Egipto. “La revolución vive mientras haya revolucionarios dispuestos a morir por ella”.

 

Por Jerome Roos*, ROARMAG

Traducción: Enrique Prudencio para Zona Izquierda


Ahora más que nunca tenemos que prometer fidelidad al espíritu de la revuelta que derrocó a Mubarak. Solo el poder de las calles puede hacer retroceder al ejército.

Solo ha habido dos revoluciones mundiales. La primera se produjo en 1848, la segunda tuvo lugar en 1968. Ambas fueron fracasos históricos. Ambas transformaron el mundo. El hecho de que ninguna de las dos estuvieran planificadas, siendo por tanto espontáneas en un profundo sentido, explica dos hechos: el echo de que fracasaran y el hecho de que transformaran el mundo.

Giovanni Arreghi (1989)

Son días sombríos para Egipto. Como las etapas de su viejo régimen, su sangrienta contrarrevolución, el entusiasmo revolucionario que en su día animó a las multitudes en Tahrir va dejando lugar cada vez más a la polarización, el cinismo y la desesperación. “todo es posible”, lamenta Omar Robert Hamilton del Colectivo Mosireen, en una pieza triste de Mada Masr, reflexionando sobre los días de esperanza cuando Mubarak había sido derrocado y los jóvenes y valientes revolucionarios egipcios propusieron un nuevo país. El campo se había abierto. Una multiplicidad de futuros llenó la imaginación de los egipcios.

Pero el espíritu de revuelta sin líderes que derrocó al dictador desde abajo está siendo asfixiado por arriba. La coalición de amplia base popular que derrocó a Mubarak se ha venido abajo. Los Hermanos Musulmanes traicionaron la revolución solo para morder más de lo que el poder del Estado podía masticar. Los liberales quemaron los restos de la credibilidad revolucionaria que habían perdido al saltar inmediatamente al carro de las aspiraciones totalmente antiliberales del ejército. El joven revolucionario que animó a la lucha en las calles se encuentra de nuevo marginado. Todo era posible. El campo estaba abierto. Pero el cielo se vino abajo y las puertas de entrada al nuevo Egipto se cerraron de golpe brutalmente.

Lo que está claro es que los poderes constituidos –los militares y la feloul (los restos) del antiguo régimen de Mubarak– no están empezando una remontada, sino que se reafirman en la violencia, que en realidad nunca cesó. La novedad es que el nivel de apoyo popular del ejército ahora parece ser mayor que nunca. Como en la revolución de 2011 se está realizando en sentido inverso: con una exhibición descarada de su arrogante confianza en sí mismo, Al-Sisi está distribuyendo profusamente caragos del poder entre sus comilitones, el Ministerio del Interior es su posición para recuperar el control de las calles, las fuerzas de seguridad ejecutan civiles con impunidad, se ha vuelto a declarar el estado de emergencia; Mubarak ha salido de la cárcel, y la plaza Tahrir, hogar espiritual de la revolución mundial de 2011, se ha reducido a una exhibición de banderas ondeando con patrioterismo militar.

¿Qué salió mal? ¿Cómo han podido los acontecimientos dar, de repente, un giro tan dramático para peor? ¿Quién tiene la culpa? ¿Y qué hay que hacer? Por desgracia estas preguntas críticas apenas se están abordando en los medios de comunicación, y en la medida en que son la línea de análisis a menudo reproducen la misma narrativa binaria simplista promovida por el ejército y los mismos Hermanos Musulmanes. De alguna manera, simplemente se ha vuelto imposible insistir en los matices y la reflexión: criticar a la Hermandad por su traición a la revolución y por apoyar el “golpe militar”, criticar al ejército por la brutal matanza de cientos de civiles y de la acusación de apoyar a los “terroristas” ¿Qué podemos hacer?

Promesas de fidelidad al acontecimiento revolucionario.

