La economía política del capitalismo depredador

Por: CJ Polyhcroniou
Ilustraciones de
O COLIS
Traducción de Enrique Prudencio para Zonaizquierda.org


El mundo está volviendo al rapaz capitalismo de laissez-faire que pauperizó a millones de personas a principios del siglo XX, basado en una doctrina neoliberal de “economía vudú” vacía de referencias empíricas.

Desde finales de 1970, la mayoría de las economías capitalistas han estado marchando al ritmo del neoliberalismo
un término acuñado en la década de 1930 como alternativa moderada al liberalismo clásico, pero que se utiliza en nuestros días para denominar la preferencia por un conjunto de políticas económicas que favorecen la privatización, la desregulación y un Estado reducido a los aparatos ideológicos y coercitivos y a su autoadministración. Esta es la versión del neoliberalismo desarrollado por Milton Friedman y la llamada Escuela de Chicago y que por lo general se asocia con el régimen de Pinochet en Chile y más tarde con las denominadas políticas de “libre mercado” de Margaret Thatcher y Ronald Reagan. En lenguaje popular, se puede denominar sencillamente capitalismo depredador.

La transición neoliberal se asocia con un aumento del capital financiero para conseguir el dominio y los cambios bruscos en la estructura social de acumulación de capital, con la evolución de la economía de EE.UU. a la cabeza de las economías capitalistas avanzadas. La desaceleración económica de la década de 1970, y las presiones inflacionistas junto con la primera crisis sistémica capitalista de posguerra, abrió una gran brecha por donde se coló el pensamiento económico antiestatista, que había existido desde la década de 1920, aunque pasó la mayor parte del tiempo en estado de hibernación porque carecía del apoyo de los gobiernos y de los círculos políticos y además tenía muy pocos seguidores entre los miembros de las clases parlamentarias. La era del capitalismo de posguerra estuvo dominada por la creencia de que el gobierno tenía un papel crucial que desempeñar en el desarrollo económico y social. Era parte del legado keynesiano, aunque la economía keynesiana nunca fue aplicada plena y consistentemente en ningún país capitalista

El capitalismo industrial, la producción de bienes y servicios reales en beneficio de la mayoría de los miembros de la sociedad, que requiere una fuerte intervención del gobierno, como medio para sostener la acumulación del capital y como forma de garantizar que la población trabajadora mejore sus niveles de vida que le permitían adquirir los bienes y servicios que producen los miembros de su propia clase en las grandes fábricas de las empresas industriales occidentales. El ascenso de la capa media en Occidente tiene lugar predominantemente en las primeras décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial, como resultado de la combinación entre una próspera base occidental industrial-capitalista y las políticas gubernamentales intervencionistas. Los gobiernos y las clases capitalistas industriales comprendieron muy bien que el crecimiento económico y la prosperidad social van de la mano, para conseguir la supervivencia del capitalismo industrial. El mantenimiento de la “paz social”, para frenar la atracción que el socialismo soviético ejercía sobre el proletariado occidental, fue un objetivo largamente buscado por los gobiernos y las élites económicas de todo el mundo con la intención de que la riqueza de una nación llegara realmente a los miembros de la clase obrera, que miraba al Este. La mejora del nivel de vida de la clase obrera resultaba también esencial para el posterior crecimiento de la acumulación del capital industrial.

Pasaron sin duda por lo menos un par de siglos antes de que el capitalismo industrial alcanzara un estadio en que poder garantizar su propia supervivencia y el crecimiento futuro con un aumento constante del nivel de la población del país en general. En las economías capitalistas de la posguerra la mejora constante del poder adquisitivo facilitó el acceso a las oportunidades educativas para que estos trabajadores mejor formados pudieran hacer una sustancialmente superior contribución a la productividad del sistema, así como su conversión en potenciales consumidores. En todo esto, el gobierno tenía un papel clave que desempeñar, puesto que era el único agente con la capacidad de proporcionar las oportunidades y los recursos necesarios para la materialización de una sociedad de la abundancia, donde los frutos del trabajo no eran del dominio exclusivo de la burguesía propietaria de los medios de producción.

