DELINCUENCIA, FINANZAS Y GLOBALIZACIÓN

 

Recensión del libro por Liliana Pineda*

Ilustración de O COLIS para Zonaizquierda.org



«Logreros bebiendo sangre endulzada con mierda,

 y tras ellos… f y los financieros

 pegándoles con alambres de acero. 
Y los subvertidores del idioma

 … n y la pandilla de la prensa

 y los que habían mentido a sueldo;

 los pervertidos,
los pervertidores del idioma,

 los pervertidos, que han antepuesto el deseo del dinero

 a los placeres sensuales.»

The Cantos. Ezra Pound. 1934

 

La reparación de las ventanas rotas

Hoy el capitalismo no se puede entender sin analizar el fenómeno de la delincuencia organizada. Abordar el concepto de delito ya supone un posicionamiento ideológico concreto, y su definición es adecuadamente utilizada para describir una serie de comportamientos forzosamente rechazados por el sistema.

 

Quienes detentan y monopolizan el poder (instituciones financieras, corporaciones empresariales, o gobiernos de determinados países), determinan en buena medida quiénes pueden ser o no ser delincuentes e infractores, y quiénes son y se preparan, coordinan u organizan para cometer delitos.


En los últimos años, lo que se conoce convencionalmente como “delincuencia organizada” o “crimen organizado”, ha sufrido una metamorfosis sustancial, sobretodo en la percepción social que se tiene del fenómeno… Ya culminó aquel tiempo en que los medios de comunicación presentaban a los grandes capos y a los cárteles de capos, como fuerzas capaces de controlar el tráfico de drogas a nivel mundial y alterar el orden de las finanzas en los dos hemisferios. Si los grupos criminales “identificados” en décadas anteriores, estaban ligados principalmente al narcotráfico y al terrorismo, actualmente son más las tramas descubiertas vinculadas a delitos económicos y de corrupción (como el cohecho, la extorsión, el fraude fiscal, inmobiliario o financiero, la receptación y el blanqueo, o el tráfico influencias), las que saltan a las portadas de los medios de comunicación, y en las que suelen revelarse conexiones nacionales e internacionales de normalización o regularización, en función de la complejidad de sus métodos y las técnicas utilizadas para generar, invertir, mezclar u ocultar ganancias ilícitas, o encubrir conductas delictivas y comportamientos ilegítimos.


En el libro colectivo* “Delincuencia, finanzas y globalización”, [escrito por Armando Fernández Steinko (a cargo de su edición), Letizia Paoli, Bernd Shunemann y María Laura Bohnse, entre otros académicos y expertos, y prologado por el Magistrado de la Audiencia Nacional Ramón Sáez Valcarcel], se rebate la doctrina de la «reparación de las ventanas rotas» y se citan autores que afirman: “El delito no existe”, delitos, crímenes, actos desviados, o riesgos o peligrosidad, serían valoraciones que la sociedad hace de un comportamiento, en un espacio y tiempo determinados, en las que intervienen los cambios sociales, culturales y económicos, y el poder político… El propósito del libro, sin embargo, no es relacionar dichos comportamientos con los sistemas legales vigentes para luego determinar cuáles han sido descarriados y cuales ajustados a derecho; ni, mucho menos, hacer un seguimiento de las modificaciones normativas en su proceso de adaptación a los nuevos comportamientos (admitiendo eso sí, que los cambios sociales, económicos y culturales influyen, aunque no de forma lineal ni simple, en la tasa de criminalidad); o bien, invitar a realizar un teoricismo alejado de la realidad, o a minimizar la capacidad humana de generar certezas, “aun cuando éstas siempre deban ser provisionales y relativas”.


No, el propósito que se desprende de la lectura del libro, y por lo que resulta más interesante su aportación, es porque abre interrogantes e intenta responder preguntas como: “¿Quién es exactamente ese conjunto de sociedades y gobiernos que se viene en llamar globalización y cómo influye ésta sobre el delito?”, o esta otra, que nos resulta a la vez muy hábil y oportuna: “¿la llamada crisis financiera es un fracaso del sistema o un crimen organizado global?”.


Desde un análisis contrastado de los datos citados, en el libro se estima la percepción ciudadana de conductas delictivas hipotéticas o reales como un hecho social en sí mismo, es decir, como una realidad social “objetiva”, pero sin admitir que esa percepción sea el fenómeno en sí. Y desde una visión crítica con la obra de subjetivistas posmodernos, en sus páginas se aboga por una criminología apta para analizar los fenómenos criminales en su particularidad histórica, más que en su generalidad lógica, proponiendo, asimismo, que esta ciencia social sea capaz de señalar dónde está la frontera entre lo subjetivo y lo objetivo, es decir, entre las percepciones del delito o del riesgo y la existencia de conductas o riesgos reales. Para ello nos recuerda la influencia que ejerce el poder en los procesos de criminalización, y cómo los nuevos criminales son «cosas» que generan una inseguridad difusa e inaprensible, a la vez que abstractas e inaccesibles a la verificación empírica.