Es evidente que hay que empezar por prometer fidelidad inquebrantable al levantamiento revolucionario de 2011, el acontecimiento que agitó las aguas de la imaginación colectiva, liberó a la gente del miedo y la sumisión a la autoridad, inspiró al mundo y abrió el campo a la posibilidad de que las aspiraciones de emancipación radical de la multitud se abrieran a la realidad. En un nivel práctico, esto significa que se mantiene fiel no solo a las demandas de la revolución de “Pan, Libertad, Justicia Social”, o su objetivo final de lograr la “caída del sistema”, sino también a su forma de organización fundamental como una multiplicidad de movimientos sociales sin líderes, que no compiten por el poder estatal, sino por la dignidad humana y con sentido de autodeterminación. Tal declaración de fidelidad al acontecimiento revolucionario puede parecer obvia para algunos y sin sentido para otros, pero su urgencia aparece inmediatamente como evidencia cuando lo contrastamos con el oportunismo descarnado de las facciones que luchan entre ellas.

En la narrativa binaria que anima el discurso oficial de Egipto, la legitimidad se deriva siempre de una idea transcendental de soberanía. Para los opositores al golpe militar, la legitimidad del gobierno de Morsi residía en la letra de la ley y en el hecho de que había sido elegido en el marco de la nueva constitución. Para los partidarios de la toma del poder por el ejército, la legitimidad del gobierno militar de al-Sisi reside en el hecho de que consistió en “la restauración de la democracia”, como lo expuso lamentablemente John Kerry –expulsando a una fuerza política que era “suficientemente inclusiva” y, en el análisis final, fundamentalmente antidemocrática–. Paradójicamente, ambas partes lo que reclaman es una fuente de legitimidad que de alguna manera parece que se ha impuesto desde el exterior: por la ideología liberal internamente contradictoria del imperio norteamericano. No es de extrañar, pues, que ambos lados ahora afirmen haber sido “traicionados” por el gobierno de Obama, que utilizó por primera vez su liberalismo hipócrita para justificar el régimen de Mubarak, luego lo usó para justificar el gobierno de Morsi y ahora para justificar el régimen militar, continuando con el apoyo económico por la suma de 1.3 mil millones en ayuda militar al año. Pase lo que pase, el Tío Sam siempre da preferencia a los gobernantes de Egipto, nunca a los gobernados.

A esta idea transcendental de la soberanía y la hipócrita legitimidad de la unidad liberal constitucional es urgente ponerla en contraste con la inmanencia radical de la revolución misma. El levantamiento que derrocó a Mubarak fue espontáneo en el mejor sentido de la palabra, no en el sentido de que cayera llovida del cielo, sino en el sentido de que desafiaba cualquier forma de liderazgo o representación centralizada. La revolución era legítima no porque apelara a una idea trascendente de la soberanía, sino precisamente porque se legitimó en sí misma. Por otra parte, el deseo de dignidad, libertad y justicia social expresada en la revuelta no permitió que se redujera a una simple demanda de elecciones libres y justas. El objetivo era derribar no sólo a Mubarak, sino a todo el sistema de gobierno neoliberal autoritario. Huelga decir que ninguna autoridad preconstituida – ni la Hermandad ni el ejército – puede legítimamente pretender representar una lucha esencialmente anti-autoritaria tal. Ningún líder puede pretender hablar en nombre de una revolución sin líderes. La revolución sólo puede pretender hablar en nombre de una revolución sin líderes. La revolución tiene que hablar siempre por sí misma, y hoy se sigue hablando de nosotros como el eco de resonancia del acontecimiento revolucionario.

Visión de la liberación total de Tahrir

Por eso tenemos que tomar una postura firme contra aquellos que – tal vez comprensiblemente, pero sin embargo equivocadamente – afirman que la “derrota” de la revolución a manos del ejército es un resultado directo del fracaso de los revolucionarios (o del rechazo) para designar un liderazgo efectivo, organizarnos en un partido, redactar un programa político pragmático: en otras palabras, el “desprecio por la alta política” de los revolucionarios y su insistencia en la autonomía radical respecto del partido, del Estado y de la vanguardia. En un despectivo artículo de la revista London Review of Books, por ejemplo, Adam Shatz compara la revolución co un acontecimiento de 1960, “una reunión de diferentes fuerzas con frecuentes altercados que compartieron el escenario sólo para seguir su propio camino después del derrocamiento de Mubarak”. Para Shatz, los “revolucionarios de Egipto confundieron su creencia en la revolución con la existencia de una revolución”

