible enfermedad que afectó a Estados Unidos en 2008 y a la Unión Europea en 2010. Una vez más las suposiciones eran erróneas. El crecimiento se está desacelerando en China (que se está resintiendo a causa de una gran burbuja inmobiliaria especulativa propia), que envía ondas a través de los mercados mundiales de productos básicos provocando una crisis en toda América Latina, Europa del Este, África y Asia. No es de extrañar por tanto que la última oleada de movilizaciones se esté llevando cabo en algunos de los mismos países que hace apenas dos o tres años se consideraban “milagros económicos” y “modelos a seguir” para los países capitalistas desarrollados (lo que en sí mismo es típico del neoliberalismo: al igual que su lema de privatizar el lucro y socializar las pérdidas, la ideología zombie también tiene una tendencia a difundir a bombo y platillo sus “éxitos” mientras silencia cobardemente sus incontables y letales fracasos).

En Chile, donde la muerte de Allende marcó con su huella sangrienta el comienzo de la era neoliberal, la juventud se sigue movilizando de forma masiva para borrar el legado neoliberal autoritario del general Pinochet y para exigir ecuación pública gratuita y de calidad. En Méjico, los maestros de escuelas públicas están llevando a cabo una campaña de resistencia importante contra las reformas educativas neoliberales que fueron impulsadas por el presidente Peña Nieto y su partido neoliberal autoritario, el PRI, que convirtió la transformación del Estado mejicano en el sueño húmedo de los hombres de negocios durante la crisis de los años 80 y 90. En Colombia, los agricultores han estado librando una batalla violenta con el Estado en contra de los acuerdos de libre comercio que han disparado el precio de los insumos agrícolas y han subido como un cohete los precios de las importaciones de alimentos súbitamente, lo que ha dejado fuera del mercado los precios de los productos de los pequeños agricultores. Cinco campesinos murieron en la represión llevada a cabo por el Estado. En Turquía, la resistencia contra el neoliberalismo autoritario del AKP de Erdogan no ha cambiado. En Rumania miles de personas están saliendo a las calles para oponerse a la explotación de la mayor mina a cielo abierto de Europa que dejaría al descubierto 200.000 toneladas de cianuro y tendrían que ser desalojadas de sus casas cientos de familias, y todo para atraer las migajas de la inversión extranjera.

Dondequiera que miremos hoy en día, cada vez está más claro que la hipocresía egoísta de la élite gobernante es insostenible. El capitalismo global está irrumpiendo en todas partes acelerando las calamidades sociales, financieras y ambientales que impone su propia prisa catastrófica y miope por la acumulación veloz e infinita. Sin embargo, es importante reconocer que no son solo los zombies los que mueren y no hay forma de liberalismo que, sencillamente, no se destruya a sí mismos. – después de todo, hasta una grana catástrofe, siempre se puede desplazar mediante la creación de una nueva catástrofe mayor en otro lugar donde puedan garantizar más beneficios mediante la imposición de la socialización de más pérdidas aún entre la población. El capitalismo no va a saltar voluntariamente por un acantilado, como dice David Harvey. Habrá que empujarle. Pero resulta igualmente obvio que en algún momento tendrá que haber un punto donde la fuerza irresistible del fundamentalismo de mercado, choque contra la voluntad inamovible de la resistencia popular. El curso de colisiones sociales en los que la élite gobernante se ha embarcado ahora se está librando delante de nuestros ojos. Se está desarrollando una lucha de clases global. No hay duda de que Warren Buffet estaba en lo cierto cuando dijo que él es de la clase que está haciendo la guerra y la está ganando. La única pregunta es: ¿hasta cuando?


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* Jérôme E. Roos. European University Institute, Social and Political Sciences, PhD Researcheredit

 

Fuente: http://www.zcommunications.org/neoliberalism-or-the-catastrophic-management-of-catastrophe-by-j-r-me-roos.html
 


 

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