La protesta global no es nacionalista

 

Por Octavio Colis para Zonaizquierda.org

Ilustra RB OC


Desde hace ya algún tiempo se están produciendo en el mundo nuevas formas de manifestaciones y protestas callejeras expresadas en idiomas diversos, que cada vez coinciden más entre ellas en los eslóganes, acusaciones y denuncias, y en el tipo de gente que las expresa, muy mezcladas las clases sociales, edades, razas y orientaciones personales y políticas, en una misma sincera y espontánea reunión de clamores, intereses y objetivos. Son gentes que reclaman democracia real y participación efectiva -indignadamente pero con moderación, todavía- en las decisiones políticas que les atañen. Los parlamentos nacionales se han convertido en el muro infranqueable de esas pretensiones populares porque los políticos son cada vez más corporativistas (y por tanto más refractarios al interés de sus representados) y protegen su propio sistema de representación apelando al voto obtenido, asunto este que les cualifica para acometer sus planes, aunque esos planes respeten poco o nada el programa con el que se presentaron para ser elegidos, por el que fueron elegidos precisamente.


Aunque la prensa y los grandes medios internacionales no se hagan eco de ello, o lo hagan muy sumarialmente, en estos días estamos viviendo un significativo clamor popular internacional callejero en favor de la decisión del gobierno griego, que ha entendido que la cuestión que deben dirimir urgentemente es política y no económica, y ha decidido consultar a los griegos sobre algo que les atañe tan directamente como es si deben plegarse o no a las decisiones que sobre su futuro han planeado sus acreedores. Por cierto, en muchos casos acreedores desconocidos o escondidos, porque cuando el gobierno griego ha tratado de hacer una auditoría sobre la legitimidad de la deuda que se le reclama por parte de la Unión Europea, ésta se ha negado a ofrecer información precisa sobre esos acreedores, aportando solamente la identidad de los testaferros e intermediarios que las reclaman por aquellos.


Cuando algunos pocos periodistas han tratado de sacar a la luz el nombre y las actividades de esos acreedores ocultos implicados en una gran trama de chanchullos infinita que cose y compromete al mundo de parte a parte a los intereses de unos pocos, han sufrido persecución laboral, política, y en muchos casos exilio o incluso asesinato, viéndose además convertidos por la perrea de los periodistas de los grandes diarios y medios afectos a los lobbies (RAE: grupo de personas influyentes, organizado para presionar en favor de determinados intereses) en seres despreciables e interesados ilegítimamente en cuestiones que no les atañen.


La prensa internacional responde muy fielmente al discurso del amo y en España sufrimos muy especialmente de ese tipo de periodistas sinvergüenzas por los que sabemos más de las actividades políticas de los ministros de economía de Venezuela, Grecia o Cuba que de la de nuestros propios ministros o banqueros. Para contrarrestar la opinión internacional favorable o muy favorable que se tiene sobre las políticas honestas de los políticos comprometidos con su ciudadanía, como por ejemplo la del uruguayo Mugica, sobre el que se han deshecho en paternalismos presentando a un viejito amable que durante el ejercicio del mandato presidencial vivía en su casa de toda la vida rodeado de gallinas, un idealista bonachón que no sabe que la vida está en otra parte. Los mismos que han corrido a investigar las cuentas tuit de los nuevos representantes políticos surgidos de las plataformas populares, escudriñando en su pasado por esclarecer su futuro y el nuestro, dicen, han dejado sin investigar las cuentas en Suiza que nuestros políticos y gobernantes (en todos los partidos) ha ido acumulando a través de los años.


Esa prensa y esos periodistas no informarán nunca del clamor global que reclama democracia real en las calles de tantas ciudades de otros tantos lugares y países. Y si lo hace lo hará ahogando la noticia entre pedradas a Maduro, Tsiripas o Varoufakis, a los Castro, Ada Colau, Monedero, Tania Sánchez, Rita Mestre, Guillermo Zapata o a todos los que se atrevan a no condenarlos explícitamente como cuestión previa para acceder al derecho de expresión política callejera o televisiva.


El pasado fin de semana, previo al referéndum griego del próximo domingo, mi hijo y su compañera visitaron Londres y se toparon nada más llegar con una multitudinaria manifestación que hacía el recorrido City-Explanada del Big Ben, frente al Parlamento. Estuvieron todo el día mezclados con los manifestantes británicos, entre banderas multicolores, entre las que se encontraban gran cantidad de enseñas griegas. Gritaron y cantaron con todos y me cuenta que los eslóganes y lemas eran prácticamente idénticos a los que se pueden ver y escuchar en las manifestaciones madrileñas. Se sintieron parte de un mismo movimiento, de un mismo deseo general intereuropeo e internacional de democracia real y participación popular, un movimiento que no es generacional ni partidista, ni tampoco específico de nacionalidad alguna, sino de todas, o de ninguna, porque no es de cuestión nacionalista.


Desayunando juntos en la Plaza del Dos de Mayo, imaginábamos esta mañana (como hacíamos cuando él era niño y nos sentíamos identificados con los sueños del padre y el hijo de la película Do-des-ka-dem, de Kurosawa) un mundo de enérgicas manifestaciones solidarias y en donde el hijo y el padre de Do-des-ka-dem soñaban con un palacio reluciente, sentados entre los desechos de un basurero, nosotros lo hacíamos con simultáneas e internacionales manifestaciones que se comunicaban a través de pantallas enormes para sentirse más unidos y fuertes.


Sólo que esto podría no ser simplemente un sueño, porque tenemos los medios precisos a nuestro alcance, podemos rodar lo que sucede aquí y proyectarlo en una gran pantalla en cualquier parte, a la vez que en cualquier parte pueden enviarnos lo que está sucediendo allí. Imaginábamos mi hijo y yo esta mañana una manifestación real trufada de pantallas en las que nos saludábamos de una parte a otra del mundo, cubriendo con ellas esa red de la gran trama infinita de chanchullos que cose y compromete al mundo de parte a parte a los intereses de unos pocos. Nosotros, somos muchos más y también estamos por todas partes.


Durante las pasadas elecciones autonómicas y municipales del 24M, estuve con unos amigos siguiendo el decurso del recuento de votos en la plaza del Reina Sofía, en donde había instalado una de esas grandes pantallas en las que, de vez en cuando, aparecía otra concentración parecida que sucedía en ese mismo momento en Barcelona. A medida que los votos aseguraban la candidatura ciudadana por Ada Colau que le permitirían ser alcaldesa de Barcelona, los madrileños allí concentrados prorrumpíamos en vivas y vítores, y así sucedía a la vez en Barcelona cuando el voto disputado entre nuestra candidata Manuela Carmena y Esperanza Aguirre se iba cerrando con gran esperanza por nuestra parte en que la otra Esperanza sería derrotada. En la Cuesta de Moyano había instalada otra gran pantalla en la que se reflejaba lo mismo. Fuimos de una parte a otra, como recorriendo el mundo que nos interesaba en ese momento, a través de la gente real que estaba in situ o aparecía reflejada en las pantallas. Todas estábamos en lo mismo. Y yo nunca había asistido a un momento tan energético entre dos grandes grupos solidarios de Madrid y Barcelona, y el nacionalismo me pareció esa noche algo estúpido y acabado.
 

  

 

 

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