Las cifras “mágicas”

En las páginas de este libro se relata exhaustivamente cómo, en todos los países, se ha producido la “sobrecriminalización” del narcotráfico (más de la mitad de la población penitenciaria lo es por razón de esta conducta), y cómo, a base de reproducir “certezas” que no están basadas en trabajos empíricos, se ha conseguido concentrar en este fenómeno los peores males y desgracias del mundo: el sida, la desestructuración familiar, la inseguridad ciudadana, el incremento en el número de homicidios, la debilidad de los Estados… mientras, paradójicamente, las situaciones de emergencia financiera provocan en los legisladores un aumento de la tolerancia y desregulación frente a toda clase de transacciones de activos financieros, incluso frente a aquellos de origen ilegal. En el libro no sólo se registra este hecho sino, además, se niega la existencia de países gamberros o fallidos que aprovechan económicamente la degradación de la salud de los habitantes de los países serios. También se fundamenta la tesis de la responsabilidad compartida entre los dos hemisferios, en lo que se refiere a las finanzas del narcotráfico, y se aborda el análisis del reparto de los excedentes generados por el delito, diferenciando cuando se hace entre unos pocos actores, o entre varias decenas de miles. Asimismo, se entra de lleno en una de las cuestiones más espinosas del estudio del fenómeno: la economía del narcotráfico, y se refutan las cifras “mágicas” incluidas en muchos documentos oficiales, periodísticos, e incluso en algunas publicaciones académicas…


Los autores insisten en la idea del mestizaje criminal: “el delito coexiste con comportamientos plenamente insertados en el lado legal de la vida de muchas personas”. La violencia, el dinero fácil, las drogodependencias, la degradación política e institucional… no se producirían por la exclusiva acción de los mercados ilegales. Los principales protagonistas de estos últimos serían los demandantes de sus productos y servicios, muchos de ellos situados en el corazón de las élites políticas y económicas de los países más empeñados en luchar contra dichas finanzas. Los vinculados al narcotráfico (importadores y distribuidores) serían individuos normales, antes que personas marginales. Este mestizaje también dominaría el campo de la delincuencia de cuello blanco, y, más concretamente, el de la criminalidad económica.


Pero la prevención sistémica del delito, afirman los autores del libro, comienza con “la reparación de ventanas rotas” y no ataca efectivamente sus causas, sino sólo sus síntomas, “no reduce el delito, sino que lo mueve de sitio, no declara la guerra a la pobreza, sino a los pobres”, invirtiendo las causalidades: “el crimen es el que le crea problemas a la sociedad en vez de reconocer que es la sociedad la que crea el problema del crimen”; y por eso, insisten, sólo una opinión pública consciente de su diversidad, podrá aprender a convivir de otra forma y enfrentar el delito, pues ella misma habrá participado en su definición a partir de criterios racionales y razonados.

Las paradojas del crimen organizado

En el libro también se realiza un análisis crítico de las analogías entre organizaciones criminales y empresas multinacionales, así como de la noción del crimen organizado considerado un conjunto de colectivos ilegales. Con el fin de poder presentarlo como un grave problema global, afirma uno de los autores, se fomenta el paralelismo entre los mercados legales y los mercados ilegales, que llevan a concluir en muchas ocasiones cierta similitud entre quienes proveen los mercados de productos y servicios ilegales y la provisión de bienes y de productos legales, reduciendo de esta manera, hasta el ridículo, los requisitos organizativos exigidos para poder hablar del fenómeno, pues incluso las redes fluidas y dinámicas son tenidas por organizaciones, ignorando, además, otros estudios (estos sí debidamente acreditados), que describen una realidad bien distinta: la provisión de bienes y servicios ilegales se lleva a cabo de una forma desorganizada.


Otra de las tesis que se expone en sus páginas: “las paradojas del crimen organizado”, sostiene que los empresarios ilegales encarnan de manera extrema el espíritu animal del capitalismo. La separación entre empresas que utilizan la fuerza y empresas con ánimo de lucro no siempre existiría ni habría existido. En las organizaciones de tipo mafioso, dicho proceso de diferenciación no se habría dado, o sólo se habría producido en una muy pequeña parte, y su naturaleza sería mixta: familiar (o de parentesco ritual) y política. Esta fórmula mixta, organizativa, parece ser esencial para la supervivencia de grandes colectivos fuera de la ley aun respecto de aquellos cuyo objetivo principal no es económico, incluidas las bandas juveniles y los grupos terroristas.