La única forma de contrarrestar el cinismo nihilista y evitar las tentaciones vanguardistas sería contraponer inmediatamente a la desesperanza objetiva de la situación actual, nuestro firme compromiso con la “verdad” de Tahrir. Como ha señalado Alain Badiou el levantamiento del 25 de enero fue probablemente uno de los más puros acontecimientos revolucionarios desde la Comuna de París, precisamente porque se rechazó el liderazgo a favor del “movimiento comunista”, donde comunismo no se refiere al contenido ideológico o programático, sino a la organización de la estructura del movimiento de igualdad incondicional. No hubo fiesta para reunir a la multitud en Tahrir, sin vanguardia. No hubo un partido que liderara a la multitud en las manifestaciones, ni vanguardia dando instrucciones para asaltar el palacio presidencial, no había liderazgo que “moderara” sus demandas o que llegara a un acuerdo con la élite gobernante. Por supuesto hubo quienes se contentaron con la expulsión de Mubarak y la institución nominal de elecciones “libres y justas”, pero en su esencia la demanda revolucionaria de la caída del sistema era de naturaleza mucho más radical. En Tahrir ya se pudieron empezar a discernir los contornos de un tipo de democracia absoluta, un eco del futuro, una visión de liberación total.

Este es el motivo del cinismo de Shaft cuando dice que la existencia de una revolución total nunca ha llegado a la meta. Que sean o no totalmente desmanteladas las estructuras de dominación será en última instancia una cuestión del éxito de la revolución, no de su existencia. Lo que ahora importa es que se abrió un campo de posibilidades políticas en el que innumerables egipcios se comprometieron firmemente en un proceso de emancipación radical. Por lo tanto, hace bien Omar Hamilton al disparar de nuevo que “la existencia de la revolución no debe confundirse con la existencia de un liderazgo político.” La fidelidad al carácter de la revolución y al espíritu de la revuelta sin líderes significa reconocer que su potencial radicalidad no reside en hacer una copia de los desaparecidos partidos de la democracia liberal occidental, sino en este vuelco de confianza en la declaración a favor de un compromiso a largo plazo por una política de resistencia, una política que tiene como objetivo defender enérgicamente el ámbito de la posibilidad frente a los aparatos represivos del Estado. En palabras de Hamilton: “la revolución ha muerto cuando decimos que está muerta. La revolución ha muerto cuando ya no muramos por ella”.

Ya sean los trabajadores del acero en Port Said persiguiendo a la policía para echarles de las calles y declarar su independencia de Egipto, ya sean los trabajadores del textil en Mahalla declarados en huelga para obligar a sus patronos a acceder a sus reivindicaciones, o el colectivo independiente Mosireen para continuar informando sobre la revolución en su propio espacio autónomo del centro de El Cairo, las fundamentales políticas de resistencias giran en torno a la comprensión de que las demandas de la revolución, simplemente no pueden ser satisfechas en el estrecho espacio parlamentario otorgado por el imperio de EE.UU., el capital global y el ejército, y por lo tanto, debe comenzar desde una “distancia intersticial dentro y contra el Estado.” Como dice Badiu, ya es hora de sustituir la consigna de Mao durante la Revolución Cultural de “involucrarse en los asuntos del Estado”, por la consigna de radical autonomía: “Ustedes deciden lo que debe hacer el Estado y buscan los medios para conseguir que lo haga, manteniendo siempre la distancia desde el Estado sin someter nunca sus convicciones a su autoridad, ni responder a sus convocatorias, especialmente las electorales.”

