GANEMOS... SI PODEMOS*

Texto e ilustración de O COLIS para Zonaizquierda.org 

 

La historia de las plantas carnívoras comenzó cuando los remotos seres vendobiontes, que las apareaban casualmente, iniciaron un incesante crecimiento en número y capacidad de arraigo y permanencia. Aquellas plantas gimnospermas empezaron siendo inflorescentes, tristes, recogidas en sí mismas, aunque fuertes, porque también, como ahora mismo, en aquellos tiempos olvidados lo débil era inviable.


Aquellas plantas no reían ni se divertían nunca, sólo trataban de ganar terreno, arraigarse, aferrarse para quedarse allí donde surgían, agarrarse bien. Y, poco a poco, la glándula que regía su destino, pues no tenían razón ni pensamiento, les enseñó a suplir su inmovilidad e incapacidad innata para extenderse sobre la tierra, utilizando y dejándose utilizar por los seres que se acercaban a ellas para comérselas. Y para ello fueron aprendiendo a seleccionar llamativos y apetecibles brotes que las preservaran enteras o vivas y con futuro de especie: y por eso, y sólo por eso, se hicieron fanerógamas. Y si lo hicieron tan resueltamente fue porque entendieron, de aquella manera en la que entienden las plantas, que para poder seguir siendo viables debían transformarse estratégicamente en víctimas sumisas y oferentes.


Aquellos brotes tiernos que las plantas comenzaban a ofrecer eran de colores muy vibrantes y apetecibles a la sorprendida voracidad de sus depredadores. Esas partes vivas a las que tácticamente renunciaban de antemano eran muy diferentes e independientes al cuerpo que les importaba, el cuerpo que se enraizaba, el que permanecía y las perpetuaba entre las especies vivas.


Pero también los seres ondulantes que las devoraban comenzaron a variar su forma y movilidad; la glándula que les regía a ellos les fue seleccionando herramientas vivas con las que aprovechar las diferentes, variadas, tiernas y sabrosas ofrendas de los seres blandos e inmóviles que les ofrecía ahora el mundo vegetal, generalmente mucho más áspero y leñoso.


Los renovados carpelos de aquellas angiospermas hicieron posible su germinación a través del deseo de los primeros artrópodos seducidos por ese polen lumínico y delicioso, que a ellos les daba tanta fuerza. Así, la delicadeza oferente de las flores de las antepasadas de las plantas carnívoras se adecuó para la protección del óvulo génetrix y para la dispersión de las semillas de las plantas de las que surgían.


La adaptación de los artrópodos, seducidos completamente por las delicias de las flores, hizo que decrecieran estratégicamente de tamaño para ganar en precisión y selección depredadora, y se convirtieron en delicados bailarines en el aire, desarrollando alas y hélitros con los que proteger esa tierna y eficiente forma de posarse en las deliciosas ofrendas e ir rápidamente de flor en flor, de una a otra, a muchas otras. Incluso se hicieron protectores de las plantas, recogedores y propagadores de sus delicias.


Y, por un tiempo, y considerando lo innumerable de todos ellos, las plantas y los insectos reinaron sobre la superficie de la Tierra. Miles de diferentes variedades simbióticas, miles de miles de millones de individuos. Pequeñas y delicadas flores para pequeños y delicados insectos. Y tan bien les iba juntos que, en algunos lugares especialmente feraces, convenientemente iluminados y refrescados, las plantas aumentaron su tamaño y los insectos crecieron con ellas.


Había tantos y tantas, todos tan variados, que empezaron a confundirse, a mezclarse y a tropezarse. Pero los voladores más voluminosos y abusones pretendían libar todas las flores, aunque no pudieran entrar en las corolas más pequeñas porque su tubo succionador era demasiado grande y destrozaba las flores. Al volar de una a otra, pero siempre llevando casualmente adherido a sus patas el polen vibrante, iban dejándolo aquí y allí, seguían cumpliendo la función para las que las plantas habían hecho que surgieran las flores. Pero con aquellos granitos vivos y amarillos de cadmio llegaba también todo el llanto, el dolor, el temor de las flores que los produjeron y contuvieron. Aunque la alerta y el dolor de las flores ofrenda de las plantas en las que brotaban era en realidad la alerta y el dolor de las plantas, porque eran ellas las que temían por su propio futuro, las flores en sí no importaban, ni siquiera se importaban a sí mismas. Por eso las plantas tuvieron que readaptar su estrategia de pervivencia e instruir a las flores en su propia protección. Y así, enseñando las plantas a sus esclavas a protegerse para protegerse ellas, las envolturas carpetales, los pétalos de las flores más pequeñas desarrollaron la capacidad de retraerse cuando el insecto que se posaba en ellas era demasiado grande, impidiéndoles la entrada. Y funcionaba bien porque aquellos pétalos se fueron haciendo gruesos, grandes e impenetrables, incluso para los voladores más voluminosos.