Las limitaciones generadas por la naturaleza ilegal de los productos que proporcionan las estructuras de tipo mafioso impedirían que formasen sociedades capitalistas modernas. Entre estas limitaciones se señala, como una de las más importantes, el hecho de que estén obligadas a actuar sin el Estado, es decir, sin un sistema coherente de normas y sanciones que garantice la seguridad de los acuerdos; y un aparato, institución o soberano al que recurrir (para hacer cumplir un contrato o impugnarlo en caso de desacuerdo, daño o incumplimiento), y que cuente con autoridad y capacidad de imponer los términos de una transacción o una resolución. Esto, a la vez, pese a la incorporación de cambios tecnológicos, restringiría su alcance geográfico, debido a la dificultad de controlar eficazmente a agentes distantes, y limitaría las posibilidades de integración vertical, propia de las empresas en el sistema capitalista.


Por consiguiente, según esta tesis, los derechos de propiedad en este tipo de negocios ilícitos estarían mal protegidos, los contratos de empleo apenas podrían formalizarse y sería muy difícil la creación de grandes compañías con una organización seria y perdurable. Así, el fraude, la fuerza y la violencia siempre serían las opciones de los empresarios ilegales, y sólo recurrirían al regateo pacífico cuando el enfrentamiento se produce entre iguales o cuando con ello se aseguran futuras oportunidades de intercambio. Pero también la estrategia de la segmentación de la empresa para reducir el número de personas con conocimientos directos y de primera mano que pueda involucrarles en el negocio ilegal, reduciría su vulnerabilidad. Las empresas ilegales tenderían, según nuestros autores, a tener un alcance local y a no incluir delegaciones en más de un área metropolitana; y las estrategias para minimizar riesgos fomentarían sus estructuras flexibles, frenando todo desarrollo que pudiera parecerse a una burocracia.


Por tanto, de acuerdo con este análisis, las organizaciones mafiosas dejarían de ser un referente adecuado del denominado crimen organizado, y serían las funciones políticas y “los mercados” (más que los elementos económicos del delito), los que tendrían una mayor relevancia. La provisión de nuevos productos ilegales como el blanqueo de capitales, atraería tanto a empresarios con experiencia en otros productos, como a nuevos actores. Incluso las grandes empresas legales podrían tener actividad en mercados ilegales si logran vincularse a mercados legales más grandes. “Los mercados ilegales prosperarán siempre que haya una demanda de productos ilegales por parte de la población”. Pese a esta conocida advertencia, es el éxito en la lucha contra elementos económicos del delito (blanqueo de capitales) lo que parece determinar cuestiones tan trascendentales como la estabilidad financiera, la salud mundial, la seguridad colectiva, la derrota de terrorismo, o incluso la legitimidad de los sistemas políticos. Sobre este aspecto merece la pena citar como ejemplo el siguiente titular del país (11/05/14): “El gobierno crea un fichero contra el blanqueo con 34 millones de cuentas. […] es el nuevo instrumento con el que contará el Gobierno para combatir el blanqueo de dinero y la financiación del terrorismo”…


Por eso los autores del libro insisten en formular las siguientes preguntas: “¿cómo y por qué causas se ha producido el proceso de criminalización de los comportamientos asociados al blanqueo?”, “¿quiénes y por qué han construido este discurso sin necesidad de recurrir a una exploración racional y científica de la realidad, teniendo en cuenta su aparente relevancia para la seguridad política y financiera de no pocos países y la propia complejidad de este delito?” El problema que plantean, por tanto, no es solo decidir si las consabidas “certezas” se corresponden con la realidad o no, sino cuál es el método para intentar averiguarlo.

El enemigo no está dentro, sino fuera…

Otra de las “certezas” que se refutan en el libro, asocia la inestabilidad del sistema financiero con una serie de prácticas económicas como el blanqueo de capitales; mantiene la tesis de que “el enemigo no está dentro, sino fuera”, y sirve para achacar al comportamiento del dinero ilegal, “cuyo origen principal es el gran narcotráfico”, fenómenos sangrantes como la especulación inmobiliaria, la revaluación de la moneda, y los comportamientos económicamente irracionales. Un discurso penal sin base empírica. Y es que el blanqueo de capitales, según los autores del libro, no es un delito económico sin más... su tipificación penal supone una ruptura con algunos principios del derecho y estaría asociada a una serie de temores y riesgos que afectan a la integridad del sistema financiero internacional, pero también a las políticas de seguridad de no pocos países, que propugnan la militarización de la justicia criminal. Además, también coincide en el tiempo con una tendencia que va en sentido contrario: la desregulación del sistema financiero internacional que condujo al colapso de 2008. El libro clarifica este movimiento aparentemente contradictorio entre regulación y desregulación y devela cómo el uso de casos no representativos (para intentar demostrar la realidad global del blanqueo procedente del narcotráfico), sirve para subestimar el peso del blanqueo procedente de delitos de cuello blanco, a pesar de que éstos generan cantidades muy superiores de dinero ilegal.