Todo esto llega a un final bastante abrupto en algún momento allá por mediados y finales de la década de 1970, cuando el capitalismo desarrollado cae en las garras de una crisis sistémica provocada por las innovaciones tecnológicas, la disminución de la tasa de ganancia y la disolución de las estructuras sociales de acumulación que habían surgido después de la Segunda Guerra Mundial.

El auge del capitalismo mundial a finales del siglo XX

A raíz de la crisis iniciada en1973, el nuevo orden mundial toma la forma de una nueva ola de la globalización, en realidad no muy diferente a lo que había ocurrido entre la década de 1870 y el comienzo de la Primera Guerra Mundial: un ciclo de auge del movimiento de integración mundial de las economías nacionales resultado de las políticas de liberalización del mercado de los principales Estados ascendentes..

La diferencia de esta nueva etapa de la globalización es que ahora es el capital financiero el que ha tomado la delantera a pesar del hecho de que el sector representa una parte muy pequeña del PIB. Con la “financiarización” de la economía y la adopción del neoliberalismo como modelo preferido por la gobernanza, los mercados financieros comienzan a dominar los procesos de toma de decisiones económicas y el ejercicio de la élite financiera cobra enorme influencia en las políticas gubernamentales. En EE.UU., la adopción del neoliberalismo como modelo económico coincide con el período de desindustrialización, que socavó la base industrial de la economía, al igual que el poder y la influencia del movimiento obrero. Así pues, la ”financiaraización” de la economía está directamente relacionada con la evolución de la economía real. En la década de 1970, reflejó la crisis en que había caído el capitalismo industrial después de casi 25 años de continuo crecimiento y expansión.


En este sentido, el tan cacareado fenómeno de la globalización de los años 1980-1990 no es ni una novedad ni un desarrollo progresivo. Tuvo su origen en la reestructuración del proceso de acumulación capitalista debida a las crisis periódicas e inevitables en el funcionamiento del capitalismo y la contracción de la tasa de ganancia. Pero no es “la lógica del mercado”, ni las nuevas tecnologías lo que causa el impulso para la nueva ola de globalización. El impulso hacia la globalización proviene de las instituciones nacionales (Estados capitalistas centrales y ascendentes), poderosos actores económicos (industriales y financieros) y organizaciones internacionales (Fondo Monetario Internacional, Banco Mundial). Las nuevas tecnologías de la información también han facilitado el impulso hacia la globalización. Las decisiones acerca de las tendencias futuras de la economía son de carácter político y altamente antidemocráticas. La voz de la mano de obra es totalmente ignorada. Aunque eso no debería sorprendernos. El capitalismo es la antítesis de la democracia económica.

De hecho, la expansión del capitalismo se lleva a cabo con el apoyo financiero (e incluso político y militar) del Estado, a través de subsidios y facilidades para la explotación de la mano de obra interna, lo que incluye la transferencia de recursos valiosos de la sociedad nacional para la reproducción de la acumulación capitalista en el extranjero. La apertura de nuevos mercados y la creación de lugares donde invertir ha sido siempre una constante clave del Estado capitalista. Y no ha sido menos cierto en el orden neoliberal global iniciado después de la crisis de 1973, no solo no es contraria a la existencia del Estado, sino que las grandes empresas y el capital financiero exigen un Estado intervencionista, pero cuya intervención consista en reducir a la miseria a las poblaciones trabajadoras y desmantelar el Estado de bienestar en aras de la liberalización del mercado y la globalización. Las políticas que aumentan los flujos ascendentes de los ingresos y la disponibilidad de los bienes públicos para la explotación privada están en el núcleo del proyecto neoliberal global, en que el capitalismo depredador es el Supremo Hacedor. El capitalismo depredador lleva también de consuno la privatización de las ganancias y la socialización de las pérdidas.