Confiar en el poder constituyente de la multitud

La promesa de lealtad al levantamiento y la visión de Tarhrir de igualdad incondicional y absoluta democracia está muy lejos de ser un rapto de romanticismo. Desde lo más profundo, se trata de un reconocimiento del hecho de que la revolución es, por definición, un proceso, que el campo de la posibilidad abierta por el levantamiento debe ser permanentemente defendido de las fuerzas contrarrevolucionarias que tratan continuamente de cerrar ese espacio y contener el potencial que encierra. En otras palabras, comprometerse con el acontecimiento implica la comprensión de que la lucha por la libertad, la dignidad y la justicia social será hasta el final o no se alcanzará. Como dijo el Subcomandante Marcos del Ejército Zapatista de Liberación Nacional y como me han explicado en otros lugares , “la lucha revolucionaria es como un círculo: se puede empezar por cualquier punto, pero nunca termina”.

Comprometerse a unas luchas infinitas – lo que Simon Critchley ha llamado una “demanda infinita” – requiere un gran salto de fe. Esta no puede ser una fe dogmática en un ser trascendente o religioso con un maestro político, ni una fe ingenua en una figura representativa que de alguna manera marcha por delante para hacer realidad los objetivos de la revolución en nombre de todos los demás. Debe ser más bien una fe autorreflexiva en el poder constituyente y el potencial revolucionaria de la multitud como tal. “El paradigma del poder constituyente”, Toni Negri, escribe en sus insurgencias, “es el poder de una fuerza que rompe todo en pedazos, se rompe, se interrumpe, desquicia todo el equilibrio preexistente y toda posible continuidad.” Por tanto, “el poder constituyente está ligado a la noción de la democracia como poder absoluto. “En su introducción al mismo libro, Michael Hardt describe el conflicto irresoluble que surge inevitablemente de las tensiones fundamentales entre el poder creador y constituyente de la multitud y el fijo o poder constituido “de las constituciones formales y de autoridad centralizada”:

Mientras que el poder constituyente se abre a cada proceso revolucionario, abriendo a la vez las puertas a las fuerzas del cambio y la miríada de deseos de la multitud, el poder constituido se cierra a la revolución y la lleva de vuelta al orden. En cada una de las revoluciones modernas, el Estado se levantó en oposición a las fuerzas democráticas y revolucionarias e impuso el retorno a un orden constituido, un Thermidor que se ha recuperado o reprime los impulsos constituyentes. El conflicto entre poder constituyente activo y poder constituido reactivo es lo que caracteriza a estas experiencias revolucionarias. Después de la derrota de cada revolución, desaparecieron los deseos constituyentes, pero no murieron. Yacen bajo tierra a la espera de un nuevo tiempo y un nuevo lugar para brotar de nuevo en la revolución.

El Thermidor contrarrevolucionario de Egipto

Una vez que estamos en esta comprensión de la revolución como proceso histórico en el que el poder constituyente de la multitud entra en colisión con el poder constituido del Estado, las fuerzas revolucionarias también deben realizar una firme crítica de los análisis que – al igual que en un reciente informe de Reuters – afirma que “Egipto sigue dando bandazos en la anarquía” Nada más lejos de la verdad. El único experimento de Egipto con la anarquía – en la acepción griega de ausencia de reglas – fue infinitamente más pacífico, democrático e igualitario que este proceso de resurgimiento de la violencia feroz de la policía estatal. Durante el levantamiento de 2011, la Plaza Tarhir se convirtió efectivamente en lo que el famoso pensador anarquista Hakim Bey denominó “zona temporalmente autónoma”, un espacio anárquico de descentralización y auto-organización que presentó un germen de potencial radicalidad que todo el mundo pudo ver. La violencia contrarrevolucionaria desencadenada por el Estado autoritario, por el contrario, se opone diametralmente a la solidaridad anárquica de Tarhir y a la absoluta democracia de la multitud.

