Sobre la confusión del momento presente


Por Dina El Khawaga, Al Jadaliyya
Traducción Enrique Prudencio, para Zona Izquierda


Ahora todo el mundo se considera experto en multitudes. Algunos las asociamos con la revolución. Otros con una explosión de histeria fascista: como las turbas enfurecidas descritas por el sociólogo del siglo XIX Gabriel Tarde, imaginan las multitudes como poco más que una canalla enardecida por las arengas de sus caudillos, que buscan vengarse del Estado fallido y excluyente de la Hermandad Musulmana. Una y otra vez se les ignora para no escuchar sus demandas. Mientras se dibujan los planos para la futura transición a la democracia, se interpreta su presencia como signo de una popularidad fácil de encauzar a favor de este o aquel poder político, o para alejar el fantasma de la guerra civil entre los partidarios y opositores de la Hermandad.

Esta confusión dificulta el análisis del impacto de la movilización política en la calle. Otras “escuelas” se centran en cambio en el análisis de la política palaciega, el ángulo geoestratégico y las negociaciones internacionales como instancias privilegiadas para interpretar el significado de los acontecimientos políticos. Podemos deconstruir estos marcos interpretativos ambiguos. Del mismo modo que tenemos que comprender la participación del ejército a partir del 30 de junio, tenemos que entender la diversidad y la importancia de estas protestas masivas. Las multitudes fueron el agente portador de la voluntad del pueblo. Las multitudes crearon las bases para las negociaciones regionales e internacionales, configurando en Egipto un marco político diferente al de los últimos años.

Las visiones contradictorias y los motivos que mueven a las masas.

No podemos ignorar a las crecientes multitudes que “hacen política” en calles ni la diversidad de visiones que representaban con sus reivindicaciones ni el coraje para mantenerse en la calle los últimos diez días. Una parte de estas multitudes tratan de expresar su apoyo al tipo de legitimidad que dimana del sufragio. La otra parte muestra su apoyo a un gobierno civil en Egipto. Tratan de mostrarnos la necesidad de dar respuesta a las exigencias de la revolución en el sentido de ampliar el ámbito político y transformar los mecanismos autoritarios de gobierno en otra cosa. Nos señalan que el miso autoritarismo caracteriza tanto al gobierno SCAF (Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas, en sus siglas en inglés) como al imperio de la Hermandad Musulmana.

La importancia del número de participantes de cada campo queda en segundo lugar, siendo más importante su capacidad de organización y el grado de motivación, decisión y resistencia para continuar presionando hasta conseguir sus reivindicaciones. Desde este punto de vista, la confusión se aclara en gran medida y nos deja con una primera conclusión poco halagüeña: este no es el punto fuerte de las multitudes revolucionarias. No sólo porque el momento revolucionario haya sido cooptado en parte. También existe un vacío político a la espera de ser ocupado por un discurso, en espera de la solidez de su línea política y de su potencial para conseguir llevarla a efecto. Esto no significa necesariamente que la contrarrevolución no haya triunfado, en la medida que refleja la decepción por unas expectativas de cambio inferiores a las deseadas.

El término “decepción” resulta fundamental para la comprensión de la psicología de las masas - lejos de Gabriel Tarde y de los estudios sobre psicología de masas de Gustave Le Bon, que caracterizan la movilización de masas en función de la demagogia y la emotividad – son multitudes impulsadas por el deseo de traducir sus consignas en viva realidad. Estas multitudes no van a actuar irreflexivamente o con precipitación. No se precipitaron al ser instalada la Hermandad en el poder. No se precipitarán para sacar a la Hermandad del poder a pesar del fracaso se su gobierno. Era un gobierno fracasado a todas luces al intentar apoyarse en las instituciones del Estado que fueron colocadas en su camino para perdurar mucho más allá del breve momento de la Hermandad. La multitud revolucionaria resistió con coraje tras una barricada de veintidós millones de firmas recogidas por todo el país, muchas más que votos había logrado Morsi. Es cierto que entre los revolucionarios había motivaciones conflictivas que dificultaban su irrupción en la arena política para comenzar a negociar en nombre de la revolución. Y no han querido entrar en el campo del juego político monopolizado por los militares, los islamistas y las figuras del antiguo régimen.

Una característica común: nada de “vivir con ello”.