Contrariamente al discurso del neoliberalismo, el Estado no ha desaparecido bajo el proceso de la globalización ni se ha debilitado. Simplemente se ha reorientado para volverse totalmente receptivo a las órdenes de la élite financiera mundial. El Estado, como institución social, tiene un estrecho y relativo margen de autonomía, que podría ser recapturado por las fuerzas progresistas para, a partir de ahí, trabajar por la realización de una sociedad justa y decente, en lugar de estar de brazos cruzados y mirando cómo los miembros electos de la casta política dilapidan los bienes comunes (los miembros electos de la casta política suelen estar ansiosos por llegar al gobierno para servir a los grandes intereses comerciales y después obtener a cambio cargos lucrativos en el sector privado). Pero esta es otra historia. El punto que queremos subrayar aquí es que la expansión del capitalismo neoliberal está profundamente arraigada los cambios que modifican la correlación de fuerzas entre la élite empresarial-financiera y la clase obrera, lógicamente a favor de la primera. El colapso de la mano de obra industrial y el consiguiente debilitamiento de los sindicatos aseguraron el éxito de la transición del capitalismo regulado al capitalismo global sin bridas y sin estribos. En Estados Unidos, el giro a la derecha del Partido Demócrata también propició la carrera desbocada del capitalismo depredador,  mientras que en Europa, han sido los partidos socialdemócratas los que han abierto las puertas de par en par a este capitalismo depredador.

La economía neoliberal es, por supuesto, mera “economía vudú”. Los fundamentos científicos del discurso económico neoliberal son una letanía de aserciones vagas profusamente aderezadas con términos ahistóricos. Nociones tales como “mercados libres”, “eficiencia económica” y “competencia perfecta” totalmente desprovistas de toda referencia empírica, parecen más bien la charlatanería de un gurú sobre metafísica o ciencias ocultas que un discurso serio sobre economía. Y lo que es aún más importante, los hechos desmienten tozudamente los obstinados mitos construidos alrededor de la eficiencia de la economía neoliberal.

Durante el período conocido como de “capitalismo con intervención estatal” (más o menos entre 1945 y 1973, también conocido como la era keynesiana clásica), las economías capitalistas occidentales crecieron a un ritmo más rápido que en cualquier otro periodo del siglo XX y la riqueza llegó hasta la base de la pirámide social con mayor eficacia que nunca. Según la OCDE (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico) los países experimentaron tasas de crecimiento del PIB real promedio de “más del 4% anual en la década de 1950 y cerca de un 5% en la década de 1960, frente al 3% de la década de 1970 y 2% en la de 1980”. Los resultados de la economía capitalista más grande del mundo fueron impresionantes: “Desde finales de la década de 1940 hasta principios de 1970, la economía de EE.UU. creció a una tasa promedio anual de casi el 4%, mientras que la tasa anual de desempleo sólo superó el 6% dos veces en los 25 años comprendidos entre 1949 y 1973. La tasa de inflación anual solo superó el 6% dos veces y fue inferior al 2% durante 14 de los 25 años de este período. Los incrementos reales de los salarios de los trabajadores por hora trabajada fue de más del 2% anual.