En realidad el aparente caos y violencia sectaria de la semana pasada son la negación misma del tan temido “descenso a la anarquía”. El derramamiento de sangra por las dos partes ha sido coreografiado por el aparato de seguridad represivo al cerrar el campo a la posibilidad anárquica que había sido un espacio abierto por la revolución. En este sentido, aunque la movilización de masas del 30 de junio hacía alusión a una renovación del impulso constituyente de la multitud, el derrocamiento de Morsi el 3 de julio, marcó el comienzo de la reacción termidoriana del ejército. El gobierno de al-Sisi aparece ahora empeñado en provocar un círculo vicioso de violencia retributiva de los islamistas precisamente para legitimar su propio poder absoluto. En pocas palabras, el ejército está aterrorizando a la Hermandad para crear los terroristas que alegue que han sido los que le han obligado a tomar medidas enérgicas contra ellos, aunque solo sea para convencer al resto de la población de la continuidad de su razón de ser como baluarte del fundamentalismo religioso. La radicalización voluntaria por parte del Estado autoritario de una generación de islamistas, significa la creación de las condiciones necesarias para su propia supervivencia.

Pero mientras que la sangrienta represión de la Hermanad Musulmana ha sido el eje de la estrategia contrarrevolucionaria de al-Sisi, su verdadera intención es romper a la multitud en pedazos haciendo que los representantes oficiales de sus distintas facciones (islamistas, salafistas, liberales, cristianos) se destruyan unos a otros entre ellos mismos compitiendo de forma miope por el poder del Estado. Ha sido exactamente por la cooptación al liderazgo de las distintas facciones, lanzando a unas contra otras, que el ejército ha sido capaz de mantener su control sobre el Estado. Mientras los generales tengan la clave para estar en el gobierno, ya sea explícita o implícitamente, los líderes de todos los partidos interesados en tomar el poder tendrán que besar sus pies y garantizar la supervivencia de sus privilegios económicos y políticos. En este contexto, la participación en las elecciones compitiendo por el poder del Estado no sólo implica una traición definitiva a las demandas de la revolución para derrocar al sistema, sino que también sería el camino más seguro para la autodestrucción de los revolucionarios políticos.

Para ver lo que sucede con los movimientos populares una vez que comiencen a mostrar sus aspiraciones al poder del Estado, no busque más allá de la Hermandad Musulmana. En las elecciones SCAF organizadas a regañadientes, la miope dirigencia de la Hermandad Musulmana hambrienta de poder se dejó seducir por un pacto fáustico con el ejército. Después de un año se había ahogado en sus propias ambiciones. Como informó el New York Times “las líneas duras de los servicios militares y de inteligencia que siempre habían despreciado a la Hermandad Musulmana vieron que el experimento de grupo en el poder podría haberles dejado en un estado más vulnerable de lo que habían estado en cualquier otro momento de sus ocho décadas bajo tierra”. Esto envalentonó a al-Sisi para provocar una ola de descontento popular con el fin de eliminar a Morsi del poder, abrir el Estado a la oposición para seducir a la élite liberal eternamente hipócrita con el fin de que traicione sus sensibilidades democráticas mal fingidas para situarse a la derecha en brazos de los generales. El ejército ha cooptado. El ejército ha cooptado de forma parecida al joven liderazgo de Tamarod que inicialmente convocó a la movilización de masas el 30 de junio, y en el futuro indiscutiblemente tratará de hacer lo mismo con cualquiera que aspire vanamente a representar a la multitud constituyente.

¿Puede ganar alguna vez el bando desarmado?

La conclusión es clara: solo una lucha sin fin y sin dirección exhibiendo un espíritu de democracia absoluta y la fidelidad incondicional a la revolución de 2011, podrá resistir este formidable poder de cooptación de los militares. Solo las masas descentralizadas pueden sobrevivir a una represión implacable a manos del Estado autoritario jerarquizado. Por eso debemos rechazar enérgicamente a los falsos profetas de la izquierda estadounidense y europea, que siguen instando a los revolucionaros de Egipto a desarrollar alguna forma de estructura y liderazgo formal y a organizarse en un partido para que puedan presentarse a las elecciones y comenzar su larga marcha a través de las instituciones a fin de ir poco a poco desplazando al ejército del poder y crear las condiciones para el funcionamiento de una democracia liberal. Tales exhortaciones reformistas bien intencionadas pueden ser intuitivamente comprensibles, pero son en última instancia inútiles en la práctica.