A continuación damos un paso más en la tarea de observar la morfología de las masas para analizar cómo traducen sus portavoces sus demandas políticas. Hay un nuevo denominador común diferente al que caracterizaba a la multitud en enero de 2011, o a las olas de la juventud revolucionaria, o a los sectores de la sociedad agraviados por Mohamed Mahmoud, o a los estudiantes, los profesionales y los trabajadores en huelga. Las multitudes quieren en primer lugar suprimir una voz pública contradictoria. No están dirigiendo sus reivindicaciones a una autoridad estatal. En su lugar, están pidiendo a sus respectivos líderes que aplasten al rival.

Cuando observamos la reacción de la opinión pública ante la muerte de cincuenta y siete personas frente al edificio de la Guardia Republicana, la división se hace más patente, ya sea en el discurso de la Hermandad o en el de los partidarios del discurso estatal contra el islamismo. Disminuye el poder de las masas que piden la revolución democrática. Se ahoga el discurso de la revolución democrática hasta que pierde su intensidad para convertirse en un remedo. Repetimos una vez más, que esto no significa necesariamente que la contrarrevolución haya triunfado. Nos limitamos a confirmar la magnitud del vacío político que se ha creado en Egipto en los últimos meses.

El ejército: entre la representación de la Institución y su incorporación al Estado Nacionalista.

Hay enormes diferencias entre la posición del ejército en febrero de 2011 y la de julio de 2013, pese a de la similitud de las técnicas de intervención, tanto en el procedimiento como en el discurso oficial, en el que el ejército dice representar la voluntad del pueblo y afirma trabajar al servicio de los intereses nacionales de Egipto.

Existen dos posibles razones que explican esta diferencia. Por una parte, el rival político del ejército en 2011 es ya cosa del pasado, me refiero al círculo Mubarak. Y su plan neoliberal de gobierno autoritario ha sido sustituido por el imperio de la ley y el discurso de la seguridad en lugar de las prerrogativas del ejército. Y por otra parte, el ejército ya no está preocupado por su futuro como fuerza política, económica y de gobierno.

Ahora, el ejército permanece en el asiento trasero, forjando alianzas y diseñando las reglas del juego político futuro. Pero hay que subrayar que ahora actúa desde una posición más estable que antes. En otras palabras, no encarna a un sector o partido en el juego político tanto como lo ha hecho históricamente. Con esto me refiero a la historia de un estado de liberación nacional y todo lo que conlleva. En consecuencia, amplias franjas de la sociedad egipcia reivindican esta memoria histórica por diversas razones. No solo reivindican esta memoria histórica los Nasseristas, la izquierda nacionalista y progresista de clase media, sino también los liberales políticos y económicos. Los grupos de izquierda esperan de ver la cristalización del conflicto contra el ejército, como principal representante de la contrarrevolución, con el fin de hacer girar las ruedas de la historia para que queden bien definidos los polos de la revolución y la contrarrevolución.

Tal vez esta compatibilidad de fluidos tenga una duración de unas pocas semanas, pero también puede ser que dure más tiempo, ya que es la única narrativa fija en un momento de fluidez política cargada de intereses contrapuestos y frágiles alianzas. Es el relato de un país después de la independencia. Es la narración sobre un país que cuando se encuentra con muchos desafíos, solo se le ocurre reclamar la “unidad” como herramienta para la acción. Es una narración que moviliza el sentimiento nacionalista contra los enemigos externos con conexiones ocultas en el interior del sistema político del país. Que invita al régimen político a volver a su papel de defensor de la nación contra el enemigo exterior, en lugar de exigir a su propia casta política el sometimiento al imperio de la ley, la rendición de cuentas y la transparencia en el gobierno. Es un relato que tiene mucho que ver con la cuestión de las libertades. Y que no tiene apenas nada que decir sobre la ley al servicio del pluralismo y la gobernanza.

En este sentido, las últimas semanas han sido mucho más parecidas a un retorno a la situación posterior a la independencia, que a la situación creada por un golpe de estado. La doble naturaleza de la lucha revolucionaria no ha cristalizado en contra del dominio religioso, sino a favor de un espejismo de unidad y cohesión nacional heredados; y una fijación sobre los complots internacionales contra el país. ¿Puede ser esta dualidad la clave para comprender la movilización de las fuerzas revolucionarias democráticas de los próximos meses?
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Fuente: http://www.jadaliyya.com/pages/index/13008/on-the-confusion-of-the-present-moment
 


 

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