La idea de que el capitalismo es capaz de mantener tasas de crecimiento constantes es por supuesto muy discutible. También se sabe que la reproducción del capitalismo significa cada vez un mayor uso de recursos naturales y un mayor deterioro del medio amiente. Pero visto desde una perspectiva estrictamente económico-política, lo que representa el neoliberalismo es una contrarrevolución del régimen de la posguerra en el área de los derechos económicos y sociales, que sirve a los intereses de los más ricos, a los empresariales y a las necesidades de la forma dominante del capitalismo contemporáneo, que es la financiera. Se trata de un proyecto socio-económico y político que representa el intento sistemático de hacer retroceder el curso de la historia. Es decir, un viaje de regreso a la era del capitalismo depredador, en que la fuerza de trabajo era completamente de naturaleza “libre” a merced de la explotación del capital sin restricciones, con políticas estatales que atienden exclusivamente a los intereses y exigencias de los plutócratas y con la caridad como único medio de disfrazar la explotación de los pobres y de negar los problemas estructurales del sistema capitalista. El neoliberalismo, en suma, es una nueva forma de capitalismo laissez-faire envuelto en la lucha de clases a la antigua usanza. Por tanto, apenas si resulta sorprendente que el orden capitalista neoliberal haya dado lugar a un gran giro en “U”, con un increíble diferencial en el reparto de la riqueza entre ricos y pobres que ha cambiado el curso de los últimos 35 años, en gran parte como resultado de las agudas distorsiones que han tenido lugar en la economía real. El neoliberalismo ha impulsado la castración de las normas laborales, la privatización de los activos estatales, los recortes presupuestarios de los programas sociales, de la educación pública y de la sanidad pública. Se han promovido y protegido fuertes recortes fiscales para los ricos, los bienes raíces, los bancos y las transacciones financieras. Se ha trabajado en el fortalecimiento del Estado penal, promulgando nuevas leyes represivas. Se ha retrocedido décadas en la despenalización del aborto. Se ha apoyado la penalización de la pobreza y la criminalización de los movimientos sociales que ofrecen resistencia al colapso de los servicios públicos.

El neoliberalismo ha resultado ser la nueva distopia del mundo contemporáneo, como argumentó enérgicamente el filósofo británico John Gray, en un momento en que los medios de comunicación y la mayoría de los académicos exaltaban las virtudes de la globalización y la supuesta superioridad de los “mercados libres”, en plena crisis de los países del sur de Europa donde se representa el último episodio del impacto catastrófico que el fundamentalismo del “libre mercado” y el capitalismo financiero están sufriendo las economías y las sociedades contemporáneas. Durante los últimos tres o cuatro años, bajo la gestión de la crisis de la deuda, han sido objeto de un experimento brutal de ingeniería social neoliberal no muy diferente a la que fueron sometidos muchos países latinoamericanos y africanos al final de la década de 1980. La crisis de la deuda está siendo utilizada como gran oportunidad para desmantelar el Estado social, comprar las empresas públicas rentables y lo servicios del estado a precio de ganga, despojar a la clase trabajadora hasta de sus derechos más básicos, después de décadas de reñidas luchas con la patronal. Todo para bajar radicalmente los salarios y robar las prestaciones sociales. Este es el capitalismo depredador en su mejor estado de forma. El capitalismo depredador está empujando a la clase trabajadora a un punto de ruptura social. Después de haber provocado la mayor crisis financiera desde la quiebra de 1929 y haber revertido los avances realizados en el marco del orden del capitalismo keynesiano, el neoliberalismo mundial ha dejado a millones de personas en el desempleo y la pobreza mientras sigue cavando tumbas aún más profundas para las siguientes generaciones.

Hasta el momento, la resistencia a los efectos mortales del capitalismo depredador parece haber tenido unos efectos más bien limitados. Las fuerzas progresistas de todo el mundo siguen estando fragmentadas y altamente desorganizadas, mientras que las élites económicas han secuestrado a los gobiernos nacionales. En este contexto, la democracia representativa se ha deteriorado hasta quedar reducida a mero instrumento político para promover, sostener y legitimar la plutocracia.

Los retos que tenemos por delante son de enormes proporciones. El capitalismo predatorio ha creado la sinergia necesaria para la explotación de la mano de obra a nivel nacional, regional y mundial. Por tanto, el desarrollo de todo tipo de organizaciones internacionales debe convertirse en una prioridad para los trabajadores y fuerzas de avanzada, un antiguo proyecto de la izquierda que hoy resulta vital como nunca lo haya sido. Mientras, debe intensificarse la resistencia en el frente interno. Cómo conseguirlo, aún no está claro.

 

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*C.J. Polchroniou es doctor en filosofía por la Universidad de Delaware
y economista político. Sus investigaciones se centran en la integración económica europea y la deconstrucción del proyecto político del Neoliberalismo.


Fuente: http://publicintellectualsproject.mcmaster.ca/feature/the-political-economy-of-predatory-capitalism/

  

 

 

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