Si el grueso de los dineros que todos los Estados del mundo pierden anualmente como consecuencia de los delitos contra la hacienda pública —otro de los datos que se nos proporciona en el libro— se queda en Estados Unidos, Inglaterra o Suiza, y acaba transformándose en consumo de los defraudadores y evasores fiscales, es perfectamente comprensible que estos países no estén interesados en regular y controlar o desarrollar una lucha contra todo el dinero ilegal, sino sólo contra una parte del mismo.


Pero...aún planteando una lucha contra la totalidad del dinero ilegal ¿cuáles son los medios, los organismos, de que dispondríamos para llevar a cabo dichas regulaciones y controles? ¿Son realmente necesarios mecanismos represivos para hacer frente al fenómeno del blanqueo de capitales? ¿La intensidad y extensión de la represión penal se justifica desde el entendimiento de los intereses que se deben proteger? ¿A qué se refiere un Estado cuando habla de seguridad? Estas son otras de las preguntas molestas que formulan los autores… “Que la seguridad responda a una determinada racionalidad política no significa que sea un invento de los políticos”. Según Bauman, citado varias veces, “solo la libertad individual, que es determinada por la dinámica social, en combinación con los movimientos sociales, podría traer consigo certeza, seguridad y protección”. “El problema -contesta uno de los autores- radica en que en la práctica postmoderna-neoliberal la libertad se reduce a la libertad de decisión de los consumidores, y para disfrutarla hay que ser en primer lugar consumidor, lo cual deja a millones de personas fuera de juego. […] el exceso de libertad desregulada provoca caos y destrucción (la crisis financiera desatada en el 2008 es un claro ejemplo de ello)”.


¿Deberíamos entonces abordar la crisis financiera actual con los instrumentos del derecho penal?, ¿es este un instrumento adecuado para impedir que vuelva a suceder lo mismo? El absurdo, según Shunemann, podría llevar a suprimir el dolo penal cuando se trata de transacciones de miles de millones de dólares gestionados por intermediarios bancarios que se fían de la valoración de las agencias de calificación crediticia. La llamada crisis financiera se vería como una catástrofe natural en lugar de apuntar la necesidad de depurar responsabilidades individuales. Sin embargo, ¿puede o hubiera podido tipificarse el comportamiento de los agentes bancarios que, con sus prácticas globales a escala gigantesca, fueron los causantes de la catástrofe? En las páginas del libro se ataca el argumento más utilizado en las instituciones de la UE (“para quienes la denominada crisis financiera se considera un hecho consumado”), de que no tiene sentido buscar como culpables de los hechos a personas individuales porque esta conducta obedece a mecanismos estructurales de los sistemas empresariales, que no se pueden ni superar, ni evitar. Esta tesis institucional legitimaría comportamientos criminales organizados por autoridades estatales, pero ejecutados por “dóciles personas dispuestas a obedecer órdenes de una autoridad superior, aunque realmente se trate de comportamientos coordinados desarrollados por un grupo de profesionales que no han recibido presiones por parte de nadie, y menos por parte de autoridad estatal alguna”.


¿Qué se puede hacer entonces en el campo de la justicia? Desde ahora, se nos dice, se puede adelantar una respuesta negativa a la tesis institucional, pero es imprescindible analizar con detenimiento si quedan algunas lagunas o resquicios en el derecho penal…


Probablemente, después de leer este libro, quienes practican habitualmente la abogacía ejerciendo acciones jurídicas contra los cuellos blancos que perpetran y han perpetrado este tipo de conductas devastadoras, se sentirán interpelados ante este último llamamiento que se reseña, y puede que se arroguen la capacidad de encontrar y de secar esas lagunas, o de taponar algunos de esos resquicios que se mencionan, para no seguir legitimando al menos, como profesionales del derecho, comportamientos criminales organizados por conocidas autoridades estatales pero ejecutados por dóciles personas dispuestas…

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Liliana Pineda es abogada y doctora en ciencias políticas.

* http://web.icam.es/bucket/Invitaci%C3%B3n%20Libro.pdf

 

  

 

 

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