Hoy más que nunca está claro que sólo el poder de la calle puede hacer retroceder al ejército (o cualquier otra forma de autoridad ilegítima que pretenda ejercer su dominio sobre el pueblo egipcio). Sólo las tácticas de enjambre de las multitudes en red tienen una posibilidad de romper las cadenas jerárquicas de mando que sustentan los amarres de los generales a la sociedad. Como Hardt y Negri afirman en multitud, “para un poder centralizado, tratar de hacer retroceder a una red es como tratar de hacer frente a una riada con un palo.” Por supuesto que esto no quiere decir que los revolucionarios prevalecerán necesariamente. Resistir con éxito la cooptación y la represión es una cosa, conseguir la victoria, es un asunto diferente. Uno puede sobrevivir a una masacre sangrienta y permanecer exquisitamente puro en sus ambiciones revolucionarias solo para ser derrotado por un enemigo mucho más poderoso.

Y así, como nos recuerda Omar Hamilton, los revolucionarios deben enfrentarse ahora a una terrible cuestión: ¿Puede ganar alguna vez el bando sin armas? En este punto, desde luego, no lo parece: a juzgar por lo que podemos ver, los avances contrarrevolucionarios de al-Sisi parecen imparables. Pero aunque hay que reconocer el formidable poder de fuego de las fuerzas armadas y la policía, es muy importante no sobreestimar la estabilidad del régimen actual. En los últimos dos años y medio, el mando militar se ha visto obligado –solo por causa de la agitación de las multitudes revolucionarias– a maniobrar para salir adelante en las posiciones más incómodas imaginables: ha tenido que sacrificar a uno de los suyos, Mubarak, en su desatinado camino del gobierno directo (bajo el SCAF) y entrar en un matrimonio de conveniencia con su Némesis anterior (Morsi) para participar en una intervención militar abiertamente inconstitucional sólo un año después presidir las primeras elecciones “libres y justas” en el país y de la redacción de la primera constitución “democrática”.

Lo que parece cierto es que el ejército no eligió nada de esto. Desde 2011, de una forma u otra, ha estado continuamente a la carrera. Sin duda ha respondido al fervor revolucionario de las masas con una mezcla de astucia retórica pro-revolucionaria y la represión contrarrevolucionaria, pero no puede garantizar de ninguna manera la supervivencia de su gobierno. Si los acontecimientos de los últimos dos años y medio nos han enseñado algo, es que los vientos de cambio se convierten rápidamente en un contexto de crisis constante, sobre todo cuando los nuevos actores sociales están dispuestos a poner sus vidas en línea para defender su revolución. Por otra parte, y a pesar de recibir miles de millones de dólares en ayuda oficial de Arabia Saudita y de los Emiratos Árabes Unidos, la economía egipcia sigue siendo presa de una devastadora crisis de la deuda y las reservas de divisas, que la han empobrecido severamente. Si los generales no consiguen establecer la calma en los mercados y en las calles, los rápidos avances de la contrarrevolución todavía pueden rebotarles en la cara, en forma de venganza revolucionaria.

Después de todo, como siguen recordándonos hoy en día nuestros amigos egipcios, aunque la lucha haya sido obligada violentamente a abandonar temporalmente las calles, aunque el ejército haya cooptado a los que decían representar a la auténtica Tahrir, incluso si las distintas facciones de la multitud se pasaran para ir de un lado a otro o para satisfacer su insaciable ansia de poder, aunque el campo de posibilidades se cerrara sobre sí mismo y las puertas que llevan a otro Egipto estén siendo brutalmente cerradas de golpe por al-Sisi y sus secuaces, la revolución seguirá viviendo mientas haya revolucionarios dispuestos a morir por ella.


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*Jérôme E. Roos es doctor en filosofía y trabaja actualmente como investigador de la Crisis del Débito Europeo en la Universidad de Florencia. Es licenciado en Ciencias por la Universidad de Bolonia, en economía por la London School of Economics. Tiene varios títulos académicos más. Sus obras son traducidas a más de 30 idiomas.

 

Fuente: http://roarmag.org/2013/08/egypt-the-revolution-lives-as-long-as-we-will-die-for-it/

 


 

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