Una muerte justa y digna para el euro.

 

Por: William Pfaff *

Traducción: Enrique Prudencio para Zonaizquierda.org

Cuando se lanzó inicialmente la propuesta de creación de una moneda europea, al que esto escribe le pareció una buena idea, con el nimio inconveniente de que no iba a funcionar. Aunque inexperto en economía (siendo un producto de la era de la aritmética), me impactó como efecto de falsa analogía con los Estados Unidos, siendo común en Europa por entonces esa comparación.

Si Nueva York, Texas e Iowa podían manejarse con el dólar como única moneda, ¿por qué no iban a poder tenerla Francia, Alemania e Italia? Europa ya tenía un mercado europeo único – o estaba terminando de construirlo (el Mercado Común Europeo), sin aranceles aduaneros. ¿Por qué no una moneda única para un mercado único? Una gran mayoría de entusiastas de la unificación europea parecía pensar que lo único que se necesitaba era darle un nombre y un diseño y a continuación acuñarla.

A la fértil imaginación del anterior Presidente francés Valery Giscard d´Estaing, ya se le había ocurrido un nombre en recuerdo de la época perfumada de Francia para el mecanismo que llevaría a la moneda única, el “Ecu”, que significa “European currency union” (moneda de la unión europea), y que felizmente era también el digno nombre que se le había dado durante los siglos XVII y XVIII a una serie de monedas francesas de oro y plata.

Cuando llegó el momento de crear finalmente la moneda, el chauvinismo de los otros países europeos se opuso al nombre francés y la moneda fue tristemente denominada el euro (ni siquiera con mayúscula) y acuñada con diseños de puentes y viaductos sumamente aburridos. (Pero como todos los países de la eurozona tienen algún puente o viaducto, todos podrían decir que aquél del diseño era el del suyo.)

La queja que yo (entre otros) planteamos desde el principio fue que los países europeos no eran estados norteamericanos. Eran entidades políticamente soberanas. Cada una tenía su economía característica, recursos, productos, mercados y sus propios déficits y superávits nacionales. Era vitalmente importante el hecho de que cada país tenía su propia moneda, y estas monedas no eran intercambiables, y además, no tenían un valor fijo y constante. Había que ir al banco si se deseaba adquirir otra divisa y pagar por ella según el tipo de cambio del día.

Pero los entusiastas decían que en California no tenían que cambiar sus dólares cuando viajaban a Nevada. En Europa sería lo mismo. Llegados a este punto, los norteamericanos tenían que explicar la guerra civil norteamericana, en la que hubo más muertos que en todas las guerras libradas por este país. Y que esta guerra se libró para terminar con las reclamaciones soberanistas de los estados esclavistas del sur. El resultado fue una sola nación soberana, con una sola moneda y eventualmente con un solo presupuesto que prevaleció a nivel nacional.

La única respuesta a esto que los interlocutores europeos pudieron dar a los norteamericanos, fue que Europa había superado ya el cupo de guerras que le correspondía. La Unión Europea intentaba poner fin a esa desafortunada práctica en Europa.

Esa práctica, en los últimos tiempos, la habían ejercido principalmente los alemanes. La Francia de los Borbones, Napoleón y la Tercera República cedieron el liderazgo en el desencadenamiento de guerras devastadoras a los Hohenzollern y después a los Nazis en Alemania.

Durante esos mismos tiempos aun recientes, Estados Unidos se interesó por Europa y sus guerras y como resultado adoptó un nuevo rol como potencia europea -- como “LA” potencia europea, tal como dejó claro a Europa Occidental el diplomático norteamericano Richard Holbrooke cuando era embajador de Estados Unidos en Alemania en 1990, reforzando el papel dominante que desempeñaron siempre los norteamericanos desde que dio comienzo el movimiento de unificación europea en 1951. Es un papel que está finalizando actualmente.

La crisis de Wall Street en 2008 desencadenó la crisis crediticia europea que siguió inmediatamente. Esta crisis puede estar a punto de destruir la unión monetaria europea tal como existe actualmente. Mentalmente, los europeos ya están divididos entre los miembros del norte y los del sur, con Francia a caballo de las dos partes, sin éxito alguno.

El euro ha producido altas tasas de desempleo, ira entre las masas y represión en Grecia, Portugal, Irlanda, España e Italia, e inminentemente en Chipre y Eslovenia. Gran Bretaña, a pesar de permanecer fuera de la eurozona, depende de ésta para el comercio exterior y se está deslizando hacia la misma crisis, con gran ayuda de las políticas de austeridad del Primer Ministro Cameron. Alemania, con los miembros del norte de la Eurozona que son tradicionalmente dependientes de los teutones, ha impuesto su propia política monetaria conservadora al conjunto del bloque europeo, un trago muy amargo para los países meridionales, víctimas ahora de un endeudamiento extremo.

Los ciudadanos alemanes a los que la crisis ha empezado a rozar ahora, tienen el control del Banco Central Europeo y la dirección política del gobierno de la UE, que impone unas normas de austeridad despiadada a los países del sur de la UE que se quejan constantemente, y que se encuentran ahora con que esta política que les sume en la
gran miseria, además no funciona. Y, lógicamente culpan de ello a los alemanes. El resultado es una oleada de hostilidad popular de los alemanes hacia sus ingratos socios europeos, que a su vez acusan a Alemania (todavía en voz baja) de que habiendo tenido bastante con haber destruido el equilibrio económico y político de Europa en dos mortíferas y destructivas guerras mundiales, se ha puesto otra vez a ello.

El nuevo movimiento político “Alternativa para Alemania” ha irrumpido como reacción contra el euro y contra los socios de Alemania en la U.E. Académicos observadores de la situación comparan la fuerza política que apoya este movimiento con la erupción del Tea Party norteamericano. La Canciller Angela Merkel se enfrenta a elecciones federales en Septiembre. Sus socios de la Coalición Democrática Libre se encuentran con dificultades. Lo que signifique esto para la política interior alemana es por supuesto impredecible en estos momentos. Pero combinado con la desilusión de una cierta élite con el sistema de la eurozona y sus consecuencias económicas, el abandono alemán del euro y el retorno al marco se presenta actualmente como una posibilidad muy seria. El experimento del euro está fracasando. Se puede salvar la Unión Europea respecto de otras muchas cosas, pero la moneda única es un disparate.

Esto es también lo que el financiero George Soros ha recomendado recientemente a los alemanes: abandonar el euro para servir sus propios intereses, al tiempo que se libera a los demás miembros del bloque para que pongan en común sus deudas mediante la emisión de eurobonos para escapar de las limitaciones impuestas por Alemania.

¿Qué pasará? Los estados que sufren el desempleo y la crisis crediticia harán lo que siempre han hecho en el pasado: devaluar sus monedas y estimular sus economías. El Keynesianismo encontraría su reivindicación.

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* http://www.williampfaff.com

 

Fuente: http://articles.chicagotribune.com/2013-04-16/news/sns-201304161800--tms--wpfafftr--v-a20130416-20130416_1_single-currency-european-union-wars


 

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