Y entonces, las antepasadas de las carnívoras, conscientes de su importancia e impenetrabilidad, comenzaron a encapricharse por su cuenta de los seres duros, torpes y oscuros que las visitaban, permitiendo incluso que entraran en su interior y fisgaran. Un día, algunas de aquellas atrevidas flores juguetonas, sabedoras también de su superioridad, se cerraron con el insecto dentro de ellas. Aunque enseguida les dejaron escaparse, entendiendo que habrían aprendido la lección de fuerza como advertencia. Por las noches, con la risa secreta de las flores, contaban a sus vecinas la experiencia, la conquista, las cosquillas, los apuros del invasor y su huída, aunque, claro está, con el polen prendido en sus patas. Pero las plantas de las que brotaban esas flores, siempre previsoras y atentas a su destino, comenzaron a desarrollar conductos y jugos, bolsas y pliegues con los que almacenar a los débiles intrusos, para después de capturarlos, disolverlos y deglutirlos. Y como para ello necesitaban de la complicidad de la flor fingieron que las hacían más suyas, asegurándoles que ya no eran brotes de seducción, sino prolongaciones de su ser, instrumentos de depredación, sí, pero todo en un mismo cuerpo, de las raíces a la boca, somos una, aseguraron. Y así, las flores atentas a su nueva función fueron perdiendo los inútiles colores vivos y la delicadeza de sus formas, y su color fue siendo el mismo color turbio de las plantas, y desarrollaron dentaduras vegetales a las que no afectaban los ácidos disolventes que surgían de las raíces, subiendo por los tallos, siempre todo más abajo, y cada vez más pequeño y eficiente.


El cuerpo de las plantas carnívoras fue decreciendo, y los pétalos de las flores fue creciendo pero disminuyendo en número, pues para esa función esencial sólo necesitaban dos pétalos mandíbula; aquella gran boca era la cabeza de la pequeña planta, y la glándula de las flores, que ya no era delegada de la glándula de la de las plantas, sino independiente, aconsejó que sólo hubiera una flor por planta, una sóla cabeza. Y por eso ahora, las plantas carnívoras son todo cabeza de lo que un día fue pequeña flor.


Después de mucho tiempo han seguido conservando aquél extraño poder de seducción para los incautos insectos, y como lo han especializado, incluso lo ejercen con los pajarillos, roedores o seres más pequeños. Algunas flores siguieron creciendo y endureciéndose, otras se escondieron entre las rocas, pero todas son fuertes y temibles. Las que en tiempos olvidados fueron las flores ofrenda de plantas tristes y asustadas, ahora son como fueron aquellas plantas, en realidad son ellas mismas, silenciosas y tristes, y ya nunca ríen, pero están siempre atentas a los cambios. Lo único que no han sabido superar, después de tanto tiempo, es su inmovilidad.


Pero, podría suceder que un día las plantas carnívoras, como un día hicieron los peces saliendo del agua, aprendieran a pervivir sin vivir permanentemente enraizadas en la tierra y comenzaran a volar, como plantas anfibias, y puede ser que entonces las glándulas que nos rigen a todos nosotros se afanasen tácticamente en aconsejarnos nuevas formas oferentes que nos garantizasen el derecho a existir, que tan antropocéntricamente consideramos ganado, y aprendiésemos a dejarnos brotar de flores, o de estratégicas y extrañas hiperplasias que sedujeran a esos seres mitad vegetal, mitad animal, cuando vinieran a devorarnos, y con ello poder engañarles y seguir todos vivos. Y así quizá tuviéramos alguna oportunidad de pervivir, incluso podría ser que con nuestras estratégicas ofrendas les ganemos, como un día hicieron ellas con los seres planta que las tiranizaban. Por eso tendremos que estar muy atentos a cualquier cambio de las plantas carnívoras...

 

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*Metáfora sobre la necesidad de mantener la influencia incluso frente a la confluencia...
 

  

